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Full text of "El mirador de Próspero"

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EDITORIAL- AMÉ RICA 



Director: R. BLANCO-FÜIVfBONA 



PUBLICACIONES: 

I 

Biblioteca Andrés Bello (literatura) 

II 

Biblioteca Ayacueho (historia). 

III 

Biblioteca de Ciencias políticas y so- 
ciales. 

IV 

Biblioteca de la Juventud hispano- 
americana. 

V 

Biblioteca de obras varias (españoles é 
hispano-americanos). 

VI 

Biblioteca de historia colonial de Amé- 
rica. 

VII 

Biblioteca de autores célebres (extran- 
jeros). 

De venta en todas las buenas librerías de España y América 



imprenta de Juan Pueyo, Luna, 29. Teléf. 14-30.— Madrid . 



EL MIRADOR DE PRÓSPERO 



BIBLIOTECA ANDRÉS BELLO 



Obras publicadas (á 3,50 ptas. tomo). 

I. — M. Gutiérrez Nájera: Sus mejores poesías. 

II. — M. Díaz Rodríguez: Sangre patricia. (Novela), y Cuentos de 

color. 

III. — José Martí: Los Estados Unidos. 

IV. — José Enrique Rodó: Cinco ensayos. 

V. — F. García Godoy: La literatura americana de nuestros días. 

VI. — Nicolás Heredia: La sensibilidad en la poesía castellana. 
VIL — M. González Prada: Páginas libres. 

VIII. — Tulio M. Cestero: Hombres y piedras. 

IX. — Andrés Bello: Historia de las Literaturas de Grecia y Roma. 

X. — Domingo F. Sarmiento: Facundo. (Civilización y barbarie en 

la República Argentina.) 

XI. — R. Blanco- Fombon a: Ll Hombre de Oro (Novela). 
XIL— Rubén Darío: Sus mejores Cuentos y sus mejores Cantos. 

XIII. — Carlos Arturo Torres: Los Idolos del Foro. (Ensayo so- 

bre las supersticiones* políticas.) 

XIV. — Pedro-Emilio Coll: El Castillo de Elsinor. 

XV. — Julián del Casal: Sus mejores poemas. 

XVI — Armando Donoso: La sombra de Goethe.—^ pesetas. 

XVII. — Alberto Ghiraldo: Triunfos nuevos. 

XVIII. — Gonzalo Zaldumbide: La evolución de Gabriel d*Annunzio. 

XIX. — José Rafael Pocaterra: Vidas oscuras. (Novela.) 4 pesetas. 

XX. — Jesús Castellanos: La Conjura. (Novela.) 

XXI. — Javier de Vían a: Guri y otras novelas* 

XXII. — Je an Paul (Juan Pablo Echagüe): Teatro argentino. 

XXIII. — R. Blanco-Fombona: El Hombre de Hierro. (Novela.) 

XXIV. — Luis María Jordán: Los Atormentados. (Novela.) 

XXV. — Carlos Arturo Torres: Estudios de crítica moderna. — 4 

pesetas. 

XXVI. — Salvador Díaz Mirón: Lascas. Precio: 2,75 pesetas. 

XXVII. — Carlos Pereyra: Bolívar y Washington. — 4,50 pesetas. 

(Un grueso volumen de 448 páginas.) 

XX VIII. — Rafael M. Merchán: Estudios Críticos. 

XXIX- XXX. — Bernardo G. Barros: La caricatura contemporánea. 
(2 vols.) 

XXXI-XXXII— José Enrique Rodó: Motivos de Proteo. 

XXXIII. — Manuel Gutiérrez Nájera: Cuentos color de humo y 
Cuentos frágiles. 

XXXIV. — Miguel Eduardo Pardo: Todo un pueblo. (Novela.) 

XXXV. — M. Díaz Rodríguez: De mis romerías y Sensaciones dé 

viaje. 

XXXVI. — Enrique José Varona: Violetas y Ortigas. (Notas criticas 
sobre Renán, Sainte-Beu ve, Emerson, Tolstoy, Nietzsche, 
Castelar, Heredia, etc.) 

XXXVII. — F. García Godoy: Americanismo literario. (Estudios 
críticos de José Martí, José Enrique Rodó, F. García Cal- 
derón, R. BWnco-Fombona.) 

XXXVIII —Alvaro Armando Vasseur: El Vino de la Sombra. 
XXXIX.— Juan Montalvo: Mercurial Eclesiástica (Libro de las 

verdades) y Un vejestorio ridiculo ó los Académicos de Tir- 

teafuera. 

XL-XLL— José Enrique Rodó: El mirador de Próspero. 



US 



BIBLIOTECA ANDRÉS BELLO 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



EL MIRADOR 
DE PRÓSPERO 



Tomo ¡í y último 



EDITORIAL- AMÉRICA 

MADRID 

CONCESIONARIA EXCLUSIVA PARA LA VENTAS 

SOCIEDAD GENERAL ESPAÑOLA DE LIBRERÍA 
Ferraz, 25 



LA PRENSA DE MONTEVIDEO 



Discurso pronunciado en el acto de la inauguración 
del «Círculo de la Prensa» de Montevideo, el 14 de 
Abril de 1909. 



Señores: 

Honrado por los periodistas de Montevideo con la 
presidencia de la primera Comisión Directiva de su 
Círculo profesional, comprendo que mi elección nece- 
sita ser justificada. No milito en las filas de la prensa, 
y esto me infunde cierto temor de usurpar un puesto 
que desempeñaría, con brillo y con honor para todos, 
cualquiera de los actuales directores de los diarios de 
Montevideo. Si, á pesar de ello, me he resuelto á acep- 
tar la distinción con que se me favorece, es conside- 
rando que ese mismo alejamiento mío de la diaria con- 
tienda periodística puede acaso constituir una ventaja 
y prestarme una autoridad eventual para el desempe- 
ño de una labor en que deberán ser inspiraciones car- 
dinales la ecuanimidad y la independencia. 

Por lo demás, no soy un profano en vuestra comu- 
nión, y aun pudiera decir que he oficiado en sus alta- 
res. Aunque apartado hoy de la prensa diaria, también 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



yo he pasado alguna vez por ella: también yo he sido 
periodista. No lo diré, ciertamente, con el énfasis con 
que el Correggio exclamó, según cuentan, ante el cua- 
dro magistral: AncKio sonó pittore: ¡también yo soy 
pintor! Pero lo diré, no sólo para contribuir á justificar 
mi presencia en este sitio á que me habéis elevado, 
sino también con la satisfacción de conciencia de quien 
afirma haber sabido cumplir con un deber. 

Ser escritor y no haber sido, ni aun accidentalmen- 
te, periodista, en tierra tal como la nuestra, significa- 
ría, más que un título de superioridad ó selección, una 
patente de egoísmo. Significaría no haber sentido nun- 
ca repercutir dentro del alma esa voz imperiosa con 
que la conciencia popular llama, á los que tienen una 
pluma en la mano, á la defensa de los intereses comu- 
nes y de los comunes derechos, en las horas de con- 
moción ó de zozobra; significaría haber desdeñado el 
rudo instrumento de trabajo con que se ayuda á la re- 
construcción de las paredes y del techo de esa casa de 
todos que es la organización civil y política, para rete- 
ner, por pulcritud aristocrática, el cincel estatuario, 
que sólo es noble manejar mientras las paredes están 
firmes y el techo no amenaza derrumbe. 

Periodistas por vocación ó por transitorio imperio de 
las circunstancias, han sido casi todos los que, en la 
historia de nuestra turbulenta democracia, han dejado 
un nombre que se recuerde por los prestigios de la 
inteligencia ó del civismo. Nuestros partidos pueden 
evocar de la tradición de la prensa casi todas sus 
grandes figuras civiles; y en cualquier manifestación de 
pensamiento y de labor, en que se busquen las ener- 
gías superiores de la existencia nacional, se hallará 
siempre un periodista que las represente y encarne. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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Periodista fué Juan Carlos Gómez, y periodista don 
Eduardo Acevedo. Periodista fué Melchor Pacheco y 
Obes, después de haber sido héroe y tribuno; y perio- 
dista don Bernardo Berro, antes de ser gobernante. 
Con sangre de periodistas mártires se ha sellado, más 
de una vez, la protesta y la reivindicación de las liber- 
tades públicas: lo mismo cuando Francisco Labandeira 
deja su cuerpo inanimado al pie de las urnas del co- 
mido, que cuando Teófilo Gil abate su noble frente en 
el más aciago de los campos de batalla. Un periodista, 
José Pedro Várela, realiza la obra santa de la reforma 
de la educación común; y otro periodista, Francisco 
Bauza, nos da la primera síntesis de nuestro pasado 
en la labor severa de la historia. La vasta producción 
política, económica, histórica, literaria, jurídica, en 
que se difunde el luminoso espíritu de Carlos María 
Ramírez, y que será algún día, reunida en libros donde 
se perpetúe, alto timbre de nuestra cultura, es la obra 
de un periodista, Cuando queremos representar en 
formas vivas la entereza del carácter cívico y la 
inflexible resistencia contra el mal prepotente, los per- 
sonificamos en Prudencio Vázquez y Vega, cuyo pe- 
destal son las columnas de un diario. Y para terminar, 
señores, esta rápida evocación de memorias ilustres, 
puesto que me limito á los que han dejado de existir, 
permitidme que agregue todavía un nombre caro para 
muchos de nosotros, y para todos respetable; un nom- 
bre que representa aquí el recuerdo más cercano, y 
tanto más doloroso cuanto que es el recuerdo de una 
grande esperanza perdida: el nombre, que ya siento 
asomar á vuestros labios, de Antonio Cabral, ayer no 
más llegado al gobierno con las coronas de su se- 
vera juventud: grande y preclaro en la esperanza; y 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



por virtud de la esperanza, grande y preclaro en el re- 
cuerdo! 

Las peculiares condiciones de una cultura naciente 
y apenas diferenciada en funciones de especial aplica- 
ción, han hecho que el carácter de nuestra intelectua- 
lidad se personifique hasta hoy en el periodista: espe- 
cie de improvisador enciclopédico, dispuesto, como el 
teólogo de los tiempos pasados, á enterarse y juzgar 
de todas las cosas. Nuestros novelistas, nuestros dra- 
maturgos, nuestros líricos, todos, con rarísima excep- 
ción, han sido alguna vez periodistas; y si les pregun- 
táis qué recuerdos guardan del periodismo y lo que le 
deben, puede ser que os digan que la prensa diaria ha 
quitado algún tiempo ó ha negado algún reposo á la 
vocación preferente de su espíritu; pero, en cambio, 
os dirán también que en la práctica del periodismo 
adquirieron esa disciplina del trabajo, ese hábito de la 
producción ágil y asidua, y esa gimnasia de claridad y 
precisión, que desentumecen el estilo y adiestran las 
energías del entendimiento, como el aire libre y el 
pleno sol y la desenvuelta actividad de los músculos 
vigorizan y entonan el cuerpo entumecido en la 
quietud. 

Suele decirse que la labor del periodista es efímera. 
Esto no es verdad más que á medias. Es efímera la for- 
ma, la exterioridad, la envoltura; la página que se es- 
cribe un día y que, salvo algún caso singular, ha muer- 
to y se ha disipado al día siguiente; pero la influencia 
y la sugestión que quedan de esos esfuerzos aparente- 
mente perdidos y olvidados, constituyen una acción 
persistente y eficaz como ninguna, que convence, que 
apasiona, que destruye, que reedifica; que forma, en 
una palabra, la conciencia de los pueblos. Asi, es efí- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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mera la semilla de la planta; es efímero ese cuerpo 
leve y enjuto en que está depositada la simiente fecun- 
da; pero, si dura poco, débese á que la disolución de 
sus tejidos es condición necesaria para que el germen 
que contiene muerda la tierra y dé de si la planta que 
ha de coronarse luego con la flor delicada y el fruto 
substancioso. No se expresaría una ilusión de ideólo- 
gos, sino una positiva é incontestable realidad, si se 
dijera que, habiendo de elegirse entre tener un abso- 
luto dominio sobre la propaganda de la prensa difun- 
dida y prestigiosa, ó tenerle sobre los instrumentos 
transitorios de la fuerza material, insensato sería quien 
optase por este poder falaz y precario, y no por aque- 
lla dominación lenta y segura, que, en definitiva, es 
infaliblemente el triunfo, y el triunfo asentado sobre 
los más hondos fundamentos. 

Nuestra prensa es una viva demostración de ese as- 
cendiente incontrastable. Hay en ella una honrosa y 
nunca interrumpida tradición de civismo. La libertad 
amplísima de que hoy goza y que es, entre las liberta- 
des públicas, la más connaturalizada con nuestras cos- 
tumbres y la que representa una conquista más firme é 
inviolable; esa libertad á que sólo pone límites severos 
su propia cultura y dignidad, la ha ganado por sus 
fuerzas, en lid porfiada y heroica de casi un siglo de 
constante identificación con las palpitaciones del sen- 
timiento popular; sin que por un solo instante faltase 
en ella una palabra autorizada por el talento y el sa- 
ber, ni una actitud que mantuviese la integridad del 
carácter cívico. Escribir la historia de nuestra prensa 
sería escribir la historia borrascosa, pero noble y viril • 
de nuestros esfuerzos por alcanzar la definitiva orga- 
nización de esta democracia. Los gobiernos que han 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



pretendido sofocar en la garganta del pueblo esa voz, 
han muerto asfixiados apenas se ha hecho el silencio 
que apetecían. Ya nadie puede soñar en ejercer el go- 
bierno sin contar, no sólo con la libre crítica de la 
prensa, sino también con su colaboración necesaria, 
como intérprete y mediadora entre las aspiraciones de 
los gobernados y la atención de los gobernantes. 

Pero la actividad de los periodistas orientales no se 
ha contenido dentro de la tierra en que nacieron. Ha 
trascendido más allá, y ha dejado huella en el escena- 
rio intelectual y político de los pueblos que les han 
dado amparo en el destierro ó en la voluntaria expa- 
triación. Aun dura, y durará perpetuamente, en Chile, 
la memoria de Juan Carlos Gómez, y de sus campañas 
de El Mercurio. En la prensa argentina, savia oriental 
ha corrido siempre, desde la dirección hasta la cróni- 
ca: y las generosidades de una afectuosa hospitalidad 
han sido retribuidas por los nuestros con la participa- 
ción eficaz en todo concurso de ideas que interesara á 
la organización y al engrandecimiento del pueblo de 
Mayo. 

Y estos vínculos creados en la confraternidad de 
la imprenta, confirmando y robusteciendo los que 
proceden de la naturaleza y de la tradición, no son 
extraños, ciertamente, al hecho de que sea hoy de esa 
casa de El Diario, de Buenos Aires, que ha sido casa 
hospitalaria para ilustres periodistas de Montevideo» 
de donde parta la palabra noble y digna, justiciera y 
hermosa, que todos hemos recogido en nuestros cora- 
zones como augurio feliz de que no se eclipsará la 
amistad de dos pueblos que son hermanos en la histo- 
ria y seguirán siéndolo en lo infinito de su porvenir, 
sobre el fundamento inconmovible del armónico des- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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envolvimiento de sus fuerzas y el respeto recíproco de 
sus derechos. 

Bien es verdad que si nuestra prensa ha rebosado 
de savia con que contribuir al florecimiento de otras 
en tierras hospitalarias y amigas, ella debe también 
energías y luces invalorables al concurso de elementos 
extraños á nuestra nacionalidad por el origen, aunque 
vinculados á nuestros destinos por los lazos de la 
adopción y del afecto. Insignes publicistas argentinos 
hicieron de nuestra prensa, en tiempos de heroicas 
luchas por la libertad y la civilización de estos pue- 
blos, una tribuna de resonancia americana; y también 
eximios escritores brasileños han figurado en ella con 
honor. Las naciones de Europa que hoy tienen digní- 
sima representación en nuestro periodismo, han aso- 
ciado todas ellas á la historia de la prensa uruguaya 
nombres y recuerdos imperecederos. Los ha asociado 
nuestra madre España; y bastaría rememorar, para 
comprobarlo honrosamente, la persona de don Jacinto 
Albístur, dechado de la cultura más perseverante den- 
tro de la más sobria elegancia de forma, y de tan no- 
ble distinción en su vida como en sus escritos. Los ha 
asociado nuestra carísima Italia; y no sería menester 
invocar otro recuerdo que el de aquel don Luis Des- 
téffanis, el hombre de los libros, maestro de todos 
nosotros, que llevaba, en la profundidad descolorida 
de sus ojos sin luz, la mirada interior con que se per- 
ciben los más finos matices del discernimiento y del 
gusto. Los ha asociado la Francia de nuestros apasio- 
nados entusiasmos; y en la galería del viejo Siglo tiene 
uno de los puntos preferentes la figura de aquel bene- 
mérito trabajador que se llamó don Adolfo Vaillant. Y 
en cuanto á la colectividad inglesa, ella se vincula á 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



los mismos orígenes de nuestro periodismo con aque- 
lla «Estrella del Sur», The Southern Star, escrita á la 
vez en inglés y en castellano, que es el más antiguo 
periódico de Montevideo; de manera que bien puede 
decirse que, meciéndose la cuna de nuestra prensa en 
las vísperas de la libertad, tuvo por ilustre madrina de 
óleos á la libre Inglaterra, que desde entonces ha per- 
manecido constantemente vinculada á nuestro desen- 
volvimiento material y económico, con los estímulos 
de su capital expansivo y civilizador. 

En cuanto á las razones de la obra que hoy inicia, 
mos, con la fundación ó el restablecimiento del «Círcu- 
lo de la Prensa», apenas parece necesario darlas. La 
noble y fecunda pasión que íleva el interés de los es- 
píritus contemporáneos á los problemas de la organi- 
zación del trabajo, ha puesto en claro esta verdad, que 
no es nueva, pero que desde mucho tiempo parecía 
olvidada en el mundo: todo gremio, toda colectividad 
profesional, tiene necesidad de asociarse, de unificar- 
se, de adquirir personalidad corporativa, para pesar 
en el conjunto de los intereses sociales. El trabajador 
aislado es el instrumento de fines ajenos; el trabajador 
asociado es dueño y señor de sus destinos. Y si se 
congregan en centros sociales los que profesan, en 
cualquiera relación, las mismas ideas, y los que, vivien- 
do en tierra extraña, proceden de la misma nacionali- 
dad, doble razón hay para que se congreguen en tales 
centros los que se consagran á una misma labor. Nin- 
gún lazo más estrecho puede unir á los hombres que 
la solidaridad de los intereses profesionales. Los 
vínculos de partido, de doctrina, de secta, y alguna 
vez hasta esos mismos sagrados vínculos de familia y 
de patria, suelen ser lazos falaces, que disimulan hon- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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das disimilitudes y antipatías; pero el lazo de la pro- 
fesión es entrañable, porque traduce, no únicamente la 
comunidad del interés material, que es ya fuerte por 
si sola, sino también esa comunidad de costumbres, 
de disposiciones, de afectos, que determina la partici- 
pación en un mismo género de trabajo, vale decir, en 
un mismo género de vida. Hay, en la etimología de 
las palabras, enseñanzas y sugestiones fecundas: «com- 
pañero > significa, originariamente, los que comen del 
mismo pan. 

La filosofía de los proverbios, de los que se ha di- 
cho que son «la sabiduría de las naciones >, ha consa- 
grado, sin embargo, una moraleja escéptica respecto 
de la confraternidad en el trabajo.— «¿Cuál es tu ene- 
migo? — pregunta el proverbio. — El de tu oficio.» — 
Hay en ello, sin duda, una relativa verdad de obser- 
vación, pero verdad superficial y somera, como cas 
todas las que alcanza la malicia vulgar; porque una 
consideración más elevada de las cosas enseñará y 
demostrará que, en esto, como en todo, el egoísmo es 
contradictorio por esencia: el egoísta es el enemigo 
de sí mismo, y la fórmula más cumplida del propio in- 
terés es la que consiste en armonizarlo con el interés 
ajeno, acumulando de esta suerte, para la defensa y el 
provecho de cada uno, la fuerza obtenida de la man- 
comunidad de ios esfuerzos de todos. 

Porque lo comprendemos así nos asociamos; para 
que cada uno de nosotros perciba y sienta de manera 
más clara y eficaz esa verdad, y para que se grabe en 
la conciencia de todos que el interés de un periodista 
ó de un diario es, en definitiva, el interés de todos los 
periodistas y de todos los diarios; que el interés del 
editor es, en definitiva, el interés del redactor y del 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



cronista, y que el interés de esos colaboradores soli- 
darios es, en definitiva también, el interés del lector, 
el interés del pueblo, necesitado de tener una prensa 
fuerte, ilustrada é independiente, que no es posible 
sin condigna protección y remuneración. 

Todo lo que interesa á la prensa, interesa esencial- 
mente á la sociedad, y no como puede interesarle una 
actividad parcial, confundida entre sus actividades 
múltiples, sino, más bien, como un complemento ó 
una prolongación de todas ellas: como un alter ego de 
la personalidad social. Así como el genio de Guten- 
berg, si se restituyera al mundo, había de maravillarse 
y de desconocer su propio invento cuando se le pre- 
sentaran como derivados de él esos portentosos or- 
ganismos mecánicos, en que la imprenta moderna 
parece infundir el soplo del espíritu, creando mons- 
truos inteligentes, dotados de la fuerza y agilidad de 
los que imaginó la fábula, así también los que, hace 
apenas dos siglos, lanzaron tímidamente los primeros 
Mercurios y Gacetas que encerraban el germen de lo 
que había de ser la prensa periódica, se pasmarían de 
estupor si les fuera dado contemplar la transforma- 
ción prodigiosa que ha hecho del diario contemporá- 
neo una de las fuerzas que dominan al mundo: una 
fuerza que rivaliza con los gobiernos, porque los ins- 
pira y los orienta, ó los desprestigia y los abate; que 
compite con el libro, porque difunde, en formas de- 
mocráticas y accesibles á todos, los resultados de la 
cultura humana; que sustituye á la tribuna, aventajan- 
do al Agora y el Foro de los antiguos tiempos como 
centro de deliberación y de acción cívica; que com- 
plementa la obra del ferrocarril y del telégrafo en la 
aproximación y el conocimiento mutuo de los pue- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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blos; que remueve, con la formidable palanca del 
anuncio, las energías del comercio y de la industria; 
que, con los nuevos medios económicos de reproduc - 
ción gráfica, populariza un reflejo de las creaciones 
del arte, antes reservadas en el santuario de los mu- 
seos y de las galerías de los ricos; institución comple- 
ja y enorme, que participa de la plaza pública, de la 
cátedra, del club, del correo y del mercado, y que 
constituye en sí misma la más exacta imagen, la más 
característica expresión de la vida moderna, á tal pun- 
to que, si la moderna civilización quisiese levantar una 
bandera que fiel y enteramente la simbolizase, en sus 
excelencias como en sus defectos, no podría escogerla 
mejor que enarbolando por bandera las dos hojas des- 
plegadas de un diario, y haciendo del vendedor de 
diarios el abanderado plebeyo de sus ejércitos en 
marcha. 

La iniciativa que hoy congrega á los periodistas de 
Montevideo alrededor de un centro común es ade- 
más, virtualmente, una grande obra de cultura y con- 
cordia, que repercutirá por su natural expansión en 
más amplios conjuntos sociales; porque contribuirá á 
que los combatientes por ideas opuestas, ó por con- 
trarias pasiones del momento, se reúnan al fin de la 
jornada, y se conozcan mejor; y conociéndose mejor, 
comprendan que un adversario no quiere decir un 
enemigo; con lo que se extinguirán de raíz las aspere- 
zas primitivas, las desconfianzas suspicaces, las pre- 
ocupaciones gratuitas, ios últimos resabios de la pren- 
sa montonera y cerril, para acelerarse la cabal reali- 
zación de la prensa reflexiva y culta, impersonal y 
caballeresca; serena, sin mengua de sus entusiasmos 
ni de sus altiveces; consejera del pueblo, ante* que 
Tomo II 2 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



uncida al yugo de sus pasiones, y tan apartada de 
la demagogia turbulenta como de la obsecuencia 
servil. 

No es éste el momento de exponer ideas más pro- 
lijas sobre la acción del «Círculo de la Prensa». Diré 
sólo que considero que, dentro de los fines de esta 
asociación de los periodistas de Montevideo, deberá 
concederse importancia capital á la faz económica de 
la profesión; deberá tenderse, segura y paulatinamen- 
te, con los recursos de la ayuda mutua y de la defensa 
común, á que la labor del periodista sea de todas ve- 
ras un trabajo estable y remunerador, abierto sobre 
una perspectiva de aliento y esperanza; deberá ten- 
derse á que el periodista no vea sólo en la prensa un 
oficio accidental y precario, por el que cruza tal vez 
como ave de paso que acicatean las ventiscas de la 
pobreza y del abandono, y del cual se aparta apenas 
vislumbra la posibilidad de una aplicación más lucra- 
tiva de sus fuerzas; sino que pueda ver, algún día, en 
la prensa, una verdadera consagración profesional, 
que le vincule con cariños de madre y le estimule á 
progresar en los merecimientos para progresar tam- 
bién en las recompensas. 

Puesto que la atención de nuestros hombres de es- 
tudio empieza á fijarse en esos interesantísimos pro- 
pósitos de la organización del trabajo, á que da opor- 
tunidad el apresurado crecimiento de nuestra riqueza 
y energía, importa que no olvidemos, entre los traba- 
jadores dignos de solícito interés, al trabajador inte- 
lectual, que, en los pueblos de Europa, suele ser tam- 
bién un proletario, con privaciones y dolores más 
complejos y crueles que los del mismo trabajador en 
faenas materiales. El escritor es, genéricamente, un 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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obrero; y el periodista es el obrero de todos los días: 
es el jornalero del pensamiento. En serlo tiene su 
más alta dignidad. Cuando todos los títulos aristo- 
cráticos fundados en superioridades ficticias y caducas 
hayan volado en polvo vano, sólo quedará entre los 
hombres un título de superioridad* ó de igualdad aris- 
tocrática, y ese título será el de obrero» Esta es una 
aristocracia imprescriptible, porque el obrero es, por 
definición, «el hombre que trabaja», es decir, la única 
especie de hombre que merece vivir. Quien de algún 
modo no es obrero debe eliminarse, ó ser eliminado, 
de la mesa del mundo; debe dejar la luz del sol y el 
aliento del aire y el jugo de la tierra, para que gocen 
de ellos los que trabajan y producen: ya los que des- 
envuelven los dones del vellón, de la espiga ó de la 
veta; ya los que cuecen, con el fuego tenaz del pensa- 
miento, el pan que nutre y fortifica las almas. 



RÍO BRANCO 



En ocasión de su muerte . 

Aun dura la vibración de su caída, como la del ro- 
ble secular cuyo desplome se prolonga en largos ecos, 
que repercuten de valle en valle. Todavía su imagen se 
destaca sobre las nuevas impresiones de cada día, y es 
la impresión de su grandeza la que nos abstrae á cada 
instante del ruido de las cosas fugaces que trae y lleva 
el viento que pasa. 

¡Impresión original y compleja la de la grandeza de 
ese hombre! Por su acción infaliblemente victoriosa en 
el ensanche de las fronteras de su pueblo; por su inau- 
dita fortuna de ganador de tierras, inmensas y pin- 
gües, infunde admiración parecida á la que se experi- 
menta ante los grandes capitanes, redondeadores de 
los imperios y omnipotentes artífices del mapa políti- 
co. Por la manera incruenta y puramente intelectual 
como realizó todos sus triunfos, provoca ese otro gé- 
nero de admiración que se consagra á las sumas per- 
sonificaciones de la habilidad y el arte diplomáticos, 
á los entendimientos calculadores y sutiles, maestros 
en el manejo de los hombres, cuyo tipo dió el gran 



IL MIRADOR DE PROSPERO 



21 



florentino del Renacimiento, sustituyendo á la supre- 
macía de la fuerza brutal los recursos de la inteligen- 
cia, convertida en medio de acción y de dominio. 
Pero por el espíritu de lealtad, de rectitud, de noble- 
za — y en ocasión gloriosa, de alto desinterés nacional 
que presidió á su obra patriótica, despierta un senti- 
miento semejante al que nos detiene ante los grandes 
idealistas, ante los hombres de genio humanitario, ac- 
tivos órganos del bien y educadores del sentido moral 
de los pueblos. 

Concertando todos esos rasgos, que hacen resaltar 
la originalidad, acaso única, de una obra de engrande- 
cimiento nacional realizada, no ya fuera de las torpes 
violencias de la guerra, sino aparte también de las ba- 
jas astucias de la política ladina y artera, surge un ho- 
nor insigne para la civilización americana. Porque se 
revela que ella ha llegado ya, en algún aspecto , á 
aquel grado de capacidad creadora en que la sociedad 
humana no se limita á producir brillantes ejemplares 
de los caracteres típicos que le son propuestos por la 
tradición, sino que alcanza á proponer moldes nuevos, 
donde la superioridad de las inteligencias y las vo- 
luntades toma otras formas características, para mo- 
delo de las generaciones que se sucedan. A nuestro 
entender, la apología de Río Branco no puede con- 
centrarse en elogio más alto ni más justo. Es el tipo 
profético que anuncia para el porvenir una estirpe de 
hombres de pensamiento y de acción que han de ajus- 
tar á nuevas normas las relaciones de los pueblos y 
han de imprimir sello distinto á las artes de la diplo- 
macia y de la política. Su significación americana, su 
significación universal se cifrarán acaso en la his- 
toria, por un carácter de iniciación antitético y com- 



22 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



plementario del que se vincula al libro de El Principe. 

Es condición peculiar de la muerte de estos hom- 
bres ilustres que, en la impresión que nos causa, se 
mezclen paradójicamente la sensación de una ausencia 
irreparable y la de una presencia persistente y triun- 
fal, que la muerte no es capaz de aventar con sus alas 
de sombra. Tal en este caso. Río Branco ha muerto; 
pero, señalando al histórico palacio que fué como el 
capullo de su actividad extraordinaria, puede decirse 
con la frase famosa que "todavía está allí». «Todavía 
está allí», por la segura permanencia de una política 
internacional de equidad, de concordia, de solidaridad 
americana, que ya no vacilará en las relaciones del 
Continente, como no vacilan las cosas que giran sobre 
su eje ó descansan sobre sus quicios. «Todavía está 
allí», por el desenvolvimiento incontrastable de los 
destinos de un gran pueblo, que él completó en sus 
delimitaciones geográficas y orientó en sus rumbos na- 
cionales, con el impulso definitivo de su mano titáni- 
ca. «Todavía está allí», por la renovación de su con- 
signa y de su ejemplo en discípulos de orden superior, 
á quienes toca continuar su obra y en quienes la dul- 
ce persuasión de su memoria augusta será la más efi- 
caz energía de consecuencia y de perseverancia. «To- 
davía está allí», y estará siempre! Y frente á la mara- 
villosa bahía, pórtico inmenso de un mundo de encan 
tos y opulencias, el viajero que vea levantarse la vi- 
gilante majestad del Corcovado, del Pan de Azúcar, 
del Tijuca, verá desplegarse también la gran sombra 
tutelar, no tendida é indolente, como la del gigante 
deitado, sino de pie, erguida de toda su talla, como el 
faro puesto en las cumbres para señalar un derrotero 
inmutable de justicia y civilización. 



LA ENSEÑANZA DEL IDIOMA 



Con motivo de la "Gramática razona- 
da del idioma castellano", por don 
Francisco Gámez Marín. 

Ni como materia de enseñanza es la gramática de 
las asignaturas que más parecen gozar de la predilec- 
ción de los estudiantes, ni como objeto de dedicación 
perseverante y seria entra en el número de las disci- 
plinas que aseguran mayor crédito y fama en el con- 
cepto general. El estudiante suele iniciarse en ella con 
el prejuicio de que aborda un género de estudios ru- 
tinario, árido y desapacible; y el vulgo semiilustrado, 
que es el más temible de todos, porque es el que se 
considera autorizado á juzgar y el que determina, en 
gran parte, las opiniones corrientes, propende á ver 
en la vocación del gramático una manifestación pobre 
y mezquina de la actividad del pensamiento. Es indu- 
dable que á este descrédito han contribuido conside- 
rablemente, por una parte, !a condición de la gran ma- 
yoría de los textos usados para la enseñanza de la 
gramática, y por otra parte, la medianía y estrechez 
de espíritu que ha solido caracterizar á aquellos que 
la han profesado como maestros ó la han cultivado 
como teóricos. 



24 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Yo tengo la firme convicción de que si la generali- 
dad de los textos de gramática y la generalidad de los 
gramáticos se pareciesen, respectivamente, á este libro 
y á su autor, muy pronto habían de desvanecerse vul- 
gares prevenciones, y la opinión común restituiría á 
tan esencial objeto de estudio y á los que á él se con- 
sagran toda la estimación que uno y otros merecen. Y 
justo es agregar que el señor Gámez Marín lleva rea- 
lizada ya, en tal sentido, considerable y eficaz labor 
con su enseñanza de la cátedra, ganando, para la asig- 
natura que profesa, el interés, la afición y hasta el en- 
tusiasmo de sus discípulos. 

Nunca llegará á dominar de veras una materia de 
conocimiento quien sincera y profundamente no la 
ame: la ciencia no se rinde sino á quien le prueba 
amor; pero cabe experimentar este amor y no tener la 
aptitud de comunicarlo á los otros; cabe ser sabio y 
no ser maestro. El señor Gámez Marín, como maestro, 
posee en alto grado esa virtud comunicativa de la pro- 
pia afición, y por lo tanto, del propio saber; ese don 
de simpatía pedagógica, que no se suple con los más 
hábiles y finos recursos intelectuales de la enseñanza. 
Su palabra fácil, colorida, animada, lleva en sí el pres- 
tigio que embarga el ánimo del alumno y que basta, 
por sí solo, para mantener en clase la disciplina y la 
atención. La benevolencia afectuosa, la atractiva lla- 
neza, que, sin menoscabo de la dignidad ni de la jus- 
ticia, le caracterizan en el trato con sus discípulos, 
contribuyen á hacer de este catedrático de latín y de 
gramática todo lo contrario del carácter que, en algún 
tiempo, se identificaba con el gremio de sus compañe- 
ros: todo lo contrario del dómine. 

Y si nada hay de dómine en sus condiciones de ca- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



25 



rácter, no lo hay tampoco en las de su inteligencia. 
Descuella en el señor Gámez Marín una cualidad de 
espíritu que, siendo rara siempre, es doblemente rara 
en los que cultivan su género de estudios: la amplitud. 
Cada aplicación de la mente trae consigo ciertos pe- 
ligros peculiares, ciertos desequilibrios, ciertas pro- 
pensiones viciosas. La índole de las cuestiones en que 
concentra su atención y forma sus hábitos intelectua- 
les el gramático, le exponen fácilmente á la estrechez, 
á la nimiedad y á la intolerancia. Pues de ninguno de 
estos vicios hay huella en el espíritu del señor Gámez 
Marín. Amplísimo en su concepto del lenguaje, al que 
considera y estudia como organismo vivo, en perpe- 
tua renovación é indefinido enriquecimiento; liberal 
para acoger toda innovación que responda á oportu- 
nidades de tiempo ó de lugar; tolerante para juzgar 
de las libertades que legitime la originalidad de un 
temperamento personal, ó que excuse la fuerza y efi- 
cacia de una expresión feliz; nada afecto á las menu- 
dencias ni á los ápices, porque se inclina á buscar la 
corrección en la fidelidad al genio del idioma, en el 
alma y la vida de la elocución, antes que en sus partí- 
culas disueltas, el autor de esta obra muestra, asimis- 
mo, la amplitud de su criterio en la manera como as- 
pira á emancipar la teoría y la enseñanza de la gramá- 
tica de todo uso rutinario y de toda falsa autoridad, 
trayendo, con oportunísimo intento, á la exposición 
didáctica, ideas que sólo en más alta esfera habían 
hallado forma. Honda y fecunda es la influencia que 
sobre su método y doctrina ha ejercido la constante 
lectura de Benot; y es seguro que si este alto espíri- 
tu, á quien la posteridad debe la compensación del 
aprecio insuficiente que, con relación á la magnitud de 



26 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



sus méritos, tuvo durante su labor tenacísima, pudie- 
se leer este libro, habría de regocijarse de ver tan 
acertadamente aplicado á un texto de gramática el 
criterio que él preconizaba y defendía. 

Consiste fundamentalmente ese criterio en tomar 
como objeto preferente de la enseñanza del lenguaje, 
no los vocablos, no los elementos inertes de la elocu- 
ción, sino las combinaciones organizadas de vocablos 
en que consiste la esencia del hablar, la vida de la pa- 
labra; determinándose en cada ocasión el valor y ofi- 
cio del vocablo por el sentido que él adquiera de la 
cláusula donde se le emplee, y no por una clasificación 
preestablecida de las partes de la oración. Así se des- 
envuelve el estudio del lenguaje como el de un orga- 
nismo capaz de interesar á la razón y de dar el senti- 
miento de la vida, en vez de inmovilizarse en muertas 
abstracciones, ni de ordenarse artificialmente en re- 
glas de dudosa exactitud ó de dudoso valor. Así la 
gramática deja de ser, para el estudiante, la ocupa- 
ción árida y tediosa, que sólo á la memoria educa, y 
se convierte en satisfacción para la inteligencia, á la 
que devuelve, mostrándole el orden real y animado 
del lenguaje, la viva imagen de su propia organiza- 
ción. 

El hecho de que la doctrina de este libro se aparte, 
en puntos importantes, de la que priva en los textos 
consagrados por el uso, no ha de ser obstáculo para 
que él logre, en la enseñanza oficial ó fuera de ella, la 
aceptación que merece. Ese será, más bien, motivo 
que lo favorezca, en el concepto de cuantos prefieren 
á la autoridad la razón y el adelanto á la costumbre. 

El señor Gámez Marín presta, con su nueva obra, un 
excelente servicio á la enseñanza, y mediante la en- 



EL MIRADOR DE PRÓSPERO 



27 



señanza, á la cultura general, en los pueblos del Río 
de la Plata. Preocupados hasta ahora, con justa pre 
ferencia, de adquirir ideas y modernizar nuestro espí- 
ritu, abandonamos, y hasta desdeñamos consciente- 
mente, el estudio de la lengua materna, porque ella no 
bastaba como instrumento directo de aquella renova- 
ción de nuestra cultura. Pero la reacción empieza á im- 
ponerse, y no en vano, al criterio de los hombres refle- 
xivos. Creciendo estos pueblos por aluviones de inmi- 
gración, de la más varia procedencia, reparan ya en la 
necesidad de resguardar y fortalecer todo lo que cons- 
tituya una energía asimiladora, como lo es en alto 
grado una lengua nacional; y esta lengua, para las na- 
ciones hispano-americanas, no puede ser otra, funda- 
mentalmente, que aquella que las vincula á la tradi- 
ción humana de la civilización; que las vincula entre 
ellas mismas, manteniendo para lo porvenir el lazo de 
una unidad preciosísima, y que, dentro de cada una 
de ellas, sirve de vínculo con el propio pasado y de 
expresión connatural á todos los accidentes de la vida. 
El idioma es a la personalidad colectiva de un pueblo 
lo que el estilo á la personalidad del escritor; lo que 
esa entonación característica que llamamos modo de 
hablar, á la personalidad del hombre común: un sello 
natural y propio que no puede cambiarse. Un pueblo 
que descuida su lengua, como un pueblo que descui- 
da su historia, no están distantes de perder el senti- 
miento de sí mismos y de dejar disolverse y anularse 
su personalidad. Hay, en el fondo de estas cuestiones 
verbales, intereses de una entidad mucho mayor de lo 
que alcanza á percibir el vulgo. «¡Cuidad de vuestra 
lengua!», nos decía ayer no más, con particular enea- 
cimiento, Anatole France, nuestro ilustre huésped. 



28 



JOSE ENRIQUE RODÓ 



Y no es, por cierto, un temperamento verbalista, sino 
un espíritu avezado á las más altas, amplias y trascen- 
dentales cuestiones en que pueda ocuparse el pensa- 
miento humano, el que habla en la página que Her- 
bert Spencer incluyó en uno de sus últimos libros (1), 
relativa á las corruptelas del uso, que quitan á ciertas 
palabras de la lengua inglesa su propia y genuina sig- 
nificación. 



(1) Facts and comments 



/ 



LAS < MORALIDADES» DE BARRET 



De una carta intima. 

Su libro no es nuevo para mí, porque hace muchos 
meses que cada día doblo una página de él en la lec- 
tura de La Razón. Y como mi memoria es buena para 
las cosas que me impresionan bien, puede decirse que 
dentro de mí existia ya un ejemplar de la colección de 
sus Moralidades, antes de que usted las hiciera reim- 
primir; y un ejemplar más completo que los que se en- 
cuentran en las librerías, porque no le faltan páginas 
que en éstos he buscado en vano. 

Yo no sé si tengo derecho á envanecerme de haber 
contribuido á aumentar el número de sus lectores; 
pero, en cuanto á la intención, hace tiempo que, ape- 
nas tropiezo con persona á quien se pueda pedir este 
género de albricias, le pregunto, venga ó no á cuento: 
— «¿Lee usted La Razón? ¿Se ha fijado usted en unos 
artículos firmados con las iniciales R. B.?...> Y cuan- 
do me contesta negativamente, me doy el placer, en- 
tre vanidoso y desinteresado, del goarmet que revela, 
á otros que también lo son, dónde pueden gustar una 
ignorada golosina; y cuando me contestan afirmativa- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



mente, el placer consiste en la fruición del comentario 

acorde y entusiástico. 

Ha enaltecido usted la crónica sin quitarle amenidad 
ni sencillez. La ha dignificado usted por el pensa- 
miento, por la sensibilidad y por el estilo. Hay cronis- 
tas de fama europea que, escribiendo fuera del bule- 
var, no tendrían nada interesante que decir á nadie, y 
que, aun escribiendo desde el bulevar, son incapaces 
de comunicar á una página más que el interés efímero 
de la novedad que cuentan y comentan. Usted escribe 
desde una aldea de los trópicos, y para el público de 
Montevideo, y devolviendo en impresión personal los 
ecos tardíos de lo que pasa en el mundo, produce 
cosas capaces de interesar en todas partes y siempre, 
porque tienen una soberbia fuerza de personalidad. 

Su crítica es implacable y certera; su escepticismo 
es eficaz, llega á lo hondo; y, sin embargo, la lectura 
de esas páginas de negación y de ironía hace bien, 
conforta, ennoblece. Y es que hay en el espíritu de 
su ironía un fondo afirmativo, una lontananza de 
idealidad nostálgica, un anhelante sueño de amor, de 
justicia y de piedad, que resultan más comunicativos y 
penetrantes así, en el tono de una melancolía sencilla 
é irónica, que si se envolvieran en acentos de entusias- 
mo y de fe, ó de protesta declamatoria y trágica. Su 
actitud de espectador desengañado, en el teatro del 
mundo, tiene toda la nobleza del estoicismo, pero con 
más una vena profunda de caridad. 

...Y nada de vulgar en la intención, ni en la forma, 
ni en la manifestación de la vasta cultura intelectual, 
que se percibe en la base, en el sustentáculo de lo es- 
crito, y nunca en apariencia inoportuna ú ostentosa. 

Una de las impresiones en que yo podría concretar 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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los ecos de simpatía que la lectura de sus crónicas 
despierta á cada paso en mi espíritu, es la de que, en 
nuestro tiempo, aun aquellos que no somos socialistas, 
ni anarquistas, ni nada de eso, en la esfera de la ac- 
ción ni en la de la doctrina, llevamos dentro del alma 
un fondo, más ó menos consciente, de protesta, de 
descontento, de inadaptación, contra tanta injusticia 
brutal, contra tanta hipócrita mentira, contra tanta 
vulgaridad entronizada y odiosa, como tiene entrete- 
jidas en su urdimbre este orden social transmitido al 
siglo que comienza por e! siglo del advenimiento bur- 
gués y de la democracia utilitaria. 

Otras dudas y preocupaciones más hondas que las 
relativas á determinado orden de la sociedad, porque 
tocan en lo esencial y permanente de las inquietudes 
humanas, remueve también en el espíritu el contacto 
fugaz de esas páginas aparentemente ligeras. Es una 
inagotable excitación para pensar ese idearium, incon- 
secuente y errabundo como la vida misma, que com- 
ponen sus crónicas. 



BOHEMIA 



En la revista juvenil de ese nombre* 

Aun hay «bohemios»; aun hay quien quiere ser 
«bohemio»... Y el mote, que, en labios del burgués 
espeso y acorazado de farisaísmo, equivale á una des- 
calificación, bien puede ser recogido y reivindicado 
por los muchachos entusiastas, á cuya cabeza sube la 
savia que estalla en las primeras flores: á manera de 
aquel otro calificativo, originariamente injurioso, de 
«los gueux», que, levantado del suelo por los flamen- 
cos de Guillermo de Orange, llegó á quedar como el 
nombre vibrante y altanero de los gallardos revoltosos 
de la libertad. 

Haya, pues, «bohemios», y sean benevolentes para 
juzgarlos los rígidos secuaces del acreditado señor 
Al-pie-de-la-letra. Entiendan y perdonarán. «Bohemio» 
no es el que tiene la voluntad enervada y la cabeza en 
desequilibrio. «Bohemio» es el que vive su juventud 
con un exceso de entusiasmo, que se le desborda del 
alma, por las cosas bellas y las cosas raras y las accio- 
nes generosas, y con mucho de ese embrujamiento in- 
terior que, en tiempos de acción y de heroísmo, em- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



33 



pujaba á las aventuras y las cruzadas, pero que, en 
tiempos de monótona prosa, sólo tiene salida en los 
simulacros de la imaginación, en las campañas incruen- 
tas del arte, y en esa terrible vocación de las parado- 
jas y las irreverencias, que, aun en los casos en que 
son desatinadas ó injustas, permanecen siendo simpá- 
ticas, porque llevan el aroma de la juventud. 



Tomo II 



3 



DEL TRABAJO OBRERO EN EL URUGUAY 



Con motivo de la ley propuesta en 1906 
por el Gobierno uruguayo. 



í 



Una tendencia que ha adquirido creciente intensi- 
dad en los últimos treinta años, entrega, hoy más que 
nunca, en los países de algún desenvolvimiento indus- 
trial, á la sanción de las corporaciones legislativas, 
leyes reguladoras y protectoras del trabajo, que se 
suceden y multiplican hasta dar lugar á todo un siste- 
ma de legislación, netamente diferenciado en cuanto 
á su objeto y en cuanto al espíritu que lo informa, 
abarcando terrenos antes¡ de ahora inmunes de toda 
intervención jurídica, y determinando, en ciertos pun- 
tos, divergencias y conflictos, ya descubiertos, ya la- 
tentes, con las formas tradicionales de la legislación 
civil. 

Esta reacción impetuosa contra el régimen de ilimi- 
tada libertad que, desde la Revolución que dió sus 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



35 



moldes á la sociedad política moderna, prevalecía para 
el ejercicio del trabajo, tiene su ambiente en una acti- 
vísima circulación de acusaciones, de lamentos, de 
protestas, que, manifestándose en los libros como en 
las agitaciones populares, en los movimientos de pie- 
dad social como en los congresos de los hombres de 
estudio, inspiran, estimulan y, casi podría decirse, vio- 
lentan la obra del legislador. 

Limitación de las horas de jornada normal; rectifi- 
cación jurídica de los fundamentos del contrato de 
trabajo, según un nuevo concepto de la naturaleza de 
las relaciones reguladas por él; protección de las mu- 
jeres y los niños obreros; indemnización en los acci- 
dentes del trabajo; observancia del descanso semanal; 
reglamentación de las condiciones de higiene y seguri- 
dad de los talleres; tasación del salario mínimo; inem- 
bargabilidad de los salarios; libertad de asociación 
gremial; reconocimiento del derecho que asiste al tra- 
bajador para la huelga; fundación de tribunales de 
conciliación y de arbitraje para resolver los desacuer- 
dos entre obreros y patronos; institución administrati- 
va de la oficina de trabajo; inspección y policía del 
mismo; pensiones y seguros que amparen al trabajador 
en la inutilidad ó la vejez: tales son, entre otros, los 
tópicos que abarca este nuevo organismo de legisla- 
ción, cuyo laborioso desenvolvimiento llega desde las 
tímidas y dispersas tentativas de las primeras actas in- 
glesas sobre fábricas, en los albores del pasado siglo * 
hasta los vastos y sistematizados códigos que compo- 
nen ya las leyes de trabajo en algunos de los más ade- 
lantados pueblos del mundo. 

Vulgar error sería entender que el movimiento de 
ideas que ha presidido á esta intervención del Estado 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



en el funcionamiento de la vida industrial, sea la obra 
exclusiva de una doctrina revolucionaria, cuya sombra 
fatídica pretenden muchos ver insinuarse á favor de 
cada una de estas manifestaciones de reforma, olvidan- 
do que es en los pueblos de más hondo sentido indi- 
vidualista donde la legislación del trabajo ha tenido su 
origen y ha alcanzado mayor complejidad, y que son, 
á menudo, parlamentos y estadistas de filiación con- 
servadora los que aparecen colaborando en el propó- 
sito de mejorarla y completarla. 

No ya la realización de las soluciones, más ó menos 
radicales y amplias, en el terreno de las leyes; pero 
aun mismo el impulso de la iniciativa, la palabra de la 
propaganda, el reclamo tenaz que ha atraído la aten- 
ción de los pueblos á los agravios y las aspiraciones 
que esas leyes tienden á satisfacer, están lejos de ha- 
berse mantenido constantemente vinculados á la doc- 
trina social con que suele identificárselos en el con- 
cepto común. 

Independientemente del dogmatismo socialista se 
han desarrollado la propaganda y la acción, realmente 
gloriosas, de las Irade Unions inglesas, verdaderas 
iniciadoras de las reivindicaciones obreras y la más 
poderosa fuerza que exista constituida en el mundo en 
defensa de los desheredados. Independientemente del 
dogmatismo socialista se han desenvuelto, en gran 
parte, las tendencias del sindicalismo norte-americano, 
que, organizado en la «Federación del Trabajo», con- 
firmaba una vez más, en el Congreso de Boston de 
1903, su autonomía respecto de toda fórmula revolu- 
cionaria del orden social. Independientemente del dog- 
matismo socialista se ha dirigido, en la Australia y en 
¡a Nueva Zelanda, el esfuerzo de los partidos obreros 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



37 



que han llegado á resolver pacíficamente, en aquellas 
maravillosas regiones, muchos de los problemas socia- 
les que en el resto del mundo inquietarán aún por lar- 
go tiempo la conciencia de la humanidad. Indepen- 
dientemente de ese dogmatismo, se manifiesta en la 
misma Francia el espíritu de muchos de los sindicatos 
gremiales; é independientemente de ese dogmatismo 
también, se han caracterizado en todas partes la pré- 
dica y el ejemplo de una benemérita legión de pensa- 
dores y filántropos, que, sin solidaridad con doctrina 
alguna subversiva de los fundamentos de la sociedad, 
han consagrado su existencia al mejoramiento mate- 
rial y á la dignificación moral de los trabajadores. 

La universalidad de estos anhelos de reparación, la 
persistente fuerza con que subyugan las conciencias, 
concurren á persuadir al más indiferente de que no se 
trata en ellos de un simple fermento de ideas puestas 
en boga por los vientos de un día; sino de uno de los 
caracteres esenciales del espíritu de nuestro tiempo, 
que tiene positivas correspondencias con la realidad y 
que fluye de naturales consecuencias de la evolución 
social y de la evolución económica. 

Los conflictos entre el capital, que defiende su su- 
perioridad, y el trabajo, que reclama su autonomía, 
no son el rasgo privativo de una sociedad ó de una 
época: pertenecen al fondo permanente y sin cesar re- 
novado de la historia humana; pero su recrudecimien- 
to, en términos que relegan á segundo lugar cualquie- 
ra otro interés social y político, es uno de los hechos 
capitales de la pasada centuria, desde que, por una 
parte, el portentoso desenvolvimiento de la actividad 
industrial, modificando las condiciones del trabajo, y 
por otra parte, el despertar de la conciencia de las 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



multitudes, llamadas por el régimen de la democracia 
á la plenitud de sus derechos civiles y políticos, deter- 
minaron, en las ideas como en los acontecimientos, 
declives que debían forzosamente conducir á las reivin- 
dicaciones del momento presente. 

Cabe preguntar todavía si este género de reivindi- 
caciones, justificadas y oportunas en los países de 
avanzado desarrollo industrial, mantienen su oportuni- 
dad tratándose de pueblos que, como los de nuestra 
América, no han pasado aún del aprendizaje de la in- 
dustria y están lejos del exceso pletórico de población 
que agrava y embravece, en las viejas sociedades de 
Europa, las luchas entre una burguesía opulenta y un 
proletariado que se angustia en los extremos de la 
necesidad. 

Pero, desde luego, la demostración objetiva de que, 
cualquiera que sea la magnitud de esas diferencias in- 
ternacionales, no es prematura ni inoportuna la aten- 
ción concedida á las cuestiones de esta índole en pue- 
blos como el nuestro, la da la agitación persistente que 
remueve, en estas sociedades también, á los elementos 
de trabajo, congregándolos para la común defensa de 
sus intereses, en asociaciones gremiales, en círculos de 
propaganda, en protestas y huelgas que tienen su re- 
producción periódica: fenómenos con que se denuncia 
un estado de espíritu que, aun prescindiendo de los 
trastornos accidentales que provoca, no podría dejar 
indiferente el ánimo dei legislador, interesado en estu- 
diar las causas que lo generan y en prevenir los me- 
dios que lo aplacarían. Ni puede pretenderse que esa 
tenaz inquietud no reconozca otra base que la suges- 
tión falaz de los agitadores (aun cuando sea indudable 
que prédicas desencaminadas la exacerban y desnatu- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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ralizan); ni que importe sólo el reflejo maquinal é in- 
consciente de lo que pasa en los pueblos que dan la 
norma de la civilización. Estadistas y pensadores ame- 
ricanos han señalado ya, respecto á esas aspiraciones 
clamorosas, una dirección que no es de resistencia ni 
de pasividad. Aun no hace muchos años que el ilustre 
presidente Quintana, desaparecido para grave mal de 
su país, declaraba, al tomar en sus manos el bastón 
de Rivadavia, que el programa mínimo del partido 
socialista argentino, en el que están comprendidos los 
tópicos fundamentales de la legislación del trabajo, 
constituía un ideal aceptable y digno de fijar la aten- 
ción de los hombres de gobierno. Y ésta es la hora 
en que el cuarto Congreso Científico Latino-ameri- 
cano, que ha de reunirse en Noviembre del corriente 
año en Santiago de Chile, incluye, entre los temas 
fundamentales que propone á los estudiosos de Amé- 
rica, el relativo á aquella misma cuestión social, con- 
siderada del punto de vista de las condiciones y ca- 
racteres peculiares de los pueblos del Nuevo Mundo. 
Obedeciendo á una persuasión semejante, el Uruguay 
ha incorporado á su organización ministerial el Minis- 
terio de Trabajo, cuya función se complementa, en el 
mecanismo administrativo, con la Oficina de igual 
nombre; y la Cámara de Diputados de la misma repú- 
blica ha aumentado el número de sus Comisiones per- 
manentes con la dedicada á este género de legislación. 

Contribuye á la oportunidad de tales iniciativas la 
misma condición embrionaria de nuestro desenvolvi- 
miento industrial, y ella es razón que debe persuadir 
á no detenerse en ciertas tendencias de reforma. La 
ausencia de enormes acumulaciones de intereses, la 
relativa sencillez de las parcialidades en juego, son, 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



en efecto, circunstancias que favorecen la implanta- 
ción de leyes regularizadoras, que serán tanto más 
necesarias, pero también tanto más difíciles y peligro- 
sas de iniciarse, á medida que, en cumplimiento de 
una evolución ineludible, la actividad de nuestro orga- 
nismo productor pase de sus comienzos y se adapte á 
las formas de la grande industria, con la transcenden- 
cia, en cuanto á las condiciones del trabajo, que igual 
concurso de causas ha tenido en todas partes del 
mundo. Coaviene, pues, no sólo atender á los proble- 
mas que plantee la situación actual y positiva de las 
cosas, sino también preocuparse de determinar las 
costumbres y de dar estructura á los moldes que pue- 
dan prevenir los peligros contenidos virtualmente en 
el desarrollo orgánico de nuestro progreso industrial* 
En éste, como en todos los terrenos, la sabiduría polí- 
tica se inclinará siempre al procedimiento jpreventivo, 
que se anticipa á los males para cruzarles el paso, an- 
tes que á aquel otro procedimiento que consiste en 
esperar que ellos estallen por su propia violencia, 
cuando tal vez pudieron evitarse ó atenuarse a mediante 
atinados recursos de profilaxia social. 

Un medio productor que, limitándonos á la sola 
ciudad de Montevideo, presenta, de una parte, la 
fuerza de trabajo acumulada por no menos de cuaren- 
ta mil obreros, y de otra parte la suma de capital en 
que se apoyan, próximamente, cinco mil estableci- 
mientos industriales (habiéndose, con seguridad, dupli- 
cado desde que el censo de 1889 los calculó en dos 
mil trescientos) entraña ya, sin duda, una importancia 
que lo aleja de la simplicidad primitiva. Pero esta 
complejidad de intereses resulta escasa y pobre, si se 
la compara con la que puede preverse para un cercano 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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porvenir. Y si presentemente, en el conjunto, y en 
muchos de los gremios, de nuestra actividad indus- 
trial, no hay exceso en la oferta de los brazos, ó lo 
hay muy limitado; si las condiciones de vida del tra- 
bajador no son, entre nosotros, tan precarias como en 
los pueblos donde la más mísera tarea es un beneficio 
disputado por muchos; si el acicate de una competen- 
cia implacable, obligada á ofrecer al consumo inmen- 
sas cantidades de producción, no excita al industrial á 
dilatar despiadadamente la jornada de sus obreros; si 
los géneros de industria más inhumanos y penosos, 
como la explotación de las minas, permanecen aún en 
la calidad de un terreno casi virgen, vano fuera pen- 
sar que esas relativas facilidades del trabajo son algo 
más que el carácter transitorio de un período de for- 
mación. 

La actitud favorable á la reglamentación legal del 
trabajo, que se justifica con tales consideraciones, no 
excluye, por cierto, el tino y la mesura cuando se 
trate de graduar el alcance y de escoger el momento 
de las iniciativas. Desde luego, debe renunciarse, en 
mi sentir, á las leyes de conjunto, á los códigos que 
presentan, teóricamente organizada, toda la materia 
que envuelve este novísimo campo de legislación. 
Considero muy preferible proceder por partes y según 
la oportunidad de cada día. Y supuesto que éste sea 
el procedimiento que quede consagrado, se deduce 
que no deberá juzgarse de la mayor ó menor suficien- 
cia de cada ley sin tener en cuenta las que, en un 
plazo más ó menos largo, la complementarán al abor- 
dar otros aspectos ó relaciones del fundamental ob- 
jeto de todas. Así, por ejemplo, cuando se juzgue de 
la eficacia higiénica ó de la amplitud humanitaria de 



42 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

una ley que limite las horas de trabajo y la edad mí- 
nima del obrero, ha de recordarse que esas limitacio- 
nes tendrán, en casos accidentales, términos aún más 
restrictos, en virtud de las leyes sucesivas que traten 
de la sanidad y seguridad de los talleres, de las indus- 
trias peligrosas ó insalubres que, por su naturaleza, 
han de ponerse aparte de la reglamentación común, 
» etcétera, etc. 

Otra consideración que no deberá olvidarse jamás 
por quien participe en la deliberación ó por qiúen 
haga la crítica de leyes del trabajo, es la de que, si 
bien el más generalizado concepto de estas leyes les 
atribuye por objeto único ó directo la protección de 
los trabajadores, no es el solo interés del trabajador 
el que está vinculado á ellas, ni es siquiera el que pre- 
valece; porque el que prevalece es el interés social, 
que abarca, en la complejidad de sus factores, otras 
energías no menos necesarias y otros derechos no me- 
nos merecedores de atención. Una tendencia irresisti- 
ble inclinará siempre á todos los espíritus nobles en fa- 
vor de la parte menos afortunada ó más débil en cual- 
quier conflicto de pasiones humanas; y por eso la cau- 
sa del obrero lleva en sí misma una atracción indepen- 
diente de lo que haya de justicia en cada una de sus 
reivindicaciones. Pero en la tarea de dar leyes, que no 
es obra de la espontaneidad del individuo, sino de 
cumplimiento de una delegación de la comunidad, esa 
inclinación individual ha de subordinarse al respeto y 
la equidad debidos á todos los intereses legítimos, de 
cuyo juego armónico brota el orden social, y cuyo 
equilibrio compete mantener á los órganos del poder 
público, con la alta imparcialidad de quien se levanta 
por encima de las disensiones de clases. Y á esta con- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



43 



sideración de deber y responsabilidad, no puede me- 
nos de agregarse otra, inspirada en un sentimiento de 
justicia; y es la de que, si hay algún género de capital 
que merezca particularmente respeto, él es sin duda 
el capital empleado en la industria; porque, lejos de 
sustraerse con pusilanimidad y sordidez al movimiento 
de la vida, para granjear un beneficio sin riesgos, re- 
presenta un espíritu de iniciativa y de empresa que 
concurre al fomento de los intereses generales, afron- 
tando, más de una vez, la contingencia de la ruina. 

Importa prevenirse, siempre que se agiten tan gra- 
ves problemas, contra el influjo de un sentimentalismo 
inconsistente y vago, que encuentra fácil acceso en los 
espíritus no habituados á someter á prueba sus pri- 
meros impulsos con la observación serena de la reali- 
dad, y que se reviste de un prestigio falaz de simpa- 
tía tratándose de cuestiones en que está comprome- 
tida la ventura y la prosperidad de tantos seres 
humanos. Lejos, muy lejos de mi ánimo la idea de 
que las inspiraciones que proceden del sentimiento» 
cuando significan la conmiseración por el ajeno infor- 
tunio, ia pasión de la justicia debida á los deshereda- 
dos, y el interés por sus aspiraciones legítimas, no de- 
ban tener cabida en el espíritu del legislador: tanto 
valdría decir que los que dictan las leyes han de mu- 
tilar su personalidad en sus energías más nobles y ca- 
paces de inspirarla para el bien. Pero esos sentimien- 
tos fecundos nunca se confundirán con la sensibilidad 
desorientada que parte de un conocimiento reflejo ó 
somero de las cosas; que se determina por impresio- 
nes efímeras, insuficientemente depuradas en el crisol 
de la razón, y que á menudo conduce, con sus persua- 
siones inconsultas, á obstaculizar las mismas repara- 



44 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



ciones que desea y á exacerbar los mismos males que 
provocan su lástima. 

Necesario es también mantener la dilucidación de 
estos problemas en ambiente apartado de toda suges- 
tión y toda influencia extrañas á ellos mismos, y muy 
particularmente de las pasiones é intereses políticos. 
El concurso de opinión vinculado á las reivindicacio- 
nes de las clases obreras representa ya, en efecto, una 
suma demasiado poderosa de fuerza popular y de pres- 
tigio, para que las agrupaciones que contienden en la 
vida cívica no se sientan tentadas á disputarse en de- 
terminados momentos su adhesión, rivalizando en el 
terreno de la prioridad de las iniciativas, ó de las in- 
novaciones audaces y las concesiones desapoderadas, 
con lo que se corre peligro de convertir en simple me- 
dio, subordinado á fines transitorios, aquello que afec- 
ta á los intereses más vitales y permanentes de la so- 
ciedad. 

Pero lo que, antes que toda cosa, se impone, en 
éste como en cualquier otro propósito de aplicación 
económica ó jurídica, es la necesidad de adaptar cui- 
dadosamente los resultados de la ciencia y la expe- 
riencia ajenas á las condiciones propias, peculiares 
del^ambiente, subordinando toda fórmula á una justa 
consideración de la realidad. En tal sentido, nunca se 
lamentará bastante que cuestiones de la naturaleza de 
las que proponen estas leyes, hayan de plantearse sin 
que exista formado un censo industrial, que permita 
adquirir una noción exacta y precisa del número de 
obreros vinculados á las diferentes industrias, de su 
clasificación en sexos y edades, de los salarios de que 
gozan y las horas que normalmente trabajan; como 
asimismo del capital representado por cada uno de 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



45 



ios establecimientos industriales, su capacidad de 
producción, los agentes mecánicos de que hace uso, y 
otros elementos de juicio de que no cabe prescindir 
dentro de la complejidad de problemas que nunca se 
resolverán por la mera aplicación de principios gene - 
rales ni por la imitación inadaptada de las soluciones 
que se hayan arbitrado en medios que pueden diferir 
considerablemente de aquel en que se actúe, así en la 
relación social como en la económica. 

En ausencia de una rigurosa información estadísti- 
ca, la «Oficina de Trabajo» de Montevideo, á "pesar 
del breve espacio transcurrido desde su fundación y 
de la pobreza de los recursos de que ha dispuesto 
para su obra, lleva acumulada en sus registros una 
suma, importante ya, de datos pertinentes á los diver- 
sos aspectos de la situación de nuestras clases produc- 
toras. Completadas estas noticias por las que debo á 
otros órganos de información, el conocimiento en que 
he procurado fundarme para la aplicación local de las 
cuestiones del trabajo, puede considerarse de una re- 
lativa exactitud, que, en ¡o que interesa á las conclu- 
siones, no sería modificada de manera sensible por los 
resultados que arrojarían los números de un censo. 



II 



La limitación de la jornada de trabajo es, en todas 
partes, la más vehemente y porfiada de las reivindica- 
ciones obreras. Fúndase esa reivindicación en la ne- 
cesidad de proporcionar el esfuerzo á la medida de 
la resistencia normal de la salud, y en el derecho de 



46 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



disponer, fuera de la tarea obligatoria, de algún tiem- 
po de reposo de espíritu ó de actividad personal y 
libre. 

Obtenida, casi universalmente, la limitación de la 
jornada en lo que respecta á las mujeres y á los ni- 
ños, lo ha sido también, en algunas legislaciones, para 
los obreros adultos, quienes, en la mayor parte de las 
otras, gozan de ella cuando se trata de trabajos pú- 
blicos ó de los contratistas del Estado, casos en que 
éste interviene en calidad de patrono, administrando 
intereses propios. Una propaganda insistente reclama, 
dondequiera, la extensión de igual beneficio á la uni- 
versalidad de los brazos empleados en la vida indus- 
trial; y las multitudes del trabajo concretan, en este 
punto, sus aspiraciones extremas, con la sonada fór- 
mula de las ocho horas, que ha sido en todas partes 
una de las más prestigiosas banderas con que se las 
ha movido á la acción; aunque fuera erróneo creer 
que ella sea la fórmula única, ni la definitivamente 
acreditada por el análisis y la experiencia, entre las 
que se han propuesto y ensayado para llegar á una 
humanitaria reducción de las jornadas. 

Pero antes de detenernos á considerar los medios 
prácticos de esta reducción, procuremos eliminar dos 
dificultades que atañen fundamentalmente al hecho de 
poner un límite obligatorio al tiempo de trabajo. En 
primer término: ¿es legítima la intervención del poder 
público para restringir la libertad individual en el tra- 
bajador que contrata sus servicios por más de cierto 
número de horas? — Y si efectivamente es legitima esa 
intervención del Estado, ¿es oportuna? ¿responde á 
una necesidad que no quepa satisfacer por medio más 
adecuado ó ventajoso? 



EL MIRADOR DE PROSPERO 47 

Para poner en duda aquella legitimidad, puede bus- 
carse fundamento en dos derechos capitales, incorpo- 
rados ambos á las bases de nuestra legislación, y por 
igual necesarios al pleno desenvolvimiento de la per- 
sonalidad humana. La libertad de trabajo es el uno, la 
libertad de contratar es el otro. 

Evitando plantear la cuestión que esto suscita en el 
terreno de las generalizaciones y de las escuelas, de 
modo que entren en oposición principios abstractos: 
prerrogativas del individuo y facultades de la sociedad, 
individualismo y socialismo (términos, en suma, más 
que antagónicos, concordantes y complementarios, 
como los de autoridad y libertad, como los de derecho 
y deber), atengámonos simplemente, para orientarnos, 
á las prescripciones expresas de la legislación positiva 
de estos pueblos. En nuestra Constitución, como en 
otras constituciones americanas, se consagra de mane- 
ra explícita el principio de la libertad de trabajo, y de 
la forma como en aquélla se le define, es posible infe- 
rir si habría, en la intervención de que se trata, me- 
noscabo de los fundamentos de nuestras leyes. «Todo 
habitante del Estado (dice la Constitución del Uru- 
guay) puede dedicarse al trabajo, cultivo, industria ó 
comercio que le acomode, como no se oponga al bien 
público ó al de los ciudadanos.» 

El bien público y de los ciudadanos es, pues, el lími- 
te que la Constitución de la República ha señalado al 
ejercicio de las energías laboriosas. Y es indudable 
que dentro de la más elemental concepción del bien 
público entra el bien de la salud general, ó sea el bien 
mismo de la vida, cuya preservación es anterior á cual- 
quiera otro deber de la sociedad constituida en Esta- 
do, porque radica en la más simple imposición natu- 



48 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



ral, que se manifiesta, aun en el ser destituido de ra- 
zón, por el instinto de la conservación de la especie. 

Sofístico fuera sostener que en el obrero que rinde 
la vida ó la salud al exceso de trabajo no hay compro- 
metido más que un interés individual, al que el Estado 
debe permanecer ajeno. No es un hecho de mero inte- 
rés individual el que procede de una situación que al- 
canza á muchos millares de individuos; el que sirve de 
exponente á los peligros y los sufrimientos que esa si- 
tuación entraña para un parte numerosa de la sociedad: 
para aquella parte á cuya salud y á cuyas fuerzas está 
confiado el cultivo de los campos, la construcción de 
las habitaciones, la elaboración del pan, el transporte 
de las personas y las cosas y todos los demás elemen- 
tales servicios que hacen posible la existencia material 
de la sociedad entera. Absurdo en cualquier tiempo ej 
criterio que negase á un hecho derivado de la manera 
como tales servicios se ejercen su interés colectivo, lo 
sería doblemente desde que la organización en grande 
de la industria ha acumulado en fábricas y talleres ver- 
daderos ejércitos de conscriptos del trabajo, que cons- 
tituyen, por su imponente muchedumbre, una demos- 
tración objetiva, abierta á las miradas de todos, de la 
suma de fuerzas, intereses y destinos que están vincu- 
lados al desempeño de esas funciones de utilidad 
común. 

La disminución de salud y de energías por el trabajo 
excesivo, prematuro ó mal reglamentado, importa, co- 
lectivamente, un mal, si menos violento y ostensible, 
más hondo y persistente que el de una infección epi- 
démica, ante cuyas amenazas el Estado concentra, sin 
protesta de nadie, sus medios de defensa, y hace pe- 
sar, sobre los derechos é intereses que sea menester 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



49 



lesionar, la razón de fuerza mayor. El mal físico que 
nace del cansancio del taller no se mide en toda su 
extensión por las tablas de mortalidad que denun- 
cien la frecuencia de las muertes tempranas en los 
centros fabriles, ni por la proporción que representen 
los obreros en los cuadros de morbilidad; aun sería 
necesario agregar lo que la depresión vital de los pa- 
dres transmite á su descendencia, de apocamiento de 
vida y de predisposiciones mórbidas. El Estado con- 
sagra en todas partes, con ayuda de la piedad indivi- 
dual, al interés social de la salud, hospitales y asilos 
donde se cura á los enfermos; pero hay una faz de la 
acción beneficíente del Estado que debe prevalecer 
sobre el cuidado de curar, y es el cuidado de prevenir. 
No es otra la tesis que ha desenvuelto eficazmente En- 
rique Ensch en su difundido opúsculo sobre la Sociali- 
zación de la medicina. Dentro de este deber preventi- 
vo están comprendidas, desde luego, las usuales pro- 
videncias de higiene pública. Nadie discutirá el dere- 
cho de policía sanitaria con que el Estado puede pe- 
netrar al taller para fiscalizar sus condiciones de higie- 
ne. Y esta intervención sería ociosa y frustránea si no 
se la extendiese, en cierta medida, al acto mismo del 
trabajo, determinando el máximum higiénico de su du- 
ración. 

Pero el interés social no se determina sólo, en este 
caso, por la razón de salud pública y de conservación 
de la especie. Concurren á determinarlo otras conside- 
raciones no menos imperiosas. Aun cuando la integri- 
dad de la persona física no padeciera con el exceso en 
el tiempo de trabajo, padecería fatalmente la integridad 
de la persona moral, tal como la requieren ^la idea de 
civilización, la idea de libertad, la idea de racionalidad. 
Tomo II 4 



50 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



Una medida de trabajo que no deje lugar en la sucesión 
de los días más que á las interrupciones del sueño, equi- 
vale á la anulación de la personalidad humaoa, con- 
vertida en mero instrumento productor, como el ani 
mal uncido al yugo ó como la rueda de la máquina. 
Hay en ello una verdadera sustracción del espíritu, más 
despiadada que la esclavitud antigua, que solía con- 
sentir á sus víctimas el beneficio de una cultura supe- 
rior. Y si, por efecto de esa inmolación del tiempo á 
una tarea maquinal, la vida de familia, con su armonía 
de relaciones y afectos perpetuamente renovados; la 
vida cívica, con la participación consciente en los ac- 
tos fundamentales de la colectividad, y ciertas elemen- 
tales expansiones de la vida de la inteligencia — las 
conversaciones, las lecturas — llegaran á ser bienes im- 
posibles para una parte considerable de la sociedad, 
ésta no podría menos de sentirse vulnerada en sus 
más caros Intereses, como no prefiriera sancionar en 
los hechos una norma de egoísmo que no diferiría, más 
que en apariencia, de la que ha engendrado las des- 
igualdades de castas. Este deber de solidaridad sube 
de punto cuando se le considera con relación á socie- 
dades fundadas en el principio de igualdad democrá- 
tica; porque el reconocimiento de ios derechos que 
determinan la igualdad civil y política no pasaría de 
una burla siniestra si la sociedad confirmase con su 
indiferencia una situación en que el ejercicio de gran 
parte de esos derechos estaría físicamente imposibili- 
tado por una parálisis aún más invencible que la que 
inutiliza los órganos del movimiento. Todas estas con- 
sideraciones concretan, evidentemente, una faz capital 
de ese bien público á que se ha referido la Constitución 
del Uruguay. Y ha de agregarse todavín que, siendo 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



51 



las condiciones inferiores de la existencia del trabaja- 
dor, y su aspiración á mejorarlas y dignificarlas, origen 
de una agitación creciente, que excede de lo acciden- 
tal y transitorio para convertirse en rasgo ó peculiari- 
dad de un estado social determinado, manifestándose 
por huelgas y conflictos que á menudo tienen grave 
transcendencia en el orden de la sociedad, el bien pú- 
blico se determinaría también por la necesidad de eli- 
minar esa fuerza latente de desorden, acudiendo á 
segar en sus raíces las causas de que se deriva. 

La libertad de contratación es otro de los derechos 
en cuya virtud suele desconocerse la facultad del Es- 
tado para limitar la duración cuotidiana del trabajo 
que se estipula en servicio de otro. 

Conviene recordar desde luego que la libertad de 
contratar no es ilimitada ni ilegislable. El precepto 
constitucional que, asegurando el goce de los derechos 
individuales, prescribe que nadie podrá ser privado de 
ellos sino conforme á las leyes, no la ha exceptuado 
de su alcance. Nuestra legislación común, en punto á 
las relaciones entre el patrono y los obreros, perma- 
nece inmovilizada dentro de moldes anteriores á la 
profunda transformación que, en las condiciones del 
trabajo humano, han sucedido desde el último siglo al 
centuplicado impulso del desenvolvimiento industrial, 
dando por resultado un concepto enteramente nuevo 
del carácter jurídico de aquellas relaciones. No pasan 
nuestros Códigos del concepto del simple «arrenda- 
miento de obra», inapropiado y mezquino para carac- 
terizar una cooperación que debe regularse por una 
idea, mucho más alta y noble, de solidaridad. Pero, 
aun en estos limites estrechos, han tenido espacio para 
dar, siquiera sea rudimentariamente, formas efectivas 



52 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



al principio de que, en éste como en cualquiera otro 

objeto de convención, hay un término infranqueable á 
la voluntad de las partes contratantes, y asi, nuestra 
legislación civil y comercial estatuye que nadie puede 
obligar sus servicios por un tiempo indeterminado, ni 
para empresa ú obra que no sea concreta. La libertad 
de contratar ha de someterse á los límites que le se- 
ñalan de consuno las demás manifestaciones de la 
libertad del individuo y los fines esenciales de la so- 
ciedad. 

Por otra parte, es argumento que nadie ha podido 
desvirtuar, aunque ha sido propuesto reiteradamente 
al debate, el que señala lo precario y ficticio de una 
libertad de contratar ejercida en condiciones de des- 
igualdad tan notorias como las que separan al indus- 
trial que ofrece trabajo, del obrero que llama á sus 
puertas. Es el contrato entre la fuerza y la debilidad; 
entre la libertad y la necesidad; y en casos extremos, 
pero no infrecuentes, entre la opulencia y el hambre. 
Es la forma cabal del pacto leonino. Cierto es que 
este vicio de desigualdad podría observarse á menudo 
en muchas otras convenciones legales; pero no con tal 
desproporción, y sobre todo, no con el carácter de un 
hecho tan común y consuetudinario. Debajo de esa 
libertad formal, cuya intangibilidad se defiende en el 
arrendamiento de servicios, se oculta en realidad un 
fondo insondable de coacción y violencia. Los más 
brutales abusos, las explotaciones más inicuas, son 
condiciones aceptables para el que delibera sobre lo 
que le proponen, cuando la deliberación se plantea 
entre estos términos: vivir ó morir. Y si se recuerda 

• 

que es un principio jurídico inconcuso, en cuanto á la 
validez de los convenios, que el consentimiento dado 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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en circunstancias de violencia moral vicia de nulidad 
lo convenido, no será mucho que, moralmenie á lo 
menos, veamos una suprema razón de nulidad en las 
obligaciones que contrae el trabajador que arrienda 
sus fuerzas bajo la presión de las angustias de la ne- 
cesidad. El oprimido á quien se reconoce derecho de 
emanciparse cuando quiera, no es un esclavo; pero si 
esa fuga ó liberación á que se le reconoce derecho ha 
de equivaler para él al hambre y á la muerte, ¿qué 
diferencia le separa de la condición del esclavo, si no 
es la vanidad de! nombre? 

Limitar una libertad aparente y falaz en el acto del 
contrato, significa, pues, resguardar una libertad infi- 
nitamente más real y preciosa: la de la verdadera po- 
sesión de sí mismo, la del uso de la propia personali- 
dad, inconciliable con jornadas que absorban todo el 
tiempo de vida en automático servicio del provecho 
ajeno. 

Pero si la intervención del poder público, con las 
limitaciones que necesariamente imponga en la liber- 
tad de trabajar y contratar, es, en principio, legítima, 
queda por resolver aún si ella es oportuna; si respon- 
de á una necesidad que no pueda satisfacerse de ma- 
nera mejor. Allí donde los medios de la iniciativa pri- 
vada resulten débiles ó inconducentes para la satis- 
facción de una conveniencia pública, allí y sólo allí 
empieza la jurisdicción del Estado en el sentido de 
atender á ella; á menos de hipertrofiar el Estado su 
poder, y sofocar el fecundo desenvolvimiento de la 
espontaneidad individual. — ¿Hay, pues, dentro de las 
actuales condiciones de las sociedades humanas, y 
concretamente, de la sociedad de que se trata ahora, 
recursos eficaces con que arribar á una satisfactoria 



54 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



reglamentación del trabajo y á una justa protección 

de los trabajadores, prescindiendo de la acción direc- 
ta de la ley? 

Indudablemente los habría, si el industrial tuviese 
de ordinario una concepción clarividente y elevada 
de las exigencias de su interés definitivo. Levantán- 
dose entonces por encima del aparente y transitorio 
interés que puede moverle á la desconsideración y la 
injusticia con sus colaboradores forzosos, llegaría á 
comprender que una estrecha solidaridad de destinos 
la vincula á éstos, y que no debe, por tanto, abusar de 
sus fuerzas ni exacerbar sus agravios, sino ver en el 
agente productor y ver en sí mismo como das órga- 
nos cuya integridad es mutuamente necesaria para 
ambos, siendo la condición de la salud de un cuerpo 
único. Las persuasiones de esa elevada consideración 
de utilidad, de ese interés bien entendido (ya que mo- 
tivos más altos de filantropía y desinterés no es posi- 
ble incluir, por desdicha, entre los móviles comunes 
de las acciones humanas), serían suficientes para am- 
parar al obrero contra ios excesos de la brutalidad ó 
la codicia, sin necesidad del escudo protector de la 
ley. Pero bien se comprende que semejante garantía 
es, en realidad, asaz precaria y problemática. El indus- 
trial está lejos de ser siempre un espíritu superior... 
El interés particular no se eleva fácilmente á conside- 
raciones de esa índole. Y puede agregarse que, aun 
cuando por excepción se eleve á ellas, se verá impe- 
dido de llevar sus propósitos benéficos más allá de 
ciertos límites, por el hecho de que su propia calidad 
de excepción le pondría, durante mucho tiempo, en 
condiciones inferiores de competencia. 

Otro medio, mucho más adaptado al conocimiento 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



55 



de la naturaleza humana y á ta historia de esta cues- 
tión social, puede señalarse para excusar al poder 
público de la ingerencia en los conflictos del tra- 
bajo. 

Consiste este medio en fomentar, en obreros y pa- 
tronos, el espíritu de asociación profesional, de modo 
que cada una de esas parcialidades se organice y ad- 
quiera personalidad corporativa, relacionándose entre 
ambas y propendiendo á equilibrar sus conveniencias 
y derechos. La facultad de contratar, en materia de 
trabajo, podría ser abandonada sin temor á las con- 
tingencias de una libertad no restringida, si, frente á 
una asociación de los intereses patronales, que unifor- 
mase las manifestaciones de su voluntad, hubiera cons- 
tituido un fuerte haz de sindicatos obreros, autoriza- 
dos por la ley para el contrato colectivo, de modo 
que desapareciera la debilidad del proletario que es- 
tipula individualmente con el patrono; y dotados, ade- 
más, de una base material suficiente como para ofre- 
cer al capital la confianza de una responsabilidad 
efectiva en cuanto al respeto de sus convenciones. En 
tal caso, el interés legítimo del trabajador tendría su 
amparo y su vigilancia en sí mismo, y el juicio arbitral 
podría dirimir pacíficamente todas las disidencias de 
obreros y patronos, sin que el Estado necesitase aban- 
donar su norma de abstención . 

Cualesquiera que sean sus condiciones de madurez 
en lo presente, tal solución es, sobre toda duda, un 
ideal á que se debe tender; es la fórmula superior y 
completa, más sólida y más digna que otra alguna, 
puesto que busca su fundamento en las costumbres, y 
su impulso en los movimientos saludables de la liber- 
tad y la cooperación, sin los peligros que indudable- 



56 



JOSE ENRIQUE RODO 



mente encierra una apelación sobrado solícita al favor 
providencial del Estado. 

Por medio de esa libre asociación de fuerzas es 
cómo las Irade Unions han organizado, en los pue- 
blos anglo-sajones, un poder que impone respeto al 
interés conservador y á la autoridad de los gobiernos. 
Por ese medio también es cómo los trabajadores de 
la Australia y de la Nueva Zelanda han conquistado, 
en empeñosa brega, la reducción de las jornadas, el 
salario mínimo, la solución arbitral de las cuestiones 
del trabajo, y otros rasgos, aún más avanzados, de una 
organización social que ha dado lugar á que se señale 
por muchos, en aquel mundo nuevo, una como antici- 
pada imagen de la humanidad del porvenir. 

Pero, infortunadamente, la asociación de las fuerzas 
obreras está lejos de haber alcanzado en todas partes 
el grado de generalidad, de organización y de recur- 
sos que sería necesario para poder confiar en la ex- 
clusiva eficacia de su acción. Y si nos referimos á 
nuestro propio medio, tal deficiencia es tanto más 
sensible. 

Ese género de asociación, hoy incipiente entre 
nosotros y supeditada casi siempre á tendencias que 
no son puramente las de las reivindicaciones eco- 
nómicas del trabajador, ha de luchar, por mucho 
tiempo todavía, con los impedimentos que acumula- 
rán ante ella la relativa escasez de las fuerzas asocia- 
ciables; el carácter flotante é inorgánico de nuestras 
clases obreras, formadas en su gran mayoría por ele- 
mentos colectivos, procedentes de todas direcciones, 
sin los vínculos que crea la comunidad de nación 
ó de oficio inveterado y fijo; y por último, cierta ten- 
dencia ingénita de nuestra sociabilidad, cierta influen- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



57 



cia pecuiiar del ambiente, que dificulta, para cualquier 
género de propósitos, la concentración y el acuerdo 
de las voluntades. 

Por otra parte, la suficiencia de la asociación gre- 
mial, como medio exclusivo de regular las relaciones 
del trabajo, no parece muy asegurada en la actual si- 
tuación de las cosas humanas, si se considera que son 
los pueblos donde esa asociación florece y cunde, los 
pueblos de las 7 rade-Unions, los que con más eficien- 
cia han propendido, medíante la propaganda de estas 
mismas, á obtener la intervención del Estado para la 
reforma de las condiciones de la vida industrial. La 
legislación del trabajo, según ya tuve ocasión de re- 
cordarlo, ha nacido, en lo moderno, de las actas de 
fábricas de Inglaterra; sin que hayan sido obstáculo 
para ello ni la fuerza omnipotente que alcanzan en 
esa gran nación los recursos de la acción privada, ni 
el individualismo que radica en los más hondos terro- 
nes de su tradición social. 

En nuestros días, puede afirmarse definitivamente 
que la tendencia intervencionista no tiene adversarios 
absolutos. Todo está en la medida que se le señale, ó 
en las cuestiones á que se la extienda; y éste es, sin 
duda, punto delicado y grave. Si se tiene en cuenta 
que la intervención del Estado en el régimen del tra- 
bajo no se cumple sino al precio de restringir ciertas 
libertades, tan respetables como todas, lícito es sen- 
tar por principio que para fijar el límite de esas liber- 
tades no debe bastar con una probabilidad de conve- 
niencia: será menester que esa probabilidad raye en 
los términos de la certidumbre , y que esta convenien- 
cia, por el grado á que se levante, asuma los caracte- 
res de una necesidad. 



58 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Tal es el criterio á que, por mi parte, procuraré 
ajustarme en el presente estudio. 



III 

El defecto de que fundamentalmente adolece la 
fórmula propuesta por el gobierno del Uruguay es la 
in flexibilidad de sus lincamientos, es la rigidez con 
que tiende á comprimir, dentro de moldes comunes é 
invariables, actividades diferentes por la naturaleza de 
sus procedimientos, y capacidades desiguales por la 
medida de sus energías. 

La jornada uniforme de ocho horas para el trabajo 
de fábrica y taller, prestigiosa como aspiración huma- 
nitaria, y admisible como límite normal, que sirve de 
regulador ó de modelo, es, á todas luces, violenta y 
desconocedora de la realidad, si ha de tomársela 
como canon cerrado é inflexible, que no dé lugar á 
ampliación, á modificación, á salvedad alguna. 

Ni aun tratándose de reducciones menos extremas 
en el número de horas, se las ha considerado, en 
otras partes, conciliables con la fijeza y la igualdad. 
Recórranse todas las leyes similares; consúltense to- 
das las fórmulas á que se haya dado sanción práctica 
en la reglamentación del tiempo de trabajo, cualquie- 
ra sea la amplitad de sus límites: todas comportan nu- 
merosos casos de excepción, todas prevén dificulta- 
des, todas hacen diferencias; sea en su propio texto, 
sea en los reglamentos que concretan y particularizan 
su aplicación, sea concediendo á determinados órga- 
nos de autoridad la prerrogativa de atenuar ó sus- 



EL MIRADOR DE PRO SPERO 



59 



pender en ciertas circunstancias, según su prudencial 
arbitrio, el rigor de las disposiciones comunes. Y esto 
fluye naturalmente de la complejidad infinita de la 
materia sobre que recae la acción de estas leyes, y de 
las circunstancias imprevistas que á cada paso surgen, 
desde que se las lleva de la esfera de las generaliza- 
ciones al vario y desordenado campo de la realidad. 

Es fácil darse cuenta, en primer término, de que las 
maneras de organización y funcionamiento de los di- 
ferentes géneros de industrias están lejos de seguir 
una pauta uniforme; y por tanto, no cabría imponer 
en todas ellas una medida de tiempo absolutamente 
igual, sin producir una nivelación que forzaría la natu- 
raleza de las cosas. Además, la intensidad relativa de 
trabajo nunca podría medirse con exactitud por la 
simple extensión de tiempo. Una igual duración de la 
labor no importa el mismo gasto de energías en las 
industrias que exigen el esfuerzo rudo ó la atención 
concentrada, que en las que se desempeñan por mo- 
vimientos livianos y automáticos. Esa duración no en- 
vuelve iguales riesgos para la salud en la generalidad 
de las industrias que en las que son esencialmente an- 
tihigiénicas por el material que se maneja ó por la 
índole del esfuerzo que imponen. El trabajo que se 
verifica al aire libre difiere del que se realiza bajo te- 
cho, y el de horario nocturno del de diurno. La con- 
dición de cierto género de manufacturas volverá difí- 
cil ó imposible fijar con exactitud el límite del tra- 
bajo del día, porque la interrupción de ciertas opera- 
ciones frustraría su resultado; mientras que en otras 
manufacturas el término de cada operación es fácil- 
mente previsible, ó su interrupción es innocua. La ne- 
cesidad de valerse de turnos ó relevos por la reduc- 



60 



JOSH ENRIQUE RODO 



ción del horario, importará en determinadas indus- 
trias una dificultad mucho mayor que en las demás. 

Hay especies de elaboración en que puede reforzarse 
el trabajo de taller con el trabajo á domicilio, á dife- 
rencia de otras, en que el obrero sólo puede trabajar 
dentro del taller. El descenso en la cantidad de pro- 
ducción, el encarecimiento del producto, la merma del 
salario, por la disminución de las horas, no son con- 
secuencias igualmente probables, ni igualmente temi- 
bles, en los diferentes órdenes de industrias. Y en una 
palabra: de cualquiera punto de vista que se le consi- 
dere, cualquiera sea el interés con que se le relacione, 
el organismo industrial presenta un conjunto tan com- 
plejo y tan múltiple, que la vanidad de pensar en una 
reglamentación uniforme aparece de manera intuitiva 
apenas se pasa de ío más exterior de él. 

Debe en general desconfiarse, contra la creencia 
vulgar, de las leyes que no establecen excepciones n 1 
especifican diferencias. El objeto á que se aplican las 
leyes, el fondo diversísimo é instable de la sociedad 
humana, es cosa demasiado apartada de la simplici- 
dad para que una medida absolutamente común sea, 
las más de las veces, conciliable con el acierto y la 
justicia. Pero tratándose de la cuestión que examina- 
mos, la verdad de esa observación sube de punto, 
porque difícilmente se hallaría materia más compleja 
que ésta. Aun no se ha dicho todo con señalar la di- 
versidad de las industrias entre si. La complejidad se 
reproduce, á menudo, en los distintos momentos de la 
actividad de cada industria. Numerosas son las clases 
de trabajo en que un horario inflexible no se adapta- 
ría á las necesidades cambiantes de la producción, 
según las estaciones, según la inclemencia ó la bonan- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



61 



za del tiempo, y según las mil causas que influyen en 
las alzas y bajas de la demanda. 

Se deduce de aquí, y es menester reconocerlo, una 
de las indudables ventajas que el libre acuerdo entre 
las partes tiene, en principio, sobre ia intervención 
del Estado, para ia solución de las dificultades del 
trabajo. Presupuesta una organización de los intereses 
patronales y gremiales en la que estos últimos estu- 
viesen dotados de fuerza suficiente con que equilibrar 
los medios del patrono, cada industria, cada gremio, 
se darían autonómicamente la jornada que mejor con- 
viniese ai orden de sus tareas, armonizando en ella las 
aspiraciones legítimas del industrial y del obrero; mo- 
dificándola según su experiencia, y adaptándola al 
cambio de las circunstancias. Pero mientras tal orga- 
nización no exista y la intervención del Estado sea ne- 
cesaria para compensar ia debilidad de una de las 
partes, esta intervención debe tener por norma conci- 
liar los Hmites que fije al uso de los servicios del tra- 
bajador, con la necesidad de respetar las naturales 
diferencias determinadas por la distinta aplicación de 
esos servicios. 

Tal es el resultado de la más somera consideración 
de las cosas, y tal es también el ejemplo, en todas par- 
tes en donde se ha reglamentado legalmente el traba- 
jo. Los pocos pueblos que han señalado un límite á 
la jornada del obrero adulto, no lo han hecho sin 
atender, de uno ú otro modo, á aquellas causas de 
desigualdad. En la legislación francesa, la jornada de 
diez horas, que establece la ley de 1900 y que ha en- 
trado en vigencia desde 1904, alcanza sólo á los obre- 
ros que trabajen en los talleres y manufacturas donde 
también se ocupen mujeres y niños. Para los demás, 



62 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



rigen las doce horas que prescribe el decreto dictado, 
durante la efímera república de 1848, por el llamado 
«Consejo de Luxemburgo». Pero, además de esta 
primera diferencia, asi este decreto como aquella ley 
están sujetos en la práctica á numerosas excepcio- 
nes. El decreto de 1848 establece que «los reglamen- 
tos de administración pública determinarán las excep- 
ciones que sea necesario introducir en la disposición 
general, por razón de la naturaleza de las industrias 
ó de causas de fuerza mayor >. Y la ley de 1900 está 
limitada en su aplicación por disposiciones como las 
de la ordenanza de 28 de Marzo de 1902, que autori- 
za los trabajos extraordinarios fuera del máximum 
normal de diez y doce horas, en determinados géne- 
ros de industria ó en ciertos casos de urgencia. 

La legislación suiza ha consagrado, desde 1877, el 
horario universal de once horas; pero no sin dar lu- 
gar, por el artículo 11 déla famosa ley de aquella 
fecha, á los pedidos de autorización para prolongar 
extraordinariamente la duración de las horas de tra- 
bajo; pedidos que, según el término de la prórroga, 
deberán dirigirse á las autoridades del distrito ó al 
gobierno federal. 

La ley austríaca de 1885, que, como la suiza, esta- 
blece un máximum de horario para los obreros adul- 
tos, lo fija también en once horas; pero con tal suma 
de excepciones y derogaciones, que, seguramente, los 
casos que caen dentro del alcance de la ley no su- 
peran en número á los excluidos. 

No ha legislado Inglaterra en cuanto al horario de 
los adultos; pero aun tratándose sólo de la reglamen- 
tación del trabajo de niños y mujeres, basta revisar el 
gran bilí de 1878, que reúne y sistematiza la legisla- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



63 



ción industrial, para encontrar á cada paso una dife- 
renciación en materia de horas de trabajo: según el 
género de fábricas, según la premura de la tarea y 
según otros muchos motivos de diversidad; todo ello 
sin perjuicio de autorizar ampliamente las derogacio - 
nes expresas por concesión de los secretarios de 
Estado. 

Si esta necesidad de diferenciar, de exceptuar, de 
abrir espacio para el trabajo extraordinario que fuere 
requerido por la urgencia del caso ó por la naturaleza 
de la industria, ha sido así atendida tratándose de jor- 
nadas normales de diez á doce horas, ¿cuánto más im- 
periosa no será la fuerza de tal necesidad cuando se 
fije en ocho horas la duración de la jornada normal?... 
Cítase comúnmente el ejemplo de la Australia y de la 
Nueva Zelanda, en abono de la posibilidad de la jor- 
nada uniforme de ocho horas. La ley ha consagrado, 
efectivamente, en esos pueblos, la suspirada fórmula: 
¿es sin excepciones como la ha consagrado? Consúl- 
tese la ley neozelandesa de 1901, admirable código 
del trabajo industrial. Junto al inciso del artículo 
décimoctavo, que fija para el obrero adulto el máxi- 
mum de cuarenta y ocho horas semanales, está el in- 
ciso donde se previene que en un anexo de la ley se 
enumeran los géneros de industria exceptuados de tal 
disposición. 

En 1904, en la República Argentina, el gobierno del 
presidente Roca propuso á la sanción parlamentaria 
un vasto y concienzudo proyecto de legislación del 
trabajo, que, á pesar de que nunca llegó, según mis 
noticias, á tomarse en consideración, merece ser cita- 
do como notable antecedente teórico. Ese proyecto, 
obra del cultivado espíritu de don Joaquín V. Gonzá- 



64 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



lez, establece la jornada normal de ocho horas; pero 
cuida de asegurar, en la práctica, la flexibilidad que 
dé paso á ios impedimentos que se justifiquen. En él 
no sólo se prevén las excepciones determinadas por 
los caracteres permanente? de ciertos géneros de in- 
dustria, sino que se legitima que la libre convención 
entre obreros y patronos produzca la modificación de 
aquel horario, mediante el juicio pericial de los técni- 
cos y la intervención, si necesario fuere, de los tribu- 
nales instituidos para dirimir los conflictos del trabajo. 

La autoridad de estos ejemplos concurre á reforzar 
las razones en cuya virtud juzgo que no podrá menos 
de quitarse á la limitación de la jornada el carácter 
inmutable y rígido con que la propone el gobierno del 
Uruguay; aunque, como norma ó centro de un plan 
menos uniforme, tengo por aceptable la medida de la 
limitación. Falta escoger ahora el medio con que deba 
tenderse á comunicar al horario legal la flexibilidad 
que lo haga aplicable en distintas circunstancias. 

Al procedimiento de prever excepciones que se se- 
ñalen taxativamente, ya en la ley misma, ya en su 
reglamentación, ó que queden libradas al criterio de 
las autoridades á que corresponda aplicarla, acaso 
fuese preferible, partiendo de la radical restricción de 
ocho horas para jornada normal de todo gremio, el 
sistema de conceder algún espacio, fuera de esas ho- 
ras, á la libertad de contratar; de suerte que según las 
condiciones y necesidades de cada industria, y según 
las accidentales exigencias de cada oportunidad de su 
desenvolvimiento, pueda el industrial, sin obligación 
de recurrir al permiso de las autoridades, tomar, den- 
tro de aquel término libre, el tiempo que sea menes- 
ter. Pero, cumplida la común jomada de ocho horas, 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



65 



todo trabajo excedente requeriría convenio expreso y 
aparte, y no sería, en ningún caso, obligatorio para los 
que sólo hubieran contratado sus servicios en cuanto 
á la tarea normal, ni entraría como compromiso válido 
en las condiciones de la admisión á esta última. El tra- 
bajo extraordinario de esa manera autorizado, nunca 
debería pasar de tres horas, las cuales serían retribui- 
das con ventaja, cuya proporción fijaría la ley, respec- 
to del salario de la> hora.; normales. Se tendría, pues, 
en las industrias que necesitaran apelar, más ó menos 
transitoriamente, al trabajo extraordinario, una jorna- 
da de once horas, ó sea igual en duración á aquella 
que la avanzada legislación suiza, la de espíritu más 
ampliamente humanitario en Europa, consagra como 
jornada común, susceptible de aumentarse extraordi- 
nariamente. 

Algunos de los Estados de la Unión Americana, 
v. gr., Nebraska y California, han tendido también á 
conciliar el establecimiento de un horario normal con 
las ventajas del contrato libre; y al efecto, han dado 
fuerza legal á la jornada de ocho horas sólo para 
aquellos casos en que no exista convención en contra- 
rio entre el industrial y los obreros. Pero esta autori- 
zación indefinida, sin máximum de tiempo, del trabajo 
extraordinario, ó más bien, del trabajo normal por 
convenio expreso, vale tanto como desvirtuar los fines 
esenciales de la reglamentación de las horas de traba- 
jo. Bien sabido es que, en las actuales condiciones 
jurídicas del contrato entre patronos y trabajadores, 
el obrero carece de medios suficientes con que equili- 
brar la abrumadora superioridad del capital: de ma- 
nera que nada ampararía al obrero, en un régimen de 
plena libertad de convenciones, contra la imposición 
Tomo II 5 



66 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



de las jornadas brutales que destrozan el cuerpo y 
humillan y anuían el espíritu. Es necesario un límite 
que respete las conveniencias extremas de la conser- 
vación social y de la dignidad humana. Y de tal punto 
de vista, aunque se comprende que, tratándose de este 
género de fórmulas, no es posible aspirar á una exac- 
titud ó á una precisión absolutas, hay, por lo menos, 
grandes probabilidades de acierto si se afirma que una 
jornada, de fábrica ó taller, que pase de once horas, no 
se justificaría ni por la mayor consideración de orden 
económico ó de utilidad general; porque, aun cuando 
por la índole excepcionalmeate liviana del trabajo no 
representase, en algún caso, un exceso brutal, repre- 
sentaría siempre una absorción de tiempo inconcilia- 
ble con el libre uso de la propia personalidad y con la 
satisfacción de los más elementales vínculos de la so- 
ciedad y la familia. Por otra parte, dentro de las nece- 
sidades y los usos de nuestras industrias, no hay tra- 
bajo que no pueda contenerse, sin grandes violencias, 
en un término inferior al máximum á que me refiero. 

Expuestas las ventajas que la ampliación accidental 
de la jornada de ocho horas tendría en relación á las 
necesidades industriales, cabe preguntar si esas venta- 
jas subsisten cuando se consulta el interés del traba- 
jador; y creo que la respuesta afirmativa surgirá, clara 
é imperiosa, para todo espíritu desapasionado. El in- 
terés del obrero no puede ser otro que el de que se 
limite la duración de su trabajo hasta el punto en que 
estrictamente lo requieran la integridad de su natura- 
leza física y los fueros de su personalidad moral. Pero 
toda limitación que no se contenga en esa estricta 
medida y obstaculice la libertad del trabajad¿r para el 
desenvolvimiento de las fuerzas que son la condición 



EL MIIRADOR DE PROSPERO 



67 



de su existencia y el fundamento de sus aspiraciones 
y esperanzas, no puede menos de ser considerada por 
el obrero como una abominable tiranía, que se dirige 
contra sus más caras y esenciales conveniencias. 

Desde luego, si falsa es la identificación de las con- 
diciones de todas las industrias, en cuanto al tiempo 
en que hayan de desenvolverse, falsa sería también la 
identificación de las condiciones y necesidades de los 
individuos, con relación á los fines del trabajo. No to - 
dos los obreros tienen igual número de hijos á quienes 
mantener; no entre todos está igualmente repartido el 
peso de las calamidades que acrecientan los gastos 
permanentes ó eventuales de la familia: las enfermeda- 
des, las defunciones, las deudas, los padres inválidos ó 
ancianos á quienes auxiliar, etc., etc. Aun cuando hu- 
biera modo de eliminar estas diferencias, siempre que- 
daría en pie un motivo de disimilitud que bastaría por 
sí solo para justificar las desigualdades en la medida 
de trabajo: la diversidad en el grado de la aptitud. Y 
he aludido con esto á uno de los peligros que más 
cuidadosamente han de orillarse en estas leyes de re- 
paración social; porque á poco que ellas se salgan de 
sus límites, á poco que se las inficione del espíritu del 
socialismo igualitario, conducen á la funesta extinción 
de todo estímulo y toda emulación, con lo que se aba- 
te el legítimo privilegio de las aptitudes superiores y 
se quita al trabajo la lontananza con que lo anima y 
alegra el pensamiento del triunfo, para reducirlo á una 
obligación monótona y tediosa, aunque se la haya exi- 
mido de sus crueles espinas, que no promete á nadie 
más que lo que concede á todos. 

En buena hora se atenúen los efectos de la compe- 
tencia y de la «lucha por la vida», con el bálsamo de 



68 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



la piedad. Pero nunca se les anule de modo que no 
queden medios para que el más fuerte, el más labo- 
rioso, el más capaz, ó, si se quiere, el más ambicio- 
so, — puesto que la ambición noble y digna es de por 
sí una razón de calidad, — logre descollar y prevalecer 
sobre la multitud de los mediocres. El carácter esen- 
cial de la sociedad democrática será siempre la justi- 
cia inmanente que permite á cada cual destacarse se- 
gún sus fuerzas y merecimientos, y hace de cada hom- 
bre el artífice de su propio destino. Pobre concepto 
del trabajo seria el de aquel que lo considerase sim- 
plemente como un medio de subsistir: él es también un 
medio de progresar y de elevarse. Cuando todas las 
necesidades de la vida estén satisfechas; cuando en la 
casa haya todo el pan y todas las ropas que se nece- 
siten, todavía quedará al trabajador un estimulo para 
persistir en el trabajo: la posibilidad del ahorro, que 
le dará modo como levantarse sobre su condición y 
escalar para sí ó para sus hijos rangos superiores de 
la sociedad. Vano será que se declame contra estas 
razones, arguyéndose con que es cruel ironía hablar 
á los que perecen, acaso, en las angustias del desam- 
paro y la miseria, de la posibilidad de atesorar y de 
ascender. Los hechos prevalecerán sobre las declama- 
ciones, y es un hecho que puede comprobar cualquie- 
ra, dentro del alcance de su observación personal, el 
caso del obrero que ha conquistado el bienestar, y 
aun la fortuna, como recompensa de su habilidad, de 
su perseverancia ó de su economía. Aun cuando este 
hecho no fuera frecuente (y en los forzosos límites de 
toda selección, lo es), bastaría que él fuese posible 
para que debiera facilitarse la ocasión de que se pro- 
dujera. Llenos están los anales de las sociedades de- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



69 



mocráticas de estos encumbramientos dignificadores, 
que no se limitan, por cierto, á la conquista de un ma" 
yor bienestar material, sino que llegan más alto y al- 
canzan á los bienes superiores del poder y del renom- 
bre, y un día levantan á Lincoln, el leñador del Illinois, 
al Capitolio de Wáshington, y otro día levantan á 
Félix Faure, el curtidor de Turena, al palacio del 
Elíseo. No rebajemos la energía de las voluntades, en 
nombre de una falsa igualdad. Dejemos algún campo 
abierto para que trabajen algo más que los otros aque" 
líos que más lo necesitan, ó que más aptos son, ó que 
más ambiciones tienen; y con esto respetaremos los 
principios fundamentales de nuestra organización de- 
mocrática, y tutelaremos el más alto y vital interés de 
los trabajadores. 



IV 



Si en tal forma se modificase el horario inflexible de 
ocho horas que propone el gobierno del Uruguay, 
puede asegurarse que su aplicación no traería consigo 
alteraciones de cuantía en las actuales costumbres de 
nuestra organización industrial, ni haría otra cosa que 
completar una evolución, favorable á las jornadas bre- 
ves, que se ha desenvuelto sin la intervención del Es- 
tado. Pocas serían las industrias á las que viniese es- 
trecho el término máximo que tolera la flexibilidad de 
un horario de ocho horas normales y tres extraordina- 
rias, ó que no pudieran ceñirse á él sin graves perjui- 



70 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



cios. Las jornadas que pasan de once hpras son, en 
nuestras fábricas y talleres, una rara excepción. 

Debe tenerse en cuenta, desde luego, que el hora- 
rio fijo de ocho horas es una conquista ya alcanzada 
en muchas de las industrias cuyo funcionamiento pe- 
culiar no opone dificultades insalvables á esa limitación 
de tiempo. Gozan actualmente de la jornada de ocho 
horas, por libre acuerdo entre obreros y patronos, gre- 
mios como los albañiles, los carpinteros de obra blan- 
ca y de ribera, los herreros, los herradores, los opera- 
rios joyeros, los escultores en madera, los calafates, los 
aserradores de ribera, los trabajadores en mármol, los 
ebanistas de taller, los elaboradores de cigarrillos y de 
fósforos. En otros gremios, el horario actual, pasando 
de ocho horas, no alcanza á once. Trabajan nueve ho- 
ras: los talabarteros, los lustradores de muebhs, los 
maleteros y bauleros, los aparadores de botas, los za- 
pateros mecánicos, los operarios sastres, etc. Trabajan 
diez horas: los cortadores sastres, los ebanistas de fá- 
brica, los caleros, etc. 

Excusado es decir que estos gremios que, en un ré- 
gimen de ilimitada libertad, cuando no hay máximum 
obligatorio de tiempo, han obtenido, por su propia 
gestión ó por espontánea concesión del industrial, jor- 
nadas inferiores á once horas, en nada verían modifi- 
cado su horario por la vigencia de una ley que fijase, 
con carácter de excepción, el máximum de once. Es 
obvio que los industriales que han podido adaptar el 
movimiento regular de sus empresas á aquellas jorna- 
das breves, sin que los moviese á ello más que su pro- 
pio interés ó el de conciliar con los obreros, sólo ten- 
drán motivo para mantener, y aun reducir, sus hora- 
rios, desde que sepan que todo tiempo que exceda de 



F.L MIRADOR DE PRÓSPERO 



71 



las ocho horas normales entra en la condición de tra- 
bajo extraordinario, con derecho á ser beneficiado en 
la retribución. 

El término de las jornadas varía, en otros gre- 
mios, según las estaciones del año; y es, sin duda, una 
de las ventajas de una fórmula flexible la de dejar sub- 
sistir estas diferencias, que la fórmula absoluta aba- 
tiría con su rasero nivelador. Así, los peones de las 
barracas (ó depósitos) de maderas, trabajan nueve 
horas en verano y ocho en invierno; los de las barra- 
cas de lanas, nueve y media en invierno y diez en 
verano; los de las barracas de carbón, nueve y diez 
horas, respectivamente; los aserradores, ocho y nueve 
horas; los operarios de las fábricas de vehículos, ocho 
y diez. 

Fuera de estos horarios constantes (y sin que éntre 
en cuenta el trabajo á domicilio, ni el que se tasa por 
piezas, y no por el término- de duración), quedan los 
casos en que el horario es indeterminado y variable 
según mil circunstancias que se relacionan con las 
desigualdades de la demanda ú otros motivos de 
oportunidad. El aditamento de las horas suplementa- 
rias permitiría respetar también esta práctica inheren- 
te á la naturaleza de muchas labores. 

La reducción de los horarios excesivos, ó concep- 
tuados tales por los obreros, es una de las reivindica- 
ciones que, en Montevideo, más han servido de acica- 
te á las huelgas, y á menudo con éxito favorable. Los 
maleteros y bauleros, que hasta Septiembre de 1905 
trabajaban diez y seis horas, desde la huelga de esa fe- 
cha trabajan sólo nueve; los toneleros, que trabajaban 
trece horas hasta hace pocos años, obtuvieron por la 
huelga el horario de once; y apelando al mismo recur- 



72 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



so, los constructores de varales lograron cambiar, 
en 1906, su horario de catorce y quince horas por el 
de diez, y los lustradores de muebles, en el mismo 
año, el de diez por el de nueve. 

Subsisten aún, es cierto, jornadas superiores á once 
horas. En la elaboración de papel y en los molinos 
rige la de doce, y la de catorce en la elaboración del 
pan. Pero es en los saladeros de carnes donde las 
grandes jornadas de diez y seis, diez y ocho y aun 
más horas, señalan el máximo grado de tensión de las 
fuerzas del trabajador. 

Tales casos no representan, sin embargo, más que 
una proporción relativamente mínima. Para la gran 
mayoría de las industrias, un régimen de ocho horas 
normales y hasta tres extraordinarias no trastornaría 
fundamentalmente las prácticas que consagra el uso. 
La sola circunstancia de que podría tenerse algún des- 
equilibrio es la del mayor salario que se habría de pa- 
gar por cada hora que excediese del término normal. 
No se me oculta la posibilidad de que, en alguna de 
las industrias que hubieran de mantener su horario ac- 
tual de más de ocho horas, la necesidad de recurrir 
diariamente al trabajo extraordinario se tradujese por 
una forzosa reducción del salario de las horas norma- 
les, á objeto de equilibrar en el costo total del traba- 
jo la diferencia producida por la obligación de pagar 
más alto las suplementarias. No sería difícil tampoco 
que, en otros casos, esa diferencia se hiciera pesar, 
más que sobre el salario del obrero, sobre el precio 
que se cobrase al consumidor. Habría veces en que el 
patrón tendría conveniencia en apelar, para el trabajo 
extraordinario, al relevo de su personal. Pero, como 
quiera que se piense de esto, es indudable que la ame* 



EL MIRADOil D£ PROSPERO 



73 



naza, así de disminución de los salarios corno de enca- 
recimiento en los productos, quedaría con tal modifi- 
cación considerablemente mitigada, respecto de las 
trascendencias que, en uno y otro sentido, cabe seña- 
lar al horario uniforme y fijo de ocho horas. 



V 



Fuera de los obreros de fábrica y taller, la extensa 
democracia del trabajo comprende otras especies de 
trabajadores, que por la índole, menos rudamente 
material, de sus tareas, así como por las intermiten- 
cias ó interrupciones á que ellas dan lugar de ordina- 
rio, se encuentran en condición notoriamente distinta, 
respecto á la medida que haya de aplicarse para fijar 
el máximum de su labor. 

El proyecto del gobierno del Uruguay, á pesar del 
criterio de uniformidad en que se inspira, reconoce 
esa esencial diferencia, y señala, para aquellas mani- 
festaciones de trabajo que no entran en la clasifica- 
ción del de fábrica y taller, la jornada de diez horas. 

Tengo por aceptable ese término como duración 
de la jornada normal de tales gremios; pero á condi- 
ción de que se autorice, para ellos también, el tra- 
bajo extraordinario, en igual proporción de tiempo 
que para los obreros propiamente dichos ; y por las 
mismas consideraciones que al referirme á éstos he 
expresado. Quien, recordando un argumento ante- 
riormente expuesto» observase que esta prolongación 



74 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



de una jornada normal de diez horas, que con las su- 
plementarias llegarían á trece, desvirtuaría el espíritu 
de la ley, desde que, á pesar de no tratarse ya de ta- 
reas de gran esfuerzo muscular, el excesivo embargo 
de tiempo contrariaría los fundamentos morales de la 
jornada máxima con la anulación de la personalidad 
inteligente y libre, no deberá olvidar que las interrup- 
ciones de actividad, en las labores de este género, 
comportan frecuentemente la posibilidad de reposar la 
atención y de expandir el espíritu fuera del objetivo 
directo del trabajo, permitiendo en cierta medida las 
conversaciones, la meditación, las lecturas, etc., etc. 

Ha habido acierto en la inclusión del empleado de 
comercio dentro del alcance tutelar de la ley. Y cuan- 
do un estudio exacto y prolijo de la organización y las 
prácticas administrativas haga la reforma oportuna, 
es indudable que deberá extenderse también una re- 
glamentación semejante á las oficinas que dependen 
del Estado. 

Ha sido, durante mucho tiempo, una limitación in- 
justificada de las reivindicaciones en favor del traba- 
jo, el hecho de que ellas se circunscribieran casi ex- 
clusivamente al obrero, al menestral, manteniendo en 
olvido á otro género de trabajadores, y singularmen- 
te á los empleados de comercio y de oficina. Pero en 
los últimos años se ha abierto paso, y de día en día se 
acentúa en las legislaciones europeas, una tendencia á 
colocar á esos olvidados de ayer bajo la protección 
de las leyes que reglamentan el trabajo. «El empleado 
y no el obrero— ha dicho Gustavo Le Bon con la ha- 
bitual rigidez de sus fórmulas — es el verdadero paria 
moderno.» Apartando lo absoluto de esta proposi- 
ción en lo que afirma como en lo que niega, queda un 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



75 



sólido fondo de verdad, que entre nosotros puede 
fácilmente comprobarse. En nuestro ambiente, cabe 
asegurar que los dolorosos dramas de la angustia 
económica, las luchas con la escasez y la miseria, tie- 
nen por escenario, tanto ó más que la habitación del 
obrero, la casa del modesto empicado. Sostén, infini- 
tas veces, de una familia, el modesto empleado une á 
la exigüidad de sus recursos la pesada carga, ajena al 
obrero, de un decoro social que le obliga en el modo 
de vestir y en el modo de alojarse. Para colmo de ma- 
les, el empleado desconoce, ó poco menos, el medio, á 
que ya está habituado el menestral, de la protesta pú- 
blica y ruidosa que se complementa, en caso necesa- 
rio, con la apelación á la huelga; y lejos de poner de 
manifiesto sus dolores y reclamar para ellos la aten- 
ción y el interés de los demás, ha de callarlos y disi- 
mularlos á menudo con los disfraces de la pobreza 
vergonzante y de las conveniencias y respetos del mun- 
do. De otros puntos de vista, y singularmente del que 
se refiere á la suprema razón de la salad, no aparece 
menor la necesidad de volver la mirada á este género 
de obreros tan injustamente desatendidos. El trabajo 
sedentario, de muchas horas, en local cerrado, con 
frecuencia estrecho é insalubre; en ía actitud malsana 
del dependiente de escritorio, ó en la prolongada te- 
nencia en pie del que atiende á las tareas del mostra- 
dor, se desenvuelve en condiciones indudablemente 
más antihigiénicas que muchas de las labores de fuer- 
za muscular practicadas al aire libre ó en el ambiente 
de talleres y fábricas. 

La modificación fundamental del proyecto en el sen- 
tido de autorizar el trabajo extraordinario, dejaría lu- 
gar, como queda dicho, para que tareas de distinta ín- 



76 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



dolé se ajustasen sin grandes trastornos á la ley. Pero, 
aun modificada de acuerdo con esa conveniencia, la 
ley permanecería inadaptable á las peculiares condi- 
ciones de cierto orden de trabajo, respecto del cual no 
puede menos de establecerse una excepción, deján- 
dole para ser reglamentado según su peculiar natura- 
leza. Aludo al trabajo de mar. 

Ya se haya limitado la denominación de marineros, 
en el proyecto del gobierno del Uruguay, á los que se 
ocupan en el tráfico del puerto; ya comprenda tam- 
bién á los de la navegación marítima y fluvial, es evi- 
dente que el género de actividad que íes es propio 
obedece á cincunstancias y procedimientos que no po- 
drían identificarse sin violencia con los del trabajo de 
fábrica ó taller, ni con los de los transportes terres- 
tres. La vida de mar es cosa aparte. Aun cuando el 
alcance de la disposición no pasara de las embarcacio- 
nes auxiliares del puerto, fácil sería convencerse de 
cuán impracticable es. La premura inherente á la clase 
de operaciones en que se emplean; las desigualdades, 
que no habría forma de evitar, en el tiempo de traba- 
jo; la imposibilidad de medir este tiempo por las horas 
de permanencia á bordo (permanencia que, para el 
marinero, es como el modo habitual de habitación ó 
domicilio), á menos de contar el armador con triples 
reservas de personal que se turnasen para bajar á tie- 
rra, ó de hacer cesar diariamente sus servicios cuando 
se cumpliese el horario, son dificultades que no se re- 
solverían sin perjudicar considerablemente á la rapi- 
dez de las operaciones, con lo que se anularía un ali- 
ciente indispensable para mantener la actividad de ese 
tráfico, ó bien, sin recurrir á encarecer las tarifas, con 
lo que el resultado sería igualmente desviar del puerto 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



77 



de Montevideo una gran parte de los buques de paso 
que hoy se detienen en él. Excusado es decir que aun 
me parecería mayor la gravedad de este punto si no se 
tratase sólo del tráfico portuario, sino también de los 
demás géneros de marinería. 

Forzosa es, pues, la excepción á que me refiero 
no para dejar á un gremio de trabajadores fuera del 
alcance protector de la ley, sino para dar á la protec- 
ción de la ley, en lo que á él importa, forma eficaz y 
congruente. Aconsejándose de los centros gremiales, 
de patronos y de marineros, podrá liegarse á determi- 
nar, en el trabajo de estos últimos, las más favorables 
condiciones que quepan dentro de las necesidades y 
costumbres de la vida de mar. 



Ninguna parte más indiscutida, ninguna más indis- 
cutible, en la organización legal del trabajo, que la 
que se relaciona con la limitación de las tareas impues- 
tas á los niños. Cuando se trata de este objeto, todas 
las disidencias fundamentales desaparecen, todas las 
opiniones se confunden en un asentimiento unánime, 
que apenas tolera discrepancias en cuanto á la medida 
y las formas de la aplicación, como si el supremo ins- 
tinto de la especie, acudiendo en salvaguardia de su 
porvenir, inhibiese, en la conciencia de todos, las con- 
sideraciones egoístas, ios intereses transitorios, los 
apasionamientos de escuela ó de doctrina. 



78 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



Y, sin embargo, ha sido necesario remover ideas 
llenas de prestigio para llegar á este mismo acuerdo 
parcial. No es sin cierta impresión de cosa de otra 
edad y otro mundo como leemos hoy las páginas, no 
muy viejas, en que Herbert Spencer, caracterizando la 
transformación de las tradiciones liberales en tenden- 
cia al socialismo de Estado, bajo los gobiernos de Pal- 
merston y Gíadstone, incluye entre los que tiene por 
signos de extraviada política — aun reconociendo la 
bondad de los móviles — el hecho de que la ley inter- 
viniese en el trabajo de las minas y de las más peno- 
sas industrias, para impedir que los niños muy peque- 
ños fuesen ocupados en él. Es dudoso que, en nuestros 
días, alguien se atreviera á hacer coro á esas protes- 
tas del ilustre teórico del individualismo. Los más ra- 
dicales individualistas, los más irreducibles partidarios 
del liberalismo económico, se inclinan ya ante la inter- 
vención del Estado en el trabajo de los niños. Los 
pueblos más reacios á entrar de lleno en el movimien- 
to intervencionista que ha suscitado en otras partes 
todo un nuevo organismo de legislación, acogen en 
sus leyes disposiciones que tutelan la salud física y mo- 
ral de la infancia. Ha sido éste, dondequiera, el pri- 
mer paso de la intervención; y aun cuando queda, sin 
duda, mucho por hacer, es el aspecto de la organiza- 
ción del trabajo en que la realidad presenta datos me- 
nos desconsoladores. 

No sólo debe el niño ser amparado, en ésta como 
en sus demás relaciones con la sociedad, porque ello 
surge de su ineptitud para velar por sus propios inte- 
reses; sino que es ésta la manifestación en que con 
más fuerza se impone la acción social que le ampare. 
El trabajo desmedido, en duración ó intensidad, que 



EL MIRADOR DE ^PROSPERO 



79 



quebranta el cuerpo y enerva y paraliza el alma, sien- 
do brutal cuando se trata de ios hombres, es, tratán- 
dose del niño, la forma más odiosa y aleve que ha po- 
dido revestir la barbarie de las ambiciones desapode- 
radas, que han afrentado los blasones de ia civilización 
moderna con abusos sucedáneos de la esclavitud. Aun 
sin llegar á esos extremos mortales, el trabajo del niño 
debe ser ahorrado y vigilado celosamente. La tarea de 
fábrica ó taller, no ya en las condiciones en que co- 
múnmente se realiza, sino en aquellas en que por fuer 
za ha de realizarse, es, como no se la restrinja mucho, 
inconciliable con las necesidades de un organismo en 
formación, que requiere, por elementos esenciales, la 
libertad de movimientos, la plena luz y el aire libre. 
La función preventiva de que nace la higiene social 
tiene aquí el objetivo más alto de su aplicación. En el 
trabajo prematuro se acumulan para el porvenir rau- 
dales de dolor y de miseria física. Nada más instructi- 
vo á este respecto que los resultados de la consulta 
dirigida por la Asociación Nacional para la protección 
de los trabajadores á los más eminentes médicos fran- 
ceses, y que han sido recopilados por Mr. Martin 
Saint-León. Entre otros, el doctor Mauricio Lentulle, 
médico de los hospitales de París, llega á declarar 
que, ya en principio, habría mérito para calificar de 
criminal la imposición, á los menores que no han en- 
trado en la adolescencia, del trabajo diario en el en- 
cierro del taller ó la fábrica. Sí no fueran sobradas 
tales consideraciones de humanidad, aun podría plan- 
tearse y resolverse esta cuestión, para los brutales y 
los egoístas, con el criterio de utilidad de una opera- 
ción económica. Los niños que trabajan hoy serán los 
adultos que trabajarán mañana. Economizar las fuer- 



80 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



zas de los primeros es aumentar la intensidad y el 
rendimiento probables del trabajo de los úitimos. 

El mínimum de edad fijado para la admisión al 
trabajo fluctúa, en las leyes europeas, de los diez á los 
catorce años, según el país y según el género de in- 
dustria. El límite en que se considera terminada la ni- 
ñez para los efectos de la ley, oscila de los catorce á 
los diez y ocho años. 

La duración de la jornada del menor, de los doce 
á ios diez y ocho, en la legislación francesa, es, des- 
de 1904, de diez horas: la misma que rige para la 
mujer, y para los obreros adultos que trabajen en 
taller donde también se ocupen niños y mujeres. Suiza, 
que tiene desde 1877 la jornada uniforme de once 
horas, descuenta del horario del niño, de catorce á 
quince años, el tiempo que requiera la enseñanza 
escolar. La ley austríaca de 1885 fijó el máximum de 
trabajo en ocho horas para los menores de catorce 
años, siendo la edad mínima de doce. En las demás 
naciones europeas, que no han puesto término á la 
jornada del adulto, la del niño tiene señalado un 
límite, el cual nunca es inferior á seis horas en la edad 
más tierna y en las tareas de más peso. La ley re- 
cientemente sancionada en la República Argentina 
prescribe para los menores de doce á diez y seis años 
la jornada de ocho horas. 

Si se aceptara lo que propone el gobierno del Uru- 
guay, los niños de trece á diez y seis años tendrían 
por máximum cuatro horas de trabajo, en fábrica ó 
taller; y seis, los de diez y seis á diez y ocho. Para que 
sea modificada esta proporción en sentido algo menos 
restrictivo, me parece circunstancia atendible la de 
que establecer, en el primer caso, un máximum de 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



81 



cuatro horas, equivaldría en la práctica á la prohibí 
ción del trabajo antes de los diez y seis años, siendo 
excesiva la inferioridad respecto del horario de los de- 
más trabajadores, para que el. industrial tuviese con- 
veniencia en contratar aprendices de menos de esa 
edad. Ello, en parte, se evitaría, si se fijase á la jorna- 
da infantil, en los talleres y fábricas, un máximum de 
seis horas, poniéndose así en el término más restrin- 
gido que se hubiera adoptado para la infancia en ley 
alguna del mundo: dos horas menos de las ocho que 
concede la reciente ley argentina, aun cuando en ésta 
el mínimum de edad es el de doce años, mientras que 
en el plan que examino es el de trece. 

No es inoportuno recordar también que en el pro- 
yecto de reglamentación del trabajo de niños y mu- 
jeres presentado en 1906, al Congreso argentino, por 
el doctor don Alfredo Palacios, portavoz allí del par- 
tido socialista, y, á fuer de tal, poco sospechoso de 
parquedad ó timidez en la medida de sus proposicio- 
nes, la jornada infantil, de los catorce á los diez y seis 
años, tiene por limite las seis horas á que me inclino, 
como primer ensayo, dentro de esta reforma inicial. 

En cuanto á los menores de diez y seis á diez y 
ocho años, se procedería en relación vedándoles el 
trabajo extraordinario que se autorizase para los adul- 
tos fuera de las horas normales: de esta manera, su 
trabajo no podría pasar nunca de ocho horas. 

Lejos estoy de pensar que con esas disposiciones, 
ú otras semejantes, quede completado el círculo de 
las medidas de protección á que la infancia y la ado- 
lescencia tienen derecho. Creo firmemente que, en 
todo género de trabajo industrial, la participación 
del niño debe ser rodeada de particulares garantías y 

Tomo II 6 



82 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



cuidados; que, en las tareas antihigiénicas ó de mucho 
esfuerzo, se impone un aumento en la edad mínima y 
una reducción del horario normal; que hay, entre 
ellas, algunas en que sería menester exigir la presen- 
tación de un certificado médico de suficiencia física; 
y finalmente, que del punto de vista de las razones de 
moralidad y de educación del carácter, que constitu- 
yen los fundamentos de una higiene moral, importa 
reprimir abusos como los de la intervención de niños 
de pocos años en espectáculos teatrales ó circenses. 
Pero ya he manifestado que el procedimiento que 
conceptúo preferible en materia de legislación obrera, 
es el que encara las cuestiones en ella comprendidas, 
parcial y sucesivamente, consagrando á cada objeto 
bien diferenciado una ley particular; y dentro de este 
sistema, después de la ley que determine los linca- 
mientos generales, aquéllos y otros puntos tendrán se- 
ñalado su lugar en la que verse especialmente sobre la 
higiene y seguridad en el uso de las fuerzas del tra- 
bajador. 

Por lo q^e se refiere á las actuales condiciones del 
trabajo infantil en Montevideo, puede asegurarse que 
la proporción de menores de diez y seis años en el 
personal de nuestros talleres es relativamente conside- 
rable, y hay géneros de industria en que llega á re- 
presentar el cincuenta, el sesenta, y aun el setenta por 
ciento. La edad mínima no baja, por lo general, de la 
que determina el proyecto, pero no falta el caso de 
que niños de once, doce, y aun menos años, sean ocu- 
pados en tareas no siempre livianas. El horario en vi- 
gencia para los aprendices es, comúnmente, el mismo 
que para los obreros. En ningún caso, ó muy rara vez, 
es inferior, y á veces es más prolongado. Los aprendí- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



83 



ees de talabartería trabajan diez horas, y los obreros, 
nueve; los aprendices de escultura en madera, nueve 
y media ó diez horas, y los obreros, ocho; los apren- 
dices de ebanistería, diez y media, y los obreros, ocho 
ó nueve. La limitación de la jornada, en los menores 
de diez y ocho años, á un término inferior á la de los 
adultos, no complacerá á la mayor parte de los indus- 
triales, que, por lo que he podido investigar, conside- 
ran como una necesidad de la organización y disci- 
plina del taller el horario uniforme para la totalidad 
del personal. Pero esa limitación es elemento insepa- 
rable del espíritu de la ley que se proyecta. 

Una inspección cuidadosa de las formas en que ac- 
tualmente se realiza el trabajo traería á luz, segura- 
mente, muchos excesos é irregularidades en lo que se 
relaciona con el trabajo de los niños. Así, en la tarea 
de los saladeros es frecuente ver empleados á meno- 
res de doce, once y diez años, en faenas como las de 
dividir las osamentas, tirar el lazo, ó barrer los resi- 
duos de la matanza, y esto, aun en el invierno y en los 
días de lluvia. Los carretilleros de playa, á pesar de la 
ordenanza municipal que prohibe á los menores la 
conducción de vehículos, suelen ser niños de no mucho 
más de diez años, que participan del horario común 
de doce á quince horas; y á esta causa atribuyen los 
trabajadores del gremio la mayor parte de los acci- 
dentes que suelen producirse en él. 



84 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



VII 



La necesidad del descanso semanal es punto que 
puede darse por resuelto en teoría, y ha sido sancio 
nada, con más ó menos amplitud, por las leyes de casi 
todas las naciones que han abordado la reglamenta- 
ción legal del trabajo. Militan para justificar ese des 
canso, y con doble imperio quizá, las mismas razones 
en que se funda la reducción del tiempo diario de ta- 
rea: así las que se refieren á la higiene, como las de 
índole moral, que reclaman para el trabajador un día 
de libertad y de respiro, en que le sea posible cultivar 
la vida de familia, los vínculos de la amistad, y parti- 
cipar de ciertas manifestaciones de recreo. 

Entre nosotros, el descanso dominical, forma en 
que la ley religiosa de los pueblos cristianos ha con- 
sagrado el reposo hebdomadario, es costumbre obser- 
vada en casi todos los establecimientos fabriles y en 
la gran mayoría de los comerciales; con excepciones, 
en su mayor parte justificadas, ya por las condiciones 
de funcionamiento de cierto género de industrias, ya 
por la índole de los menesteres públicos á que res- 
ponden. 

El problema que, á propósito de esto, ha de resol 
ver el legislador, no es el de la necesidad, casi unáni- 
memente reconocida, del descanso semanal, sino el de 
determinar si este des canso ha de corresponder inva- 
riablemente á los domingos, ó si ha de procurarse una 
fórmula que consienta más diversidad en la indicación 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



8S 



de los días que se destinen al asueto. Posible es que 
si se consultara la voluntad de los trabajadores, ellos 
optasen, casi en su totalidad, por que se les concedie- 
ra el domingo. No ha sido otro el resultado de las in- 
formaciones levantadas entre los obreros franceses, 
con motivo de la aplicación de las nuevas leyes del 
trabajo; y por otra parte, ello se deduce (aun sin tomar 
en cuenta los motivos de orden religioso, que no á 
todos alcanzan) de la simple consideración de ser tra- 
dicionalmente el domingo el día en que prevalecen 
diversiones, deportes y paseos; en que el solaz y la 
alegría toman, por decirlo asi, un carácter público, y 
en que el espectáculo de las expansiones ajenas esti- 
mula el deseo de las propias. Pero, á poco que se re- 
flexione, aparece clara la dificultad del descanso uni- 
versal del domingo; no sólo porque conduciría á ha- 
cer de aquél un día monótono y tedioso, sin medios 
de locomoción ni de recreo, inhábil, por lo tanto, 
para el objeto á que se le destinaría (y no es inoportu- 
no recordar á este respecto la proverbial tristeza del 
domingo en las ciudades inglesas y anglo-americanas); 
sino también porque es forzoso reconocer que hay gé- 
neros de trabajo que no toleran, como los otros, una 
interrupción periódica de su actividad. Así, las fábri- 
cas de labor continua, en las que la suspensión de la 
fuerza motriz irrogaría graves perjuicios; las líneas te- 
lefónicas, los ferrocarriles, tranvías y demás medios 
de comunicación; las imprentas donde se editan dia- 
rios, etc., etc. Esta es la causa de que en los países 
donde se ha adoptado el descanso obligatorio del do- 
mingo, la ley se haya visto en la necesidad de estable- 
cer innumerables excepciones, referentes á determina- 
dos ramos de comercio é industria; y estas excepcio- 



86 JOSÉ ENRIQUE RODO 

nes dejan fuera del beneficio del descanso un inmenso 
número de obreros, ó restringen para ellos ese benefi- 
cio. Tal es el procedimiento en la ley suiza de 1877, 
en la española de 1904, en la proposición votada por 
la Cámara de diputados francesa en 1902, etc. La Re- 
pública del Paraguay tiene en vigencia desde hace 
cinco años una ley que consagra la clausura dominical 
de todos los establecimientos comerciales é industria- 
les. En la Argentina se ha sancionado también el des- 
canso de los domingos; pero su cumplimiento no pa- 
rece, ni con mucho, suficientemente asegurado. Con 
mejor acuerdo propone resolver el problema el go 
bierno del Uruguay. Según lo que él proyecta, los pa- 
tronos podrán optar por conceder ó no á sus obreros 
el descanso del domingo; pero, en este último caso, 
habrán de dividir su personal en siete grupos, que se 
turnarán para el descanso en los distintos días de la 
semana, de manera que no sea forzoso quebrantar la 
continuidad de la labor en los trabajos que la re- 
quieran. 

Una única objeción cabe oponer, en nombre del in- 
terés de los obreros, al carácter obligatorio dado al 
reposo semanal. Es la que consiste en recordar el per- 
juicio que para ellos significa la pérdida, en el mes, de 
cuatro días de salario. Pero no es aventurado afirmar 
que esta disminución de beneficios será aceptada sin 
hesitar por la gran mayoría de los obreros, á cambio 
de poder satisfacer periódicamente una necesidad de 
libertad y expansión que radica en los más elementa- 
les instintos de la naturaleza humana. Cuando el can- 
ciller Bismarck argüyó contra esta forma de la inter- 
vención legal, invocando el interés del proletario, fué 
consultado en Alemania un plebiscito de trabajadores, 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



87 



y las tres cuartas partes de ellos votaron por el des - 
canso semanal, aun cuando él importase la pérdida 
del salario de los días de asueto. 



VIII 



Al movimiento en pro de la intervención legal en 
el trabajo del niño ha sucedido muy luego, en todas 
partes, el que propende á lo que es, en cierto modo 
un complemento lógico y necesario de la protección 
de la infancia: la intervención legal en el trabajo de la 
mujer. Las leyes de esta naturaleza suelen designar á 
las mujeres y Igs niños bajo ía denominación común de 
personas protegidas. Por lo que je refiere á la mujer, 
la fórmula ideal, que ha sido preconizada muchas ve- 
ces en la propaganda de los filántropos y la doctrina 
de los higienistas, consistiría, sin duda, en que ella 
sólo trabajase dentro de su casa y no participase del 
trabajo de fábrica y taller; por lo menos, después de 
su matrimonio. Desgraciadamente, esta aspiración ge- 
nerosa, fundada en el más cabal concepto del come- 
tido que la naturaleza y la sociedad confían á la esposa 
y la madre, parece muy lejana de su realización. La 
concurrencia de la mujer á los talleres y las fábricas 
representa hoy, universalmente, una proporción ma- 
yor que nunca. En las industrias del tejido y de con- 
fección de ropas, el personal de mujeres suele alcanzar 
á doble número que el de hombres, como en Bélgica; 
y aun casi al triple, como en Francia. 



88 



JOSE ENRIQUE RODO 



Por lo^que toca á nuestro medio, al trabajo manual 
de la mujer está vinculada la subsistencia de numero- 
sísimas familias. Aun dejando de lado el trabajo á do- 
micilio, el personal de obreras es considerable para 
muchos géneros de industria, y no falta el caso de que 
prevalezca en número sobre el de hombres. Así, en la 
elaboración de fósforos la proporción es de ciento 
cuarenta mujeres para sesenta y cinco hombre adultos, 
y de ciento diez y ocho niñas para diez y siete niños. 
La «Compañía Telefónica de Montevideo» emplea 
ciento diez y seis obreras y ochenta y dos obreros. 
Merece ser citado el hecho de que una huelga ocurri- 
da, ha pocos años, en uno de los talleres de talabarte- 
ría, reconoció por causa la protesta que arrancaba á 
los obreros la circunstancia de que se hubiera confiado 
á dos mujeres la tarea más antihigiénica y difícil en el 
gobierno de las máquinas. 

Pero si la absoluta interdicción del trabajo de la 
mujer realizado fuera de su domicilio no es una aspi- 
ración asequible dentro del actual orden económico 
de las sociedades humanas, lo es si la tendencia á or- 
ganizar el trabajo femenino dentro de condiciones más 
livianas y mejor protegidas que las que rigen para el 
trabajo varonil. Desde luego, algunos de los pueblos 
que aun no han legislado en cuanto á la duración del 
trabajo de los hombres adultos, lo han hecho para el 
de la mujer, señalándole un máximum que la ley ingle- 
sa de fábricas, de 1850, fija en diez horas y media; la 
alemana de 1891, en once horas, y la italiana de 1902» 
en doce. La legislación francesa, á partir de 1900, no 
establece disparidad entre la jornada de la obrera y la 
de los obreros que trabajen en taller donde también 
se emplee personal femenino, siendo el término co - 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



89 



mún á todos de diez horas. Suiza y Austria, que han 
reglamentado el horario del obrero adulto, compren- 
den indistintamente en él á la mujer, cuya jornada es 
así de once horas en ambas naciones. 

Dentro de un pian que, como el que yo considero 
realizable, fijase en ocho horas la jornada normal del 
obrero, con tolerancia del trabajo extraordinario y 
libre hasta tres horas más, la diferencia á favor de la 
mujer podría consistir en excluirla de la opción á la 
jornada extraordinaria, de modo que la duración de 
sus tareas no pasase nunca de ocho horas. Apenas 
parece necesario indicar las razones de esta diferen- 
cia. Aun cuando no la justificase una natural inferiori- 
dad de energías físicas, que es hecho de observación 
común, tendría sólido fundamento en el interés vital 
de reservar á la mujer tiempo suficiente, dentro del 
hogar doméstico, para el desempeño de ios cuidados 
que la competen, y para formar y mantener la sagrada 
unidad de la familia, piedra sobre que descansan toda 
moralidad y todo orden social. Por otra parte, sería 
injusto olvidar que el trabajo de la mujer fuera de la 
casa envuelve siempre, por mucho que se le limite, la 
presunción de un surrnenage más ó menos intenso, ya 
que al retirarse diariamente la obrera de la fábrica ó 
del taller, no es para gozar de un bien ganado reposo, 
sino para acudir á aquellas mismas atenciones del go- 
bierno de la casa y la educación de la prole, que á 
menudo importan continuos y pesados afanes. 

En la futura ley que tenga por objeto la higiene en 
la organización del trabajo, habrá, seguramente, lugar 
para otras medidas protectoras de la salud de la mu- 
jer, excluyéndola, como al niño, del servicio de deter- 
minadas industrias, de naturaleza insalubre ó peligro- 



90 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



sa. Pero hay una precaución del mismo orden, cuya 
primordial importancia persuade á no diferir su apli- 
cación hasta la oportunidad de otras leyes. Aludo al 
particular cuidado que se debe á la mujer obrera en el 
trance de la maternidad. 

El proyecto del gobierno del Uruguay establece que 
la operaría de fábrica ó taller dispondrá de un mes de 
reposo después del parto; pero sería menester dar ca- 
rácter de obligación, y no simplemente de derecho, á 
esta tregua, y complementarla y ampliarla de acuerdo 
con las consideraciones que expondré. 

El descanso obligatorio de la mujer después del 
parto es de los puntos en que la legislación obrera 
universal ha llegado á una conformidad casi unánime. 
Incluida, á iniciativa de Jules Simón, la necesidad de 
tan justo descanso, entre las proposiciones adoptadas 
en 1890 por la memorable conferencia internacional 
de Berlín, ha sido consagrada luego por las leyes de 
casi todas las naciones de Europa, sin otra excepción 
de país de importancia industrial que la de Francia, 
donde un movimiento de opinión, en que cooperan la 
autoridad de la ciencia y los sentimientos piadosos, 
apresura cada día la adhesión de la ley nacional á esa 
conquista de humanidad y civilización. 

El plazo generalmente fijado al reposo de la madre 
es el de las cuatro semanas posteriores al parto. Pero 
la Confederación Helvética, en su gran ley obrera de 
1877, que coloca todavía á la ejemplar república en el 
más avanzado puesto entre los pueblos de Europa, en 
materia de legislación del trabajo, dió anticipadamen- 
te una amplitud mayor á esa medida humanitaria que 
luego adoptarían los demás países; y consagró tam- 
bién el descanso de la madre en los días inmediata- 



EL MIR\DÜR DE PROSPERO 



91 



mente anteriores al alumbramiento. Dispone dicha ley 
que no serán admitidas las mujeres, en las labores in- 
dustriales, dentro de un espacio de ocho semanas, dis- 
tribuidas « antes y después del parto». 

El fundamento higiénico del previo reposo ha sido 
corroborado, dondequiera, por experiencias reitera- 
das, que demuestran la reducción considerable del 
tiempo de la gestación en la mujer sometida durante 
su embarazo á un esfuerzo físico tenaz; y como conse- 
cuencia del nacimiento prematuro, la inferioridad 
constante, en peso y vitalidad, de los niños que 
nacen de las obreras concurrentes al taller hasta el 
momento del parto, respecto de aquellos otros cuyas 
madres han reposado en lar» casis de Maternidad. 

La «Asociación Nacional» francesa instituida para 
propender á la protección legal de los trabajadores, 
votó en 1903 la resolución siguiente: «Las mujeres no 
podrán ser admitidas al trabajo durante los dos meses 
que preceden al término presunto de su embarazo, ni 
durante el mes que siga al alumbramiento.» Y el ya ci- 
tado proyecto de Ley del Trabajo que el gobierno ar- 
gentino envió en 1904 al Congreso, prescribe con 
fuerza obligatoria «un descanso de veinte dios antes 
del parto y cuarenta después de él». 

Pero la imposición legal del descanso de la madre, 
puesto que su mera autorización sería ineficaz, trae 
consigo la necesidad de arbitrar el medio de subvenir 
á la manutención de la obrera durante los días en que 
se la excluye del taller: de otro modo sería contrapro- 
ducente é inhumana una obligación que la privaría de 
recursos en las circunstancias en que más habría me- 
nester de ellos. La «subcomisión de Trabajo» que, en 
la legislatura anterior á la actual, dictaminó sobre este 



92 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



punto, acordó proponer que el Estado tomara provi- 
sionalmente á su cargo ese subsidio, hasta tanto no se 
fundase una Caja Nacional de seguros y pensiones 
para obreros- Juzgo aceptable , en lo esencial, esta 
idea. Según cálculos de aquella Comisión, consideran- 
do el término medio de natalidad, que alcanza, en la 
ciudad de Montevideo, única del país donde hay obre- 
ras de fábrica y taller en cantidad apreciable, á unos 
ocho mil nacimientos por año, y suponiendo que hasta 
la tercera parte de ellos correspondiesen á las madres 
obreras, lo que excede de toda razonable presunción, 
se tendría un número aproximado de dos mil quinien- 
tas obreras con derecho á esta gracia, lo que repre- 
sentaría una erogación de treinta y siete á treinta y 
ocho mil pesos anuales. 

Es lícito creer que ese subsidio no habría de pagar- 
se más de un año, siendo ia fundación de la Caja de 
pensiones obreras un pensamiento que subyuga las 
simpatías de todos, y que puede considerarse en vís- 
peras de su realización. Pero aun cuando el socorro 
del Estado hubiera de durar algunos años, no asumiría, 
por cierto, el carácter de una erogación odiosa ó 
vana. El Estado, que no escatima su acción protectora 
cuando se la requiere para las distintas manifestacio- 
nes de la iniciativa particular en el fomento de todas 
las actividades benéficas; que concede primas y exen- 
ciones con que estimular las empresas de utilidad co- 
mún incapaces de sostenerse por su esfuerzo aislado; 
que propende al desenvolvimiento de las altas tenden- 
cias del espíritu, aun en aquellas artes y aquellos es- 
pectáculos de que sólo puede beneficiar una parte 
restringida de la sociedad; que da dinero para aso- 
ciarse á fiestas y regocijos populares, y que, finalmen- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



93 



te, otorga pensiones, á menudo cuantiosas, con que 
asegurar el decoro de la vida á las familias de los que 
le consagraron sus servicios, no podría considerar pe- 
sada la carga que tuviese por justificación el más sa- 
grado é imperioso de los intereses, como es el de la 
salud y fortaleza de las generaciones á que ha de trans- 
mitirse en herencia el patrimonio nacional. Y no cabe 
dudar de que ningún interés más imperioso que el de 
la salud y la fortaleza física del pueblo, porque en él 
se comprenden y resumen todos los intereses: desde 
el económico, que está necesariamente vinculado á la 
capacidad y resistencia de los elementos de trabaje, 
hasta el interés moral de procurar la felicidad, y por 
lo tanto la moralidad, del mayor número, y hasta el 
supremo interés de la integridad y la existencia misma 
de la patria, que sólo estarán aseguradas en la medi- 
da de las fuerzas con que las generaciones que en ella 
se sucedan sean capaces de defenderla en la guerra, y 
de robustecerla y perpetuarla en la paz, por la virtud 
de su fecundidad y su energía. 



IX 



Una importante omisión conviene reparar en el 
organismo de esta ley: la de las disposiciones que 
limiten el trabajo que se realiza durante las horas de 
la noche. 

Si cualquier género de trabajo diurno ha menester 
reglamentarse para concordar con la salud é indem- 



94 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



nidad del obrero, el trabajo nocturno puede decirse 
que es, en sí mismo y por esencia, antihigiénico y an- 
tinatural, verificándose en horas que la naturaleza tiene 
destinadas al reposo. Las restricciones y cuidados 
de que se le rodee no harán más que atenuar su ca- 
rácter nocivo. 

Pero no siendo conciliable con la realidad actual 
una absoluta prohibición del trabajo nocturno en ta- 
lleres y fábricas, cabe, por lo menos, excluir de él al 
niño y la mujer, con lo cual, no sólo se respetarán ra- 
zones de higiene, sino también muy claras considera- 
ciones morales. El trabajo de la mujer, fuera de su 
casa, durante las horas de la noche, trastorna las más 
fundamentales condiciones de la vida doméstica y lleva 
fatalmente al abandono y desorganización de la fami- 
lia. En el niño, cuyo organismo requiere, más que otr^o 
alguno, desenvolverse á la luz, la actividad en ausen 
cia de ésta fomenta, además, para lo sucesivo, el hábi- 
to de velar por la noche, funesto á la disciplina de la 
vida. 

La magna ley suiza de 1877, á la que más de una 
vez he hecho referencia, extiende, en este sentido, su 
solicitud protectora hasta los obreros adultos, deter- 
minando por uno de sus artículos que el trabajo noc- 
turno no será admitido más que á título de excepción 
y cuando el obrero consienta en él de buen grado. La 
legislación de los demás países de Europa se limita en 
este punto á tutelar (aunque con numerosas salveda- 
des y tolerancias) á la mujer y el menor, difiriendo 
sólo en la determinación de la edad de este último y 
en las horas dentro de las cuales se considera com- 
prendido el trabajo nocturno. 

Por lo que toca á la edad, podría señalarse, en núes- 



EL MIRADOR Dfc PROSPERO 



95 



tra ley, el mínimum de diez y seis años. En cuanto á 
las boras, un horario que ías fijase entre las nueve de 
la noche y las cinco de la mañana en los meses de 
Noviembre á Abril, y entre las ocho de la noche y las 
seis de la mañana en los de Mayo á Octubre, se adap- 
taría regularmente á nuestro medio. Una reglamenta- 
ción de las circunstancias materiales del trabajo noc- 
turno será más oportuna en la ley que tenga por ob- 
jeto la higiene y seguridad de los talleres. 



X 



Un determinado orden legal de trabajo supone 
la necesidad de cuidados de vigilancia é inspección. 
Por el proyecto del gobierno del Uruguay, se comete 
provisionalmente á los funcionarios de policía, mientras 
no se establezca un servicio de inspectores, el desem- 
peño de aquellos oficios. Fáciles son de calcular los 
inconvenientes y deficiencias de una inspección así 
constituida, y el desagrado con que forzosamente se 
recibirá la intervención policial por los industriales, 
que quedan obligados á franquear á los agentes de ella 
las puertas de sus talleres ó sus fábricas; pero el ca 
rácter provisional de este procedimiento contribuirá, 
acaso, á hacerlo soportable. Será necesario preocupar 
se de crear, en el más breve término posible, el órga- 
no adecuado para esa importantísima función, sin cuyo 
cumplimiento cabal la ley no pasará de letra vana, y 
cuyas dificultades de organización en los países de in- 



96 



joSÉ ENRIQUE RODO 



dustria muy vasta y compleja se cuentan entre los más 
serios obstáculos con que se ha luchado y se lucha to- 
davía para una eficaz reglamentación del trabajo. Lo 
incipiente y sencillo de nuestro organismo industrial 
facilitará relativamente esa tarea de inspección que, 
confiada á personal idóneo, no sólo asegurará la fiel 
observancia de la ley, sino que será siempre uno de 
los medios positivos de investigación y de estudio con 
que propender á completarla y reformarla. 



XI 



Se ha observado, á mi entender con razón, la con- 
veniencia de advertir en el texto de la ley que, para los 
efectos de ella, sólo se tendrán por fábricas ó talleres 
aquellos en que trabajen más de tres personas que no 
sean el cónyuge, los descendientes ó ascendientes ó 
los hermanos del patrono. 

Casi todas las leyes similares han consagrado una 
restricción análoga, con el objeto de apartar del alcan- 
ce de su disposiciones á los pequeños talleres, deno- 
minados en Francia talleres de familia. El carácter, en 
cierto modo odioso, de una intervención que habría 
de llegar al sagrado del hogar doméstico; las ventajas 
que en el orden moral realzan al trabajo que se verifi- 
ca en la casa sobre el que se ejerce fuera de ella; las 
dificultades materiales de una inspección que alcanza- 
se al primero, y hasta la presunción de dignidad hu- 
mana, de que la autoridad del jefe de familia velará su- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



97 



ficientemente por la salud y el bien de los suyos, han 
concurrido á determinar esa excepción. 

No es posible negar, á pesar de ello, que del punto 
de vista de la eficacia práctica de las leyes de esta na- 
turaleza, la salvedad en favor de los talleres humildes 
tiene el peligro de facilitar una infracción sistemática. 
La pequeña industria tenderá á aprovecharse de su 
impunidad, como medio de competencia, y el grande 
industrial se sentirá tentado á burlar las limitaciones 
de la ley, sustituyendo en lo posible el trabajo de ta- 
ller por el trabajo á domicilio. Así, en Francia, uno de 
ios resultados del régimen intervencionista ha sido la 
multiplicación de los talleres domésticos, que se difun 
den en derredor de las grandes fábricas, como parási 
tos de ellas aparentemente, pero, en realidad, como 
tributarios y encubridores. 

La idea de extender en alguna forma la inspec- 
ción á los talleres domésticos, toma creces en todas 
partes, como fruto de esa experiencia y como pre- 
vención contra el peligro que envuelven, para la sa- 
lud del pueblo, las ropas y otras manufacturas elabo- 
radas en habitaciones de tuberculosos ó de enfermos 
ie otros males. 

Por lo que respecta á nuestro medio, no es dudosa 
la imposibilidad de hacer efectiva una fiscalización 
semejante, mientras la inspección del trabajo no exis- 
ta en condiciones que aseguren hasta cierto punto su 
acierto, su tacto y su prudencia. Aun fuera de esa ra- 
zón de circunstancias, sería siempre objeto de grave 
duda si convendría sacrificar á este orden de consi- 
deraciones — ciertamente, de gran peso - la integri- 
dad de un principio de que tan celoso es el sentimien- 
to de todos, y tan vinculado á las más elementales ga- 
TomoII 7 



98 JOSÉ ENRIQUE RODO 

rantías, como el de la inviolabilidad del domicilio 
particular. 



XII 



Vano será quien aspire á proponer, sobre estas co- 
sas, la forma única que todo lo resuelva y concilie. 
Sólo se plantearán con entero acierto cuando se las 
ilustre en la más seria y fraternal comunicación de 
ideas; movido cada uno por la sincera voluntad de 
sustituir en sus proposiciones lo que deba ser sus- 
tituido, de modificar lo que deba ser modificado; con 
radical renunciamiento á todo alarde y vanidad de 
polémica, que serían de inconcebible pequeñez tra- 
tándose de cuestiones que penetran en los lindes im- 
ponentes de la miseria humana y se relacionan con el 
precio de las energías que se alimentan de sangre 
nuestra. Es necesario no olvidar, además, que, aun 
después de sancionadas, las leyes son rectificables; y 
que de la aplicación y la experiencia es de donde pue- 
den esperarse las mayores luces y las más provecho - 
sas enseñanzas: tanto más cuando se llega á un campo 
de legislación que, siendo nuevo en el mundo, lo es 
doblemente desde que se le refiere á las condiciones 
de estas sociedades. 

Si la proyectada ley que ha dado margen á este 
estudio se modificase de conformidad con algunas 
de las observaciones que he expuesto en el transcurso 
de él, dejaría de ajustarse á la simplicidad de las fór- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



99 



muías en que se concretan, para la propaganda, los 
anhelos revolucionarios; pero no dejaría de ser la más 
adelantada de cuantas, en su género, se hubiesen san- 
cionado en Europa y América; y fácil será demostrar, 
si fuera necesario, la verdad de este aserto. Manten- 
dría el plan innovador su generoso espíritu, pero con 
más segura eficacia y en la extensión conciliable con 
la ecuanimidad y el cuidado propios de los que tienen 
sobre sí la responsabilidad de las leyes; con el legíti- 
mo interés de una industria embrionaria, á que se 
vincula en gran parte el porvenir de un pueblo aún 
nuevo é inhábil; y con los principios esenciales de esa 
libertad de trabajo, que, si dentro del régimen actual 
constituye á menudo la máscara falaz de la iniquidad 
y la opresión, es, cuando enérgicamente depurada, una 
positiva y fecunda libertad, harto preciosa, como to- 
das las libertades humanas, para que sea lícito sujetar- 
la á otros límites que aquellos que estrictamente exija 
el bien común de los hombres. 



OBRA DE HERMANOS 



En el álbum de una exposición agrícola. 

La obra del labrador de ideales — pensador, artista, 
poeta — se hermana sin dificultad, para quien mira de 
lo alto el conjunto de las activas fuerzas humanas, con 
la del cultivador de las realidades positivas: con la de 
aquel que recibe los dones de la opima mies, del lucio 
rebaño, del metal que esconde en sus profundos tué- 
tanos la tierra. Sobre ambos tiende el Trabajo su en- 
seña gloriosísima. Ambos son hijos buenos del Traba- 
jo. Sea en pensamiento luminoso, en fácil verso, en 
pincelada inmortal; sea en opulento vellón, en rubio 
trigo, en áureo lingote, ambos pagan bien su parte de 
vida. No siempre reconocen su fraternidad, y hay ve- 
ces en que se miran con recelo. No importa. Son pica- 
pedreros de la misma roca, sembradores del mismo 
predio; y cuando vuelven, después de la jornada, hay 
una Madre que los confunde en el mismo abrazo de 
amor. Del campo fecundado por el brazo tosco y 
fuerte — ¡cuánto más noble que el del Adán anterior 
á la condena, exento de trabajo! — nacen las frondas 
de las civilizaciones poderosas y ricas; y luego esta 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



101 



vegetación florece, por su propia ley, con las maravi- 
llas de color y fragancia de las grandes épocas de 
pensamiento, de cultura, de arte. Tal florescencia pre- 
ciosa es, pues, indirectamente, obra del rudo trabaja- 
dor, que ni pensó nunca en ella, ni acaso, si la cono- 
ciese, la estimaría en su divina hermosura. Tampoco 
suelen pensar el poeta, el pensador, el artista, fieles á 
su labor desinteresada y libre de toda utilidad cons- 
ciente, en la posible repercusión de su obra dentro del 
campo de las más positivas realidades humanas, cuan- 
do el eco del canto se transfigura en acción, cuando 
la nota de la marcha se inflama en heroísmo, cuando 
la moral del sistema se concreta en conducta. 

Y aun sin llegar á estas transformaciones que re- 
quieren la alquimia misteriosa del tiempo: ¿no nos 
ofrece el arte ejemplos de una vinculación más inme- 
diata, más íntima, con las inspiraciones de la prospe- 
ridad y el bienestar material...? ¿Qué es, en su aspec- 
to más característico, el glorioso arte flamenco, sino 
la apoteosis de la vida de abundancia y de sensuali- 
dad sana y fecunda, que esplende en las romerías, en 
las alegres kermesses de Teniers?— De aquellas rome- 
rías, de aquellas ferias, tomó colores un arte... Cuan- 
do estas fiestas del trabajo, cuando estas citas civili- 
zadoras con que aspiramos á reemplazar, en el semi- 
desierto americano, la cita bárbara de los montoneros 
para la revuelta, de las pasiones para la devastación, 
hayan adquirido la perennidad de la costumbre y el 
colorido propio sin el cual no habrá nunca asunto va- 
ledero para el arte, á ellas recurrirá acaso el artista, 
para encontrar en la belleza que nace de la alegría 
del vivir, del consorcio fecundo con la Naturaleza, de 
la eterna geórgica del campo domado por la mano 



102 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



del hombre, la inspiración que sustituya á las leyen- 
das, ya mustias y descoloridas, de la guerra civil. 

Entretanto, arte y utilidad pueden bien ir de com- 
pañeros entre nosotros, por cuanto tienen intereses 
convergentes y tienen también comunes enemigos. 
Una actividad gloriosa los identifica dentro de su ca- 
pacidad inmensa: el Trabajo, ó llamándola con nom- 
bre más grande aún y más sagrado: la Vida, en cuyos 
altares hemos de inmolar todos los odios, todas las 
preocupaciones del pasado, todas las influencias de 
esterilidad, de estancamiento y de muerte. 



EN EL ALBUM DE UN POETA 



Alaben otros ¡oh poeta! la perfección de tus ánfo- 
ras cinceladas. Yo prefiero decirte que tu verso sabe 
hacer pensar y hacer sentir; que tu poesía tiene un ala 
que se llama emoción y otra ala que se llama pensa- 
miento. Siendo igualmente justo, te habré dicho, sin 
duda, mucho más. Los que en tiempos cercanos reco- 
rrieron la senda que va de las estatuas esbeltas y de- 
licadas de Gautier á los grandes mármoles de Lecon- 
te, amaron en el poeta el don de una impasibilidad 
que resguardara á las líneas del cincel impecable del 
peligro de un estremecimiento. Menos paganos, nos- 
otros gustamos de recordarle nuevamente el mito del 
pelícano; porque, sin dejar de tener la idolatría de la 
forma, necesitamos, á la vez, un arrullo para nuestro 
corazón y un eco para nuestras tristezas. — Ellos le ha- 
blaban para decirle: «Haznos, estatuario, una estatua. 
Que llore ó ría; que muestre el gesto del amor, de la 
meditación ó del desprecio. Pero que sea perfecta y 
que sea pura.> Nosotros le decimos: «Escúlpenos una 
elegía en mármol negro; y haz de modo que bajo los 
pliegues armoniosos de la túnica parezca latir un co- 
razón. > Llenos de estremecimientos íntimos, al mismo 



104 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



tiempo que de sueños ambiciosos de arte, nosotros 
quisiéramos infiltrar las almas de los héroes de Sha- 
kespeare en el mármol de los dioses antiguos; quisié- 
ramos cincelar, con el cincel de Heredia, la carne 
viva de Musset. 



PERFIL DE CAUDILLO 



Discurso leído en la velada literaria que celebró el 
«Club Rivera», de Montevideo, en conmemoración de 
la toma de las mlsiones, el 22 de mayo de 1907. 



Señores: 

El «Club Rivera > me ha llamado á participar del 
honor de dirigiros la palabra en su conmemoración de 
la conquista de las Misiones; y llego á esta tribuna sin 
desconfianza de encontrar en mí el entusiasmo que tan 
alta ocasión requiere; sin desconfianza de encontrarlo 
también en vosotros, pero temeroso de no acertar á 
confundir vuestro entusiasmo con el mío, en el acorde 
que sólo el poder de la elocuencia instituye. 

Yo nunca fui oficioso cultivador del tema patriótico; 
yo nunca fui sobrado solícito en pregonar las glorias 
marciales; pero, por suerte mía, todas las sutilezas de 
m i afición á pensar no han alcanzado á amortiguar en 
mi pecho ni á paralizar en mi lengua las fibras que res- 
ponden á estos dos afectos venerandos: el sentimiento 
de la patria, sin el cual no hay corazón de hombre que 
sea más que un vil saco de polvo, y la admiración de 
heroísmo guerrero, energía sublime, rayo ejecutor, por 



106 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



cuyo medio se comunica la nube, que es la idea, con el 
suelo, que es la realidad. 

Propicio, como pocos, á la expansión de esos dos 
sentimientos es el heroico episodio que hoy conme- 
moramos. Para quien considere las cosas con mirada 
vaga y somera, Misiones, después de Ituzaingó, podrá 
no ser, si me toleráis la expresión, más que un pleo- 
nasmo histórico, ó cuando mucho, un esfuerzo acceso- 
rio, que no tiene virtud sino para complementar y 
apresurar lo que ya Ituzaingó había irrevocablemente 
asegurado. Pero quien cale más hondo, quien sea ca- 
paz de llegar al alma de los hechos históricos, percibi- 
rá que la significación de la conquista de Misiones es 
inmensamente mayor: á punto de que no hay, en el 
transcurso de los acontecimientos que se abren con la 
cruzada de 1825, página que más sin reserva podamos 
vincular al hecho de nuestra definitiva independencia » 
de nuestra constitución como nacionalidad. Porque s 1 
se tiene en cuenta que aquella última jornada de nues- 
tra heroica leyenda se realiza, no ya sin el concurso de 
los aliados para quienes se reivindicara hasta entonces 
el territorio de la que había sido su provincia, sino 
contra la voluntad y con la hostilidad de estos mismos 
aliados, se sigue que si suprimimos la solución diplo- 
mática de 1828 y prolongamos idealmente las conse- 
cuencias probables del triunfo de Misiones en el sesgo 
de los acontecimientos que hubiesen sobrevenido, ve- 
remos que el término á que se arribó por aquella solu- 
ción habría demorado acaso más, pero con mayor 
honra para nuestra historia. Y llega el sentimiento pa- 
triótico á dolerse de que las convenciones de la diplo- 
macia atajaran el natural desenvolvimiento de los he- 
chos, forzándolos á un falso desenlace que no lleva el 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



107 



sello expreso de nuestra voluntad; porque otro y más 
digno que el de una transacción diplomática habría 
sido, según toda lícita presunción, el camino por don- 
de llegáramos á la independencia, si el vencedor de 
las Misiones, entonado por los alientos del triunfo, or- 
ganizado su Ejército del Norte, y después de nuevos 
lauros arrancados aún más cerca del corazón del Im- 
perio, desciende al teatro de su legendario prestigio, 
recordando que, si en su diestra había estado la espa- 
da del Rincón, también había estado en su diestra la 
espada de Guayabos. 

Como quiera que sea, Ituzaingó y Misiones prepa- 
raron la solución de 1828. Pero aun faltaba poner á 
prueba la resistencia del organismo por esa solución 
constituido; remover del uno al otro extremo el esque- 
leto de la incipiente nacionalidad, para patentizar su 
trabazón indestructible; y, quizá por esto, después de 
Ituzaingó y de Misiones, vienen los veinte años de 
lucha contra Rosas: Tupambay, Yucutujá, el Palmar, y 
pasando por el soberbio episodio de Cagancha, la 
Defensa de Montevideo; — la Defensa de Montevi- 
deo, es decir: la santidad patricia de Suárez, el ge- 
nio militar y tribunicio de Pacheco, la sabiduría po- 
lítica de Santiago Vázquez, la pluma vengadora de 
Florencio Várela, el valor caballeresco de Francis- 
co Tajes, la abnegación espartana de Marcelino Sosa, 
la legendaria personalidad de Garibaldi; la Defen- 
sa de Montevideo, pensamiento y acción, inteligen- 
cia y heroísmo, tribuna gigantesca y baluarte cicló- 
peo, lengua inspirada de civilización y brazo arma- 
do de libertad; la Defensa de Montevideo, lo más 
grande que se haya realizado en suelo americano á 
partir del último cañonazo de Ayacucho, aunque én- 



108 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



tre en cuenta la convulsión suprema del suelo de Mé 
jico para rechazar de sí el imperio de Maximiliano. 

En los preámbulos de esta epopeya de la libertad, 
como antes, en el transcurso de la epopeya de la in- 
dependencia, el vencedor de Guayabos, del Rincón, 
de Misiones, de Cagancha, se destaca con plástica 
marcialidad. Interesantísima figura; héroe epónimo de 
un período crepuscular de civilización y barbarie, con 
toda la complejidad de aptitudes que este doble am- 
biente requería: gaucho en el campo y patricio en la 
ciudad; astuto como un zorro y bravo como un león'* 
tan liberal en el concepto de pródigo como en el de 
amigo de la libertad; conocedor del terreno del país 
sin que se le olvidase cerro ni cañada, y de las volun- 
tades de los hombres sin que se le escapase gesto ni 
intención; patriarcalmente vinculado á su pueblo, des- 
de las solemnidades de la vida doméstica hasta los 
grandes cuadros de la existencia colectiva, desde el 
padrinazgo de los óleos hasta la dirección de la bata- 
lía; mezcla de monarca electivo y de incoercible dema- 
gogo, de Juez libertador y de Caballero protector; y 
con la palabra que más típica y cabalmente lo carac- 
teriza: caudillo. Caudillo de los grandes, es decir, de 
los primitivos, de aquellos de los tiempos genésicos en 
que ardía, como en el antro de los cíclopes, el fuego 
con que se forjan naciones, y en que las fronteras se 
movían sobre el suelo de América á modo de murallas 
desquiciadas. Estos, éstos fueron los caudillos glorio- 
sos. Porque así como hay especies vegetales que, per- 
sistiendo al través de las distintas latitudes, se empe- 
queñecen y desmedran á medida que se apartan del 
calor y la luz, y siendo colosales en el trópico son 
enanas en los climas fríos, de igual manera la talla del 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



109 



caudillo se empequeñece á medida que él se aleja de 
la veneranda semibarbarie de la edad heroica y se 
aproxima á la plenitud de la civilización; y siendo, los 
caudillos, titánicos en las porfías por ía formación 
nacional, donde representaban una energía necesaria 
y creadora, resultan pálidos remedos conforme nos 
acercamos á las postreras convulsiones de nuestras 
discordias civiles, donde apenas han solido represen- 
tar una fuerza de regresión y de desorden. 

Pero yo no me he propuesto bosquejaros siquiera 
la personalidad del conquistador de las Misiones. Para 
desplegar á vuestros ojos la talla de nuestro indómito 
caudillo en su estatuaria integridad, yo cedería la pa- 
labra al presidente de este Club que lleva su nombre; 
yo cedería la palabra á Carlos Travieso, que le admi- 
ra más que yo y le comprende más que yo, y que sa- 
bría encontrar en su robusto corazón de demócrata 
acentos dignos del héroe y su leyenda. Yo apenas si 
me detendré á señalaros, antes de concluir, dos fases 
de la figura de Rivera, dos manifestaciones de su múl- 
tiple gloria, que, entre todas, atrajeron siempre mi 
entusiasmo. 

Es la una el prestigio irresistible de su magnánima 
generosidad. No cae sobre la memoria del genera} 
Rivera una gota de sangre que no haya sido vertida en 
el campo abierto de la lucha. De todos los caudillos 
del Río de la Plata, contando lo mismo los que le pre- 
cedieron que los que vinieron después de él, Rivera 
fué el más humano: quizá, en gran parte, porque fué 
el más inteligente. En lid con enemigos desalmados y 
bárbaros, nunca fué capaz de una represalia cruel. 
Aquel inmenso corazón belicoso era un inmenso cora- 
zón bondadoso. Había para él una satisfacción aún 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



más alta que el goce de vencer, y era el goce de per- 
donar. La fiereza heroica irradiará, con deslumbradora 
profusión, del bronce de su estatua, pero la clemencia 
templará el ardor de esa violenta luz con un velo de 
suave simpatía. 

El otro rasgo que me interesaba relevar de la figura 
del glorioso caudillo es la decisión con que propendió 
siempre á reconocer y consagrar el valor social y po- 
lítico de la inteligencia. Se rodeó constantemente de 
elementos de civilización, de saber y de cultura. Sus 
hombres de consejo fueron los hombres de más alta 
talla intelectual entre sus contemporáneos. Su gobier- 
no, caracterizado por las iniciativas de organización y 
reforma de don Lucas Obes, asumirá, cuando se 
escriba la historia de nuestro país, significado análogo 
al que tiene, dentro de la historia argentina, la gran 
administración liberal de Rivadavia. Quiso en todo 
momento, para sí y para sus actos, un ambiente de 
libre publicidad; y hay un decreto que lleva su firma y 
es para él un timbre de honor como homenaje tribu- 
tado á la libertad del pensamiento. Por eso, la históri- 
ca colectividad que tuvo por núcleo el círculo de adic- 
tos del general Rivera, se caracterizó desde su nacer 
como partido de discusión, de propaganda y de tribu- 
na. Nació, ese viejo partido, armado de todas armas 
para las luchas de la controversia, y nunca olvidó 
acompañar ó preceder la acción con la palabra, como 
se lo imponía, desde luego, su espíritu liberal; porque, 
así como cada organismo está sujeto en la naturaleza 
á ciertas condiciones y maneras de vida, que serían 
mortales para seres de distinta organización, cada 
colectividad humana tiene, según el espíritu que la 
anima, formas propias y peculiares de existencia; y la 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



111 



silenciosa quietud á cuyo favor prosperan admirable- 
mente los partidos autoritarios, es ambiente letal para 
las agrupaciones modeladas en los principios y las 
costumbres de la libertad. Partido de propaganda y de 
tribuna fué el partido del general Rivera cuando daba 
asilo en su seno á los pensadores, á los publicistas, á 
los poetas, proscriptos de Buenos Aires por la bárbara 
tiranía de Rosas, y cuando, en medio á las tribulacio- 
nes de un sitio formidable, hacía de Montevideo la 
ciudad más reflexiva y espiritual de Sur -América. Y 
partido de propaganda y de tribuna continuó siendo 
en las posteriores evoluciones de nuestra democracia, 
aunque la fuerza real fuese suya y aunque hubiera de 
volver contra su propia fuerza real su vocación razo- 
nadora é inquieta. 

Señores: El Club bajo cuyos auspicios nos hemos 
congregado, manifiesta tener ciara noción de una 
de las más hondas necesidades nacionales cuando 
persevera en actos de esta índole. Necesitamos, como 
del aire y de la luz, formar nuestra historia; en el doble 
concepto de empezar á elaborarla sólidamente con los 
esfuerzos de la investigación erudita, y de animarla en 
el sentimiento del pueblo y colorearla en su imagina- 
ción, mediante las apoteosis y las glorificaciones, las 
fstatuas, los cuadros y los cantos. Evoquemos, sin de- 
jar perderse ocasión, las sombras de nuestro legenda- 
rio pasado, para que, como nubes de purificadera 
tempestad, refresquen y electricen nuestro ambiente; 
y dirigiéndonos á la que comparece hoy, precedida 
del sol de gloria que acaba de alumbrarnos, digámos- 
le: — Patriarca de los tiempos viejos; caudillo de nues- 
tros mayores; grande y generoso Rivera! Levanta eter- 
namente sobre nuestro horizonte tu sombra tutelar.. 



112 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



agigantada como en un inmenso espejismo; cabalgando 
en campos de aire, á la manera de Santiago en las 
leyendas de España; y con el mismo irresistible impul- 
so, con el mismo aliento de huracán, con que condu- 
jiste á los jinetes de tus cargas heroicas á doblar las 
huestes enemigas, condúcenos á nosotros, conduce á 
tu pueblo, en la infinita sucesión de los tiempos, á la 
realización de la justicia, de la fortaleza y de la gloria! 



IBERO-AMÉRICA 



Por las virtualidades de su situación geográfica y de 
sus fundamentos históricos, el Uruguay parece desti- 
nado á sellar la unidad ideal y la armonía política de 
esta América del Sur, escenario reservado, en el es- 
pacio y en el tiempo, para la plenitud del genio de 
una grande y única raza. 

No necesitamos los sur americanos, cuando se trata 
de abonar esta unidad de raza, hablar de una Améri- 
ca latina; no necesitamos llamarnos latino-americanos 
para levantarnos á un nombre general que nos com- 
prenda á todos, porque podemos llamarnos algo que 
signifique una unidad mucho más íntima y concreta: 
podemos llamarnos «ibero-americanos», nietos de la 
heroica y civilizadora raza que sólo políticamente se 
ha fragmentado en dos naciones europeas; y aun po- 
dríamos ir más allá y decir que el mismo nombre de 
hispano-americanos conviene también á los nativos 
del Brasil, y yo lo confirmo con la autoridad de Al- 
meida Garret: porque, siendo el nombre de España, 
en su sentido original y propio, un nombre geográfi- 
co, un nombre de región, y no un nombre político ó 
de nacionalidad, el Portugal de hoy tiene, en rigor, 
Tomo II 8 



114 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



tan cumplido derecho á participar de ese nombre 
geográfico de España como las partes de la Penínsu- 
la que constituyen la actual nacionalidad española; 
por lo cual Almeida Garret, el poeta por excelencia del 
sentimiento nacional lusitano, afirmaba que los por- 
tugueses podían, sin menoscabo de su ser independien- 
te, llamarse también, y con entera propiedad, españoles. 

Más de una vez, pasando la mirada por el mapa de 
nuestra América, me he detenido á considerar las lí- 
neas majestuosas de esos dos grandes ríos del Conti- 
nente: el Amazonas y el Plata, el rey de la cuenca 
hidrográfica de! Norte y el rey de la cuenca hidrográ- 
fica del Sur, ambos rivales en las magnificencias de la 
naturaleza y en los prestigios de la leyenda y de la 
historia, y tan extraordinariamente grandes que, por 
explicable coincidencia, sus descubridores, maravilla- 
dos y heridos de la misma duda de si era un mar ó un 
río lo que tenían delante, pusieron á ambos ríos el 
mismo nombre hiperbólico: «Mar Dulce* llamó Yá- 
ñez Pinzón al Amazonas, y «Mar Dulce» también 
llamó al Plata Díaz de Solís. 

Venido uno, el Amazonas, donde se sueltan sus 
niñeces de Marañón, de las fundidas nieves de los 
Andes, rompe, desgobernado y tortuoso, entre el mis- 
terio de las selvas; recoge á su paso el enorme caudal 
de centenares de ríos y de lagos, y, ya fuerte y sober- 
bio, corre, buscando la cuna del sol, hacia el Oriente, 
se empina hasta tocar la misma linea equinoccial, y, 
repeliendo la resistencia orgullosa del Océano con la 
convulsión suprema del Pororoca, se precipita sobre 
él como un titánico jinete, y cabalga leguas y leguas 
dentro del mar. El otro, el nuestro, el Plata, amaman- 
tado en su primer avatar del Paraná con las aguas de 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



115 



la meseta central americana, no lejos de donde toman 
su vertiente tributarios del Amazonas, crece al arrullo 
de la floresta guaranítica; subyuga, á uno y otro lado, 
la ingente multitud de sus vasallos, y descendiendo 
con su séquito en dirección á las latitudes templadas, 
del Sur, donde el Polo y el Trópico sellan sus paces, 
cruza, al sentirse grande, sus dos brazos ciclópeos 
del Paraná y el Uruguay, y se echa en el mar, de un 
empuje de su pecho gigante, en el más ancho estua- 
rio del mundo. 

Yo veo simbolizado en el curso de los dos ríos colo- 
sales, nacidos del corazón de nuestra América y que 
se reparten, en la extensión del continente, el tributo 
de las aguas, el destino histórico de esas dos mitades 
de la raza ibérica, que comparten también entre sí la 
historia y el porvenir del Nuevo Mundo: los luso ame- 
ricanos y los hispano-americanos, los portugueses de 
América y los españoles de América; venidos de in- 
mediatos orígenes étnicos, como aquellos dos grandes 
ríos se acercan en las nacientes de sus tributarios; con- 
fundiéndose y entrecruzándose á menudo en sus ex- 
ploraciones y conquistas, como á menudo se confun- 
den para el geógrafo los declives de ambas cuencas 
hidrográficas; convulsos é impetuosos en la edad he- 
roica de sus aventuras y proezas, como aquellos ríos 
en su crecer; y serenando luego majestuosamente el 
ritmo de su historia, como ellos serenan, al ensanchar- 
se, el ritmo de sus aguas, para verter, en el Océano 
inmenso del espíritu humano, amargo y salobre con el 
dolor y el esfuerzo de los siglos, su eterno tributo de 
aguas dulces: fias aguay dulces de un porvenir transfi- 
gurado por la justicia, por la paz, por la grande amis- 
tad de los hombres! 



JUAN MARÍA GUTIÉRREZ Y SU ÉPOCA O) 



1 



Tan grandes en interés heroico y áspera energía 
como los mismos tiempos de la Independencia, aque- 
llos que vinieron inmediatamente después prevalecen 
en nuestra imaginación con un prestigio más complejo, 
y en cierto sentido, más humano, como tiempos de más 
varia sensibilidad y de más armónico concurso de acti- 
vidades y de sueños. Con la psicología guerrera con- 
certóse en ellos la psicología romántica. Y este uni- 
versal fermento del romanticismo, exaltando el amor 
de la literatura, que sólo en desiguales ráfagas había 
cruzado por el alma de la anterior generación, inspira 
entonces los primeros eficaces anhelos de una cultura 
literaria propia y constante. 

(I) He refundido algunos de mis primeros trabajos, rela- 
tivos á literatura del Río de la Plata, alrededor de uno de 
ellos: el consagrado á Juan María Gutiérrez. A pesar de las 
inevitables rect fícaciones y ampliaciones, he procurado 
mantener, en las ideas como en el estilo, lo característico 
de la primera forma. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



117 



La armoniosa y serena figura de escritor que me 
propongo bosquejar, concentra en sí, en algún modo, 
esa vehemente aspiración de sus contemporáneos, 
aunque dominándola con cierto sosiego magistral. En 
el espontáneo florecimiento de aquella producción 
candorosa y precoz, Juan María Gutiérrez personifica 
la tendencia á convertirla en obra consciente de sus 
fines y dueña de sus rumbos, como informada por la 
asiduidad de la crítica. Sólo en nombre de Alberdi 
podría disputársele, entre los escritores de su tiempo, 
el más completo dominio de esa función de análisis y 
reflexión. Acaso el ilustre émulo de Larra fué superior 
en apreciar las relaciones morales y sociales de la obra 
de literatura; llevó más hondo, tratándose de éste 
como de cualquier otro género de ideas, la penetra- 
ción del pensador; pero, en cambio, la crítica de Juan 
María Gutiérrez luce más desinterés artístico, más pa- 
sión por la pura belleza literaria*. 

El magisterio intelectual, en los primeros pasos de 
aquella generación gloriosa, fué compartido por dos 
grandes personalidades dirigentes, que tendieron á 
orientar en opuestos sentidos la virtualidad poética 
de la juventud sobre que ejercieron su influencia; así 
como de ellas también recibieron la inspiración de su 
propaganda distintos ideales de reorganización políti- 
ca. Tocó á Florencio Várela, el heredero y mantenedor, 
entre sus contemporáneos, del blasón intelectual de la 
grande época unitaria, dar voz á la severa autoridad 
del clasicismo en que había modelado aquella época 
su verbo poético y oratorio; en tanto que Esteban 
Echeverría alentaba, con la prédica y el ejemplo, la 
libertad romántica, comprendiendo en la soñada obra 
que llamó de fundación de creencias, junto con la re- 



118 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



novación de las ideas de nacionalidad y de gobierno, 
el pensamiento de una nueva y emancipada poesía. 

Juan María Gutiérrez representa, entre ambas posi- 
ciones literarias, el término de transición. Mientras 
que, por una parte, le mantuvieron siempre en fiel 
amistad con la antigua literatura lo acrisolado y per- 
sistente de su cultura clásica y ciertas naturales afini- 
dades de su espíritu, por la otra fué un principal co- 
operador en los propósitos de libertad y de verdad que 
despertaba el impulso revolucionario, á cuyo desen- 
volvimiento asistió, si no con la pasión romántica, con 
interés asimilador y benévola amplitud. 

En cuanto á esto, la significación de su figura litera- 
ria es semejante á la que tuvo, en el romanticismo es- 
pañol, la personalidad de otro argentino ilustre: la per- 
sonalidad de Ventura de la Vega, á quien correspon- 
dió representar, en el seno de la generación que Lista 
había educado en el culto de los clásicos y que olvidó 
después, cediendo á los prestigios del romanticismo 
triunfante, la fidelidad á las devociones de su primera 
juventud, el equilibrado consorcio de ambas influen- 
cias, dentro de la unidad de un temperamento literario 
dueño de esa clara visión del orden artístico, de esa 
vigilante lucidez del buen gusto, de esas delicadezas 
del pensamiento y de la forma, que fueron también el 
privilegio de Gutiérrez entre los argentinos de su ge- 
neración. 

No han faltado quienes atribuyeran á éste, en el 
movimiento de ideas de su tiempo, el papel de un clá- 
sico, rezagado y vergonzante; pero lo cierto es que el 
sentido de su doctrina y de su obra le aproximaban 
más á la fe nueva que á la adoración de los viejos 
dioses. Hubo también en la revolución de la literatura 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



119 



la Gironda y la Montaña; y acaso no podríamos esco- 
ger un medio más exacto de figurarnos la peculiar sig- 
nificación de nuestro crítico, que imaginarlo como un 
girondino de esa revolución: como un representante 
de la idea de fraternidad en la república literaria, ex- 
traño siempre á las iracundias montañesas con que el 
formidable luchador del Facundo, en las polémicas del 
otro lado de los Andes, arremetía contra los dogmas 
de la tradición intelectual personificada en Andrés 
Bello, á quien trataba, según frase de Lucio Vicente 
López, «con modales de Atila». 

Nadie como él realizó, en su medio incipiente, esa 
serenidad superior, que parece secreto de las civiliza- 
ciones maduras; esa capacidad de comprender que, á 
diferencia de la falsa amplitud nacida de la incerti- 
dumbre escéptica ó de palidez de alma, deja percibir, 
como fondo, las preferencias de gusto, de admiración 
y de ideal, que imprimen carácter y dan nervio á la 
personalidad del escritor. 

Era una naturaleza de crítico, en cuanto esta pala- 
bra expresa, esencialmente, una idea de simpatía y no 
de resistencia; de solidaridad de la imaginación, antes 
que de frío aDálisis. Era de los que saben por sí pro- 
pios que en la complejidad del alma del crítico grande 
y eficaz fué siempre indispensable elemento aquella 
misma substancia etérea, vaga, dotada de virtualidad 
infinita, apta para ajustarse á toda acción y á toda 
forma, que veía el gran Diderot en el alma inconse- 
cuente del cómico. Pertenecía al grupo escogido que 
puede reivindicar los fueros de la ciudadanía en la 
ciudad ideal que, como aquella con que soñaban 
en Wéimar los dos geniales colaboradores de Las 

oras, reúne á los espíritus verdaderamente eraan» 



120 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



cipados, bajo el lábaro único de la verdad y la belleza. 

Por eso hay en la mayor parte de sus juicios una 
segundad que ha respetado el tiempo, y por eso tam- 
bién su figura es, mejor que cualquiera otra, el centro 
adonde transportarse para abarcar el cuadro literario 
de su época, porque él mismo lo consideró con esa 
visión amplia y serena que anticipa, sobre las pasiones 
de los contemporáneos, la mirada de la posteridad. 



íl 



El 6 de Mayo de 1809 nació en Buenos Aires, de 
padre español y madre argentina, Juan María Gutié- 
rrez. Recibió, desde niño, aquella insustituible unción 
literaria que se adquiere en el hogar doméstico, cuan- 
do en él hay biblioteca escogida y se oye hablar con 
interés y gusto en cosas de letras; género de inicia- 
ción que rara vez suplen del todo las influencias del 
colegio ni de la lectura hecha en plena juventud. Sin 
apartarse un solo instante del cultivo de esa temprana 
vocación, siguió estudios de matemáticas, hasta com- 
pletar los cursos de ingeniería, bajo la dirección de 
aquellos Senillosas, Fernández y Mossottis, de cuyas 
venerables figuras había de trazar tan amorosas sem- 
blanzas en su curioso libro sobre la historia de la En- 
señanza Superior. 

En los últimos tiempos del ensayo de organización 
republicana que empieza, en Buenos Aires, con el so- 
siego de 1821, la juvenil generación de que formaba 



EL MIR ADOR DE PROSPERO 



121 



parte Juan María Gutiérrez henchía los claustros de la 
Universidad que acababa de erigir el genio civilizador 
de Rivadavia, sustituyendo en ella los moldes de la 
vieja enseñanza colonial, no modificados fundamental- 
mente hasta entonces, con un orden de estudios que 
recibía su inspiración de la necesidad de adaptar todo 
organismo social al armónico desenvolvimiento de los 
principios y transcendencias del gobierno propio. Por 
la eficacia de la educación así regenerada, aquella gran- 
de época tendía á asegurar los triunfos del presente 
con la conquista del porvenir, y estampaba el sello en 
la mente de una generación á 3a que tocaría custodiar 
el arca de la cultura patria, llevándola consigo en lar- 
go y proceloso destierro mientras duró el régimen bár- 
baro que había de prosperar sobre las ruinas de aquel 
glorioso alarde de civilización. 

Esos que traspasaban entonces los lindes de la in- 
fancia; los hombres nuevos á quienes Juan Cruz Várela, 
el poeta consagrado del sentimiento liberal y cívico 
de sus contemporáneos, saludaba, con la emoción de 
la esperanza, en uno de sus cantos solemnes (1), no 
debían ver jamás, ó debían verlo sólo cuando treinta 
años de luchas é infortunios los separasen de aquel 
radiante amanecer de su vida, un predominio tal de la 
inteligencia, informando el organismo social como so- 
plo animador y plasmante; resplandeciendo como su- 
premo prestigio de la personalidad y acatada como 
fuerza efectiva de gobierno. La prensa y la tribuna, 
que se transfiguraban por la adquisición de un carác- 
ter adoctrinador y digno; las tendencias nacientes de 
asociación intelectual, que levantaban centros de pro- 



(1) A la juventud argentina; 1822. 



122 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



paganda y de cultura, estimulando al pensamiento en 
todas sus actividades generosas; la cátedra, que se 
adaptaba á nueva ciencia y nuevos métodos; el canto 
mismo de los poetas, que aspiraba á ser también una 
fuerza de acción, arraigada en la sensibilidad, para va- 
ler á la empresa de regeneración que lo inspiraba, con- 
currían, como otros tantos toques de cincel, á transfor- 
mar la fisonomía heredada de la sociedad de la colo- 
nia y creaban una atmósfera de emulación y de entu- 
siasmo en la que aquella juventud pensó asistir á la 
definitiva realización de la obra de sus padres, consu- 
mándose para que ella la mantuviera y dilatara en el 
cercano porvenir. 

Pero cuando llegó para ella la edad de la autono- 
mía y de la acción, la escena había cambiado. La dis • 
cordia civil había dado en tierra con los someros fun- 
damentos de tanta construcción benéfica. Una emi- 
gración de estadistas y escritores mantenía consigo, 
fuera de la patria, el alma de la época de organización 
y de cultura. El bárbaro aliento de la Pampa soplaba 
vencedor sobre el desmayo de la ciudad que había sido 
el vibrante taller de Rivadavia. Toda manifestación de 
libertad y de adelanto se había extinguido ó estaba 
próxima á extinguirse. El parlamento, exánime; la cá- 
tedra, en languidez; la prensa, envilecida ó muda. Al 
gobierno de las ideas había sucedido el gobierno de la 
fuerza brutal. Bajo sus auspicios revivían todos los gér- 
menes de reacción ocultos en el seno de la sociedad 
que la fracasada obra de reforma había empezado 
á despojar de los resabios de la tradición colonial. 
Aquella juventud se hallaba, pues, sola y desorientada 
en tal ambiente. La realidad que se presentaba ante 
sus ojos era como impenetrable barrera que la nega- 



EL MIRADOR DE PRÓSPERO 



123 



ba á los horizontes que una educación llena de alien- 
tos y esperanzas había descubierto á su espíritu. 

Ella reproducía, en medio del estéril sosiego del ré- 
gimen dictatorial, en medio de aquel silencio y aquella 
Sombra, las mal comprimidas inquietudes, la nostalgia 
de acción, los anhelos hondos y ardientes de la juven- 
tud que se levantó, privada también de campo y de 
tribuna, en las postrimerías de la colonia, y que, exci- 
tada por los ecos lejanos de la Europa revolucionaria; 
por la presagiosa agitación de la propaganda de la 
libertad de comercio; por los aplausos del mundo, que 
convergían al Foro de Buenos Aires para saludar el 
esfuerzo glorioso de la Reconquista, llevaba en el alma 
un hervor que auguraba un destino diferente del de 
las generaciones extinguidas en el letárgico sueño co- 
lonial. No era menos capaz de quebrantar los límites 
que se le oponían esta otra juventud, á la que estaba 
reservado completar, con la reivindicación de la liber- 
tad política, la obra de la independencia. No pudo por 
mucho tiempo el régimen despótico demorarla en la 
expansión de su espíritu. Cuando más arreciaban las 
brutalidades de la fuerza, ella se congregaba en de- 
rredor de Esteban Echeverría, con quien llegó, del 
otro lado de los mares, el fuego de la gran revolución 
ideal que embellece y exalta las primeras décadas del 
pasado siglo; y levantaba, como una triple afirmación 
del porvenir, una idea de emancipación literaria, un 
propósito de regeneración social y una norma de or- 
ganización política. 

Pero con anterioridad al año de la memorable pro- 
testa, ya ciertas figuras juveniles habían ganado algún 
relieve y prestigio; y entre ellas la de Juan María Gu- 
tiérrez. En el precario movimiento de publicidad y dis- 



124 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



cusión á que dio lugar el pasajero gobierno de Bal- 
caree, hizo Gutiérrez sus primeras armas en la prensa, 
colaborando, como Marcos Avellaneda, el futuro már- 
tir de Metan, en El Amigo del País. Vinculó también 
sus esfuerzos á poco durables tentativas por arraigar 
el periódico ilustrado y de variedades; y así en El Mu- 
seo Americano como en El Re copilador, que se edita- 
ron de 1835 á 1836, aparecieron traducciones y otros 
ligeros trabajos suyos. Por aquel tiempo, Juan Bautis- 
ta Alberdi producía la Memoria descriptiva de Tucu- 
mán, la Refutación á «El Voto de América», el co- 
mentario á Lermiaier. Los Consuelos de Echeverría, 
publicados en 1834, empezaban á hallar imitadores, y 
el verso campesino de Hidalgo había renacido en As- 
casubi, que enherbolaba, como Béranger, con la inten- 
ción política, el dardo alado de la canción. Rivera In- 
darte, el futuro publicista de El Nacional, ensayaba, 
en el panfleto y la invectiva, su prosa ardiente y ple- 
beya. 

El movimiento que, concentrando en una fuerza co- 
mún esas energías dispersas, fijó la orientación en que 
perseveraron, imprimiendo carácter á la voluntad y al 
pensamiento de una generación, llegó con el histórico 
año de 1837, y se manifestó, en su aspecto literario, 
por la aparición de La Cautiva, y en su aspecto social 
por la profesión de fe que al propio autor de La Cau- 
tiva tocó formular en su memorable Dogma. 

Aquel poema daba el primer ejemplo de emancipa- 
ción de la fantasía poética, que se encaminaba á una 
originalidad inspirada en la naturaleza y en el pueblo. 
El «Salón Literario», que Marcos Sastre fundó, tam- 
bién en 1837, fué como el centro de donde se propagó 
la iniciativa, y contribuyó principalmente á uniformar, en 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



125 



la juventud que animaba sus veladas, las aspiraciones 
y las ideas. En cuanto al pensamiento de regeneración 
social y política, hízose carne en la secreta actividad 
de la «Asociación de Mayo», de la que podría decirse 
que contuvo en sí la simiente de la patria futura. Levan- 
tándose sobre la discordia de los bandos, cuya ciega 
violencia había abierto paso al despotismo, tendíase allí 
á reintegrar en su original pureza el sentido de la revo 
lución de 1810, mediante la fundación de una demo- 
cracia orgánica, liberal y culta, como la que Rivadavia 
había ensayado realizar; pero emancipada de las limi- 
taciones de partido y de ciudad á que no pudo sus- 
traerse el ensayo del glorioso estadista. Era, en lo 
esencial, el anticipo de la norma de organización que 
había de presidir, tras dilatadas vicisitudes, á la re- 
constitución definitiva de la nacionalidad. 

Quiso cooperar en ese doble movimiento político y 
social t^n periódico de vida efímera, que Alberdi di- 
rigió, y cuyas inspiraciones, fundamentalmente serias 
y fecundas, estaban en curiosa oposición con el trivial 
significado de su título: La Moda. Juan María Gutié- 
rrez, que por este mismo tiempo escribía la introduc- 
ción para el Cancionero argentino f coleccionado por 
don José Antonio Wilde con trozos líricos adaptables 
á la música, fué de los más asiduos colaboradores de 
aquel periódico, como de los más animados disertan- 
tes del «Salón Literario», donde dejó largo eco en su 
discurso sobre la fisonomía del saber español. 

Todas estas manifestaciones de actividad y de en- 
tusiasmo debían forzosamente atraer sobre la inquieta 
juventud que las producía las desconfianzas de una 
dominación que necesitaba, para consolidarse, del 
abatimiento y el silencio que había creado en torno 



126 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



suyo. Penetró la «Mazorca» en el secreto de las re- 
uniones donde, bajo apariencias de simple esparci- 
miento literario, se deliberaba sobre la nueva idea 
política y social. Ellas, por otra parte, tendían á un 
carácter activo, más apremiante á medida que los ri- 
gores del régimen de fuerza mostraban la imposibili- 
dad de toda propaganda libre de reforma. A la dis- 
persión de los asociados en quienes el sueño idealista 
y generoso daba ya su punzante fermento de energía, 
siguió bien pronto el destierro voluntario ó impuesto. 
Una segunda emigración fué á unirse con la que man- 
tenía fuera de la patria, hacía dos lustros, la gloria 
viva y la intelectualidad de generaciones anteriores. 

Montevideo fué el centro preferido de la nueva emi- 
gración, como lo había sido de aquella que la prece- 
dió en el camino del destierro. De 1838 á 1840 llega- 
ron á este lado del Plata Alberdi, Mármol, Tejedor, 
Mitre, Cantilo, Frías, Domínguez, Rivera Indarte. Poco 
después, en 1841, llegó también Echeverría, que aquí 
permaneció hasta su muerte prematura, sin alcanzar á 
ver lucir para su patria los albores de la libertad. Juan 
María Gutiérrez, como uno de los más activos move- 
dores del grupo juvenil, fué de los primeros en quie- 
nes se encarnizó la persecución. Luego de sufrir tres 
meses de cárcel, pena de que participaron otros de 
los reos de igual delito, buscó el refugio de Montevi- 
deo, al promediar el año de 1839. Nuestra pequeña y 
graciosa ciudad de aquellos tiempos convirtióse así en 
único escenario de la cultura argentina. 

El elemento pensador de la primera emigración se 
personificaba en dos hermanos ilustres: Juan Cruz y 
Florencio Várela. Tenía el mayor de ellos la represen- 
tación de la aristocracia intelectual de la época de Ri- 



I 



EL MIRADOR DE PROSPERO 127 

vadavia. Representaba el segundo la persistencia del 
mismo ideal político y literario, dentro de una gene- 
ración que había de caracterizarse, en uno y otro sen- 
tido, por ideales nuevos y emancipados de la tradi- 
ción. 

Juan Cruz mantuvo, en los comienzos del destierro, 
su actividad de publicista, acompañando los esfuerzos 
iniciales de la organización oriental con la propagan- 
da de El Patriota, bajo el ministerio reformador de 
don Santiago Vázquez. Su inspiración de lírico, que 
había despertado al calor de una época gloriosa en la 
guerra y en la paz, y estaba hecha á ser la consagra- 
ción de sus triunfos, quedó, por algunos años, como 
en mudo estupor, con el fracaso del gran período de 
civilización que había celebrado. En la severidad es- 
partana de su poesía no halló una nota que se acor- 
dase con las amarguras de la proscripción. Pero 
cuando la juventud de la época nueva llegó á Monte- 
video, el poeta que había saludado en ella, en días 
mejores, al porvenir y la esperanza, y á quien muy 
corto plazo separaba de la tumba, alcanzó á partici- 
par en el movimiento literario que esa juventud inició, 
con sus últimos versos (1), que tienen ya la entona- 
ción de la elegía, aunque áspera y varonil, como en- 
castada con la grave sátira lírica, y que serán, entre 
los suyos, los que más respete el paso del tiempo, 
porque son los que manifiestan, en una forma más in- 
genua y humana, un sentimiento más profundo. 

En cuanto al magisterio intelectual de Florencio, 
que fué, sin duda, eficaz y poderoso sobre parte de la 
emigración juvenil, no se manifestó tanto en forma 



(1) El 25 de Mayo de 1838, en Buenos Aires. 



128 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



pública y escrita, hasta la aparición del diario que 
vive vinculado á su trágica gloria, como por el adoc- 
trinamiento íntimo y oral. Su casa de Montevideo fué 
cátedra familiar y salón académico. En su primera ju- 
ventud, había soñado con los lauros del poeta. Su 
poesía resonó al par de la del cantor de Ituzaingó, en 
las mismas formas solemnes y austeras de la lírica; 
templada un tanto la arrogancia oratoria de Juan 
Cruz por un tono algo más sobrio y horaciano. Cantó 
como él á los triunfos de la guerra con el Imperio, á 
los esfuerzos de la obra de organización liberal, y sa- 
ludó la resurrección de Grecia, en nombre de la Amé- 
rica libre, después de Navarino. En el destierro, dedicó 
cantos de noble, si no muy alta inspiración, á la con- 
cordia, á la paz, á la prosperidad del nuevo Estado, 
que debía ser el campo de su propaganda gloriosa y 
el suelo amigo de su tumba. Abandonó después el 
cultivo del verso, y concentró su espíritu en el estudio 
de la historia de América, á la que pensaba dedicar 
todos los afanes de su madurez. Su influjo literario 
fué de resistencia primero, de moderación más tarde, 
para la corriente innovadora, en cuanto ella discordaba 
de aquella severa disciplina que estaba en la educa- 
ción y en la propensión instintiva de su mente. Su na- 
turaleza intelectual era firmeza, sosiego, exactitud. 
Desconoció como publicista otras inspiraciones que 
las de la razón que domina, austera é inmutable, desde 
su altura superior á la tormenta; y aun en una propa- 
ganda que vibró en atmósfera inflamada por las más 
nobles exaltaciones de la indignación y los más justi- 
ficados extremos del odio, no se caracterizó su palabra 
por la invectiva ni el sarcasmo que calienta la pasión 
impetuosa, sino por la ecuanimidad, por la serenidad, 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



129 



por la justicia; por todas aquellas condiciones que son 
el sello de la tranquila fortaleza del ánimo, unida á las 
vistas límpidas y seguras de la inteligencia. 

A la llegada de estos primeros proscriptos, nues- 
tra cultura propia daba escasas muestras de sí. Cons- 
tituida la nacionalidad, el signo de su autonomía lite- 
raria se personificaba en Francisco Acuña de Figue- 
roa, á quien se hubiera podido llamar, aún más que el 
poeta de la nueva República, el poeta de Montevi- 
deo: la encarnación del carácter de una ciudad y de su 
crónica, animados por cierta poesía, risueña y apaci- 
ble, que tenía algo del aspecto de esa misma ciudad. 
Cuando la plaza fuerte dentro de cuyos muros había 
dado expresión, con el Diario del Sitio, á las últimas 
resistencias del espíritu urbano y español, se alzaba al 
rargo de capital de un pueblo independiente y á la 
dignidad republicana, cobró de súbito el acento del 
versificador que hasta entonces había militado en las 
humildes filas de la tradición prosaica de Iriarte, ó de 
la vulgar y villanesca de Lobo, cierto brío, cierta ele- 
vación, cierta nobleza, y tendió á ser el comentario 
lírico de las armas y de las leyes. Al propio tiempo, en 
otras formas de su copiosa producción, más adecua- 
das á sus dotes nativas, interpretaba el poeta jovial- 
mente la crónica menuda de la ciudad, los rasgos ca- 
racterísticos de su vida social y doméstica. En el tono 
remontado y solemne no era sólo su voz la que sona- 
ba. Carlos Villademoros, Manuel y Francisco de Araú- 
cho, entre otros que aun les son inferiores, buscaban 
inspirarse en los acontecimientos de la época. Eran sus 
cantos como un remedo aldeano ó infantil de la ge- 
nialidad de aquel solemne y arrogante lirismo que ha- 
bía resonado en América, durante la Revolución, 
Tomo II o 



130 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



para propagar sus entusiasmos y saludar sus triunfos. 
En tan endeble poesía de circunstancias, se asocia- 
ban, de contradictoria manera, la ingenuidad, el aban- 
dono, el candor, todas aquellas condiciones del gusto 
y el estilo que manifiestan la inexperiencia literaria, 
con el amaneramiento y el artificio propios de una re- 
tórica que señalaba el último grado de afectación y 
decadencia en una escuela moribunda. 

La organización incipiente y precaria concedía muy 
poco espacio á las tareas del espíritu que no se rela- 
cionasen directamente con las porfías y las pasiones 
de la acción. La imprenta apenas existía más que para 
el periódico político. Ciudad nueva y atribulada, sin 
tradición intelectual ni reposo para haber constituido 
las formas fundamentales de una cultura, Montevideo 
recibió de aquella doble inmigración de escritores el 
impulso que, perseverando con ellos y despertando á 
la vez la emulación de los nativos, la levantó en diez 
años más á la condición de uno de los centros litera- 
rios más interesantes y animados de la América es- 
pañola. 

Una nueva generación presentó sus intérpretes y 
voceros á rivalizar con la gallarda juventud argentina. 
El nombre que primero acude, en orden de tiempo, 
cuando se trata de personificar esa generación inno- 
vadora, es el de Marcos Sastre, benemérito amigo de 
la educación popular. Pero radicado éste, desde la 
adolescencia, en Buenos Aires, fué allí donde se des- 
envolvió su entusiasta acción intelectual, con la que 
prestó servicios eficaces á la evolución de 1837 como 
fundador del «Salón Literario». Es, en realidad, An- 
drés Lamas quien, antes que otro alguno, anuncia en 
Montevideo la renovación del grupo dirigente y la re- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



131 



novación de las ideas. Su participación en las contien- 
das de la vida pública se adelanta á la de los demás 
hombres de su generación. Su palabra es la primera 
de escritor uruguayo en que se sienta el influjo de las 
tendencias de emancipación espiritual formuladas para 
estos pueblos por Echeverría. 

Casi niño, ensayó sus armas en la prensa. El Nacio- 
nal de 1836 fué una bandera prestigiosa en sus manos. 
Sus dotes de escritor se acrisolaron tempranamente 
en esa ruda campaña opositora, qué terminó, para e\ 
diarista adolescente, con el silencio forzoso y el des- 
tierro. Y luego, cuando Alberdi pensó por un mo- 
mento atraer á la obra de regeneración social y polí- 
tica en que aquella juventud soñaba la voluntad de 
Rosas, invitándole, en el prefacio de su exposición de 
Lerminier, á ser el brazo que llevase á ejecución aquel 
pensamiento, publicó Lamas un opúsculo de impugna- 
ción, donde hacía resaltar lo incompatible de todo 
ideal de instituciones con la tendencia lógica y fatal 
de la tiranía. Vuelto á la prensa en 1837, la persecu. 
ción no demoró en alejarle de nuevo . Cuando regresó 
con el ejército triunfador del Palmar, y recobró la 
pluma, mostró ya la figura juvenil del escritor rasgos 
completos y definitivos, que le presentaron como el 
publicista de su generación, como el publicista de un 
espíritu nuevo. En Abril de 1838 escribía Lamas e' 
prospecto de El Iniciador. 



III 



Miguel Cañé, llegado en 1834 á Montevideo, donde 
completaba sus estudios jurídicos en el bufete de Fio- 



132 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



rencio Várela, compartía con Lamas la dirección de 
esa hoja juvenil. 

El prospecto es una valiente afirmación de la obra 
de libertad y de reforma á que se sentía llamada aque- 
lla juventud. «Dos cadenas — decíase en un pasaje de 
él — nos ligaban á España: una material, visible, omi- 
nosa; otra no menos ominosa, no menos pesada, pero 
invisible, incorpórea, que, como aquellos gases incom- 
prensibles que por su sutileza lo penetran todo, está 
en nuestra legislación, en nuestras letras, en nuestras 
costumbres, en nuestros hábitos, y todo lo ata, y á 
todo le imprime el sello de la esclavitud, y desmiente 
nuestra emancipación absoluta. Aquélla, pudimos y 
supimos hacerla pedazos con el vigor de nuestros bra- 
zos y el hierro de nuestras lanzas; ésta es preciso que 
desaparezca también si nuestra personalidad nacional 
ha de ser una realidad; aquélla fué la misión gloriosa 
de nuestros padres, ésta es la nuestra.» «Hay, nada 
menos — agregábase — , que conquistarla independencia 
inteligente de la nación, su independencia civil, litera- 
ria, artística, industrial; porque las leyes, la sociedad, 
la literatura, las artes, la industria, deben llevar, como 
nuestra bandera, los colores nacionales, y ser, como 
ella, el testimonio de nuestra independencia y nacio- 
nalidad.» 

En su aspecto social, la ejecución de este programa 
fué el desarrollo — más ó menos velado por las condi- 
ciones de una propaganda que había de contenerse en 
los límites de la abstención política — de la fórmula re- 
generadora de 1837. 

En su aspecto literario, significaba la asimilación de 
las influencias románticas orientadas en un sentido 
nacional. Importa ya que nos detengamos á conside- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



133 



rar los antecedentes de estas influencias dentro de 
nuestra cultura literaria, y el modo como ellas llega- 
ron á prevalecer. 

Antes de la universal repercusión de las jornadas 
triunfales de 1830, no era aún bastante para alcanzar 
hasta nuestra remota é incipiente cultura la virtud de 
expansión del romanticismo, que, habiendo atravesado 
desde el Norte las fronteras de Francia, permanecía 
allí en incierto crepúsculo y apenas si reflejaba algún 
tímido rayo de su luz en el lánguido imaginar de la deca- 
dencia española. Por otra parte, los ecos vagos y con- 
fusos de la revolución literaria que pudieron llegar al 
oído de los pueblos de América, no traían consigo la 
manifestación de un ideal capaz de hallar propicia re- 
sonancia en el ambiente americano, ni de acordarse 
con los estímulos de nuestro creador heroísmo de 
aquel tiempo. Sabido es que el romanticismo literario, 
en su relación con las ideas sociales y políticas, era, en 
su origen, escuela de reacción. Miraba hacia el pasado; 
amaba la tradición y la leyenda; había ceñido sus ar- 
mas y afirmado su escudo para tentar el desagravio de 
las cosas caídas. 

Cierto lazo simpático es fuerza que vincule las aspi- 
raciones, las ideas, los sentimientos de libertad, en 
todas sus manifestaciones; y en tal sentido es indu- 
dable que la revolución literaria, expresión de libertad, 
debía ser grata á los ojos de aquelios que acababan de 
consumar su revolución política. Por más que la nueva 
escuela hubiera nacido solidaria, en cierto modo, de la 
protesta que se alzaba, en nombre de la Europa tra- 
dicional, contra la transformación de las ideas y las 
instituciones, una tendencia lógica debía empujar, á la 
larga, á los soldados de la libertad á militar bajo las 



134 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



banderas insurrectas de la literatura. Aquella misma 
radical transformación, que al propagarse, desde la 
Francia revolucionaria, por el mundo, aparecía vincu- 
lada, en el orden estético, á la inflexible permanencia 
de lo clásico, se había relacionado en sus orígenes con 
un impulso de emancipación de las ideas literarias. No 
fué otra cosa, en las postrimerías del siglo xvn, la cé - 
lebre querella de antiguos y modernos, sino un torneo 
donde los brazos que concluirían por trastornar el eje 
de la sociedad humana se acostumbraron á romper el 
cetro de la autoridad. Discutiendo á los clásicos, se 
había preparado el camino para discutir á las aristo- 
cracias y á los reyes. Defendiendo la perfectibilidad de 
la literatura, se había arrojado el germen de la idea de 
perfectibilidad de las costumbres y las instituciones, 
Perrault precede á Condorcet. La rebelión literaria de 
aquellos románticos proféticos precede á la rebelión 
social y religiosa de los enciclopedistas. Pero no es 
menos cierto que hasta tanto se restablecía ese nexo 
lógico y llegaba, para conciliar la libertar estética con 
la libertad política, el romanticismo liberal y democrá- 
tico de 1830, lo nuevo, lo indisciplinado, en literatura, 
procedió de quienes representaban, en otro género de 
ideas, la autoridad y la tradición. La república jacobi- 
na y los mantenedores de su espíritu confesaron 
siempre, por ideal literario, el clásicismo más austero; 
la preceptiva de Boileau duraba en todo el rigor de su 
tiranía, mientras los templos se habían quedado sin 
oficios y la cabeza de los reyes rodaba por las gradas 
del cadalso. La idea de la libertad llegó, pues, identi- 
ficada con la afectación antigua de las formas, á los 
pueblos de nuestra América. Su revolución fué exte- 
riormente clásica. Lo fueron su poesía y su tribuna. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



135 



La disciplina retórica y poética era profesada con 
aquel grado de severidad é intolerancia de que un do- 
cumento literario muy curioso, el manifiesto que acom- 
paña á los Estatutos de la sociedad llamada del buen 
gusto del Teatro, que se fundó en Buenos Aires en 
1817, puede servir de ejemplo significativo. 

Ciertas auras muy leves de innovación empiezan á 
remover el ambiente literario en la época de Rivada- 
via. El clasicismo de Juan Cruz y Florencio Várela, 
eco del degenerado clasicismo del siglo xvm, en toda 
su entereza dogmática, en toda su intolerancia esen- 
cial, aparece atrasado, con relación á su propio am- 
biente, si se consulta al testimonio que de las ideas 
literarias en circulación lleva en sí la prensa de enton- 
ces. La crítica teatral, en algunos de los periódicos de 
aquella época, ofrece ciertos atrevimientos felices, 
cierta ansiedad de cosas nuevas; rasgos de curiosidad 
y libérfád, cuyo origen debe atribuirse, ya á los pri- 
meros y vagos ecos de la crítica innovadora de prin- 
cipios del siglo, ya á las protestas que el recuerdo de 
la grande tradición romántica mantuvo en la crítica 
española posterior á Luzán; y aun al mismo contacto 
con la doctrina del siglo xvm francés, si se considera 
que, para espíritus algo dados de suyo á tolerancias é 
innovaciones, aquella propia escuela de clasicismo, 
que tan rígida y adusta se nos aparece en su perspec- 
tiva histórica, no carecía de asidero donde apoyar 
ciertas irreverentes osadías y ciertas aspiraciones de 
libertad, que tienen precedentes tales como los del 
Voltaire del Ensayo sobre lo épico y las Cartas ingle- 
sas, y los relámpagos de genio de la crítica de Di- 
derot. 

En poesía, Juan Crisóstomo Lafinur había dado en- 



136 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



trada á los vagos presagios románticos de Cienfue- 
gos. Cuando, en 1821, se premiaba oficialmente uno 
de los cantos de Luca y se otorgaba al poeta, como 
premio, una colección de los mayores épicos clásicos, 
se incluyó entre ellos á Ossián, cuyo romanticismo, 
falsificado, pero lleno, en su hora, de sugestiones feli- 
ces, fué, sin duda, de los más activos elementos de 
renovación que prepararon universalmente el nuevo 
gusto poético. 

A este principio de evolución de las ideas lite- 
rarias contribuyó eficazmente, por aquel mismo tiem- 
po, la presencia de un escritor de no vulgar in- 
genio y vasta cultura, para cuyo nombre debe exis- 
tir, aún más que en la tierra de su nacimiento, en 
nuestra América, recuerdo respetuoso y durable. José 
Joaquín de Mora, miembro de aquella viril generación 
que, arrojada de España por el despotismo de Fer- 
nando VII, abrevó su mente, fuera de la patria, en 
las corrientes nuevas que á su regreso salvaron con 
ella los Pirineos; publicista, crítico, versificador, algo 
poeta; propagandista de adelantadas ideas de ense- 
ñanza, de literatura y de organización, durante sus 
diez años de permanencia en varios pueblos ameri- 
canos; espíritu del que pudo decir, cuando su trán- 
sito supremo, la palabra elocuente de Ríos Rosas, 
que «embotó las espinas de la proscripción con el 
asiduo culto de la inteligencia», tomó á su cargo la 
dirección oficial de La Crónica, llamado á Buenos 
Aires por el gobierno de don Bernardino Rivadavia, 
en 1827. El olvidado autor de las Leyendas españo- 
las no era, en el rigor de la palabra, un romántico. 
Desde luego, era francamente hostil el romanticis- 
mo reaccionario y retórico de Chateaubriand, contra 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



137 



quien tuvo su crítica páginas de detracción apasio- 
nada é injusta. Pero sus doctrinas, más esenciales y 
sólidas, de libertad literaria, habían sido adquiridas 
al contacto con el pensamiento inglés, de cuyo espí- 
ritu puede considerársele, entre los escritores de len- 
gua española, uno de los emisarios primeros. El traía 
consigo á Buenos Aires el influjo de aquel animado 
movimiento de publicidad y de asimilación de ideas, 
que sostuvieron por algunos años, en Londres, con- 
centrando allí la más adelantada representación de la 
literatura castellana de la época, una parte de los es- 
pañoles desterrados por la reacción absolutista de 
1823 y algunos de los americanos que mantenía en 
Europa el servicio de los intereses diplomáticos de la 
Revolución, ó que padecían el ostracismo originado 
en las primeras luchas civiles. Y aunque en punto á 
los fueros del idioma y á ciertos elementos de orden 
y pureza formal era Mora conservador é intolerante, 
como lo anunciaba él mismo en el varonil prospecto 
de La Crónica, era, en lo íntimo y substancial de su 
doctrina, más independiente y más laxo que su futuro 
contendor don Andrés Bello, con quien comparte en 
Chile la gloria del magisterio literario que presidió, 
en el período anterior á la llegada de los proscriptos 
argentinos, al desenvolvimiento cultural de aquel 
pueblo. 

Rápido como fué su paso por Buenos Aires, dejó, 
sin duda, algunos gérmenes felices, que contribuyeron 
á formar el ambiente en que tomó los rumbos de su 
vocación literaria la nueva generación. La autonomía 
y espontaneidad del pensamiento americano, lo mismo 
en lo que se refiere á la literatura que en su aplicación 
á la realidad política y social, fueron ideas que no 



138 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



permanecieron ignoradas para la crítica y la propa- 
ganda de José Joaquín de Mora. 

Espesábanse las sombras de la reacción que siguió 
á aquel período de adelanto, cuando volvió del otro 
lado del Océano el gran innovador por quien esos 
vagos precedentes se convirtieron en acción resuelta 
y constante. Esteban Echeverría, que llevaba en Pa- 
rís una afanosa vida de observación y de estudio desde 
1826, había asistido allí á la última etapa de la revo- 
lución de las ideas, que precipitaba entonces sus pasos 
hacia el glorioso desenlace de Julio. Empapada su 
mente en la irradiación de aquellos días luminosos, 
cuando puso el pie sobre la nave que le restituiría al 
seno de la patria el joven é ignorado escritor se consi- 
deraba á sí mismo el mensajero de una nueva vida in- 
telectual. Llegó, mediando el año de 1830, y halló en 
la ciudad que dejara jubilosa y altiva el silencio y la 
sombra, la soledad moral, la enervación de las volun- 
tades, el ostracismo de las inteligencias. Sobreponién- 
dose al desaliento que comunicaba el ambiente, publi- 
có, en 1832, su primera tentativa poética: la leyenda 
que llamó Elvira ó la Novia del Plata. En aquella at- 
mósfera sin eco, su publicación no fué un triunfo; no 
fué tampoco el merecimiento de un triunfo. Tratábase 
apenas de un tributo pagado al más artificioso ama- 
neramiento romántico, en el género espectral de las 
leyendas de Hoffmann, de los cuentos de Nodier; en 
el género que el gusto de aquel tiempo tenía de más 
exótico é inoportuno para adaptado á la radiante luz 
y al aire diáfano de nuestros climas. Pero la histórica 
significación de ese temprano ensayo de romanticismo 
ha de señalarse en que, merced á él, la nueva escuela 
literaria repercutía directamente en estos pueblos 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



139 



cuando ella apenas había salido en España, con la apa- 
rición de El Moro Expósito, de sus presagios indecisos 
y obscuros. 

Un silencio de dos años precedió á la primera obra 
eficaz de Echeverría: en 1834 vieron la luz los Consue- 
los, Mediano era el libro, pero el poeta de una gene- 
ración estaba allí. Un numen ignorado amanecía en 
aquellas páginas, para nosotros tan lánguidas y tan 
marchitas y que parecieron entonces llenas de vibra- 
ción, llenas de color y de vida. Era la musa nueva, 
dispensadora de los deliquios de la meditación y del 
recogimiento; la confidente cariñosa de la personali- 
dad; la poética revelación del mundo íntimo; el espa- 
cio franqueado, junto á la poesía que se inflama en las 
pasiones de la multitud, para la poesía que canta de 
los sentimientos de uno soio. La época era favorable, 
por su propio abatimiento cívico, para los abandonos 
de la melancolía; como lo fuera en tiempos cercanos 
para la altivez y virilidad de lo épico. Una aureola de 
interés y simpatía rodeó, desde el primer instante, al 
nuevo libro; reconoció la juventud al poeta suyo, al 
poeta que le estaba destinado, y la crítica clásica, que 
representaban los Várela, aplaudió. Bien es verdad 
que el espíritu relativamente romántico y novador de 
los Consuelos, encarnado en una forma que no se sin- 
gularizaba todavía por ninguna de las novedades de 
métrica y de estilo que revistieron á la lírica románti- 
ca con su túnica propia, se presentaban versos más 
arreglados y tímidos que audaces, que podían pasar 
como una tentativa de restauración de las tradiciones 
clásicas de sobriedad y de mesura, frente á aquel otro 
clasicismo que la escuela dominante hasta entonces, 
en los poetas de América, había llevado á los extre- 



140 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



mos de la solemnidad oratoria y de la difusión. En la 
propia carta donde tributaba sus aplausos al poeta 
que se revelaba, Florencio Várela, fijando su atención 
en el movimiento literario europeo, aparecía descon- 
certado por el declinar de los dioses de su culto; pedía 
el desagravio para las sombras de Horacio, de Racine 
y de Moliere; profetizaba con segura convicción que 
«Hugo pasaría», y se negaba á reconocer en la revo- 
lución literaria otra cosa que una pasajera desviación 
y una recrudescencia gongórica. Años más tarde, cuan- 
do tocó al publicista del Comercio del Plata juzgar El 
Peregrino, de Mármol — y aun cuando escribió el in- 
forme relativo al memorable Certamen de 1841 — , dejó 
notar que la revolución de las ideas había labrado cier- 
to surco en su espíritu. En cuanto á Juan Cruz, tam- 
poco permaneció reacio á toda influencia innovadora, 
y en 1836, escribiendo á don Bernardino Rivadavia 
para exponerle los principios de crítica á que se pro- 
ponía ajustar la traducción, que entonces reanudaba, 
de la Eneida, tenía observaciones de un sentido pro- 
fundo, que manifiestan el influjo de una crítica nueva 
y levantan su juicio muy sobre el pensar del falso cla- 
sicismo del siglo xviii. 

Entretanto, la juventud que por aquellos años en 
tregaba á la vida pública la decaída Universidad, don- 
de la palabra dulce y persuasiva de Alcorta mantenía, 
ella sola, la tradición de un glorioso profesorado, em- 
pezaba á poetizar al modo nuevo, y á interesarse en 
otras ideas que las que se le habían comunicado en 
las aulas. Se generalizaba el conocimiento de los mo- 
delos románticos. En 1835, una edición emprendida 
por don Patricio Basabilbaso divulgaba la traducción 
que el argentino Miralla dejó hecha, en Cuba, de las 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



141 



Cartas de Jacobo Orliz, el wertheriano epistolario de 
Hugo Foseólo. Abríanse paso, al par de las nuevas 
ideas literarias, las corrientes nuevas de la filosofía y 
del derecho. Lerminier era resumido y comentado, 
en interesante opúsculo, por Alberdi. José Tomás 
Guido había dado á la estampa, en 1834, una versión 
de la Historia de la filosofía de Cousin. 

El arribo á tierra firme, la orientación definitiva 
después del período de ensayos, se anuncia por la me- 
morable profesión de fe de 1837 y tiene, como signo 
literario, la aparición de La Cautiva. Si no la madura 
realización poética, se había logrado con aquellos ver- 
sos definir el propósito para siempre oportuno. Ten- 
diendo á desatar los vínculos que supeditaban la nueva 
dirección de las ideas á una norma de imitación, en 
que el principio de obediencia que se había abando- 
nado con respecto á los clásicos parecía sancionarse 
otra vez con relación á los maestros del romanticismo, 
se ponía al pensamiento en el camino de una franca 
emancipación; se refundía el concepto de aquella es- 
cuela literaria dentro de molde americano, y se la 
convertía en obra propia, en el sentido de interpre- 
tarla y adaptarla según las condiciones de nuestra na- 
turaleza y de nuestro medio social. 

Sabemos ya que el movimiento de asociación y pro- 
paganda que estas ideas promovieron en Buenos 
Aires, fué interrumpido, al nacer, por la suspicaz per- 
secución de la tiranía, y que, con el destierro de la 
juventud que le comunicaba sus alientos, se trasladó á 
esta margen del río, donde tuvo inmediatamente su 
periódico. El Iniciador de Montevideo representa 
para esa juventud como la última jornada del apren- 
dizaje, como el último día del aula. Después de él, las 



142 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



ideas literarias y sociales que, nuevas y débiles aún, le 
habían inspirado, se levantan con rápido vuelo á diri- 
gir la actividad espiritual de la época, y los que habían 
sido sus precoces conversos hablan ya, más que como 
insurrectos que proclaman, como vencedores que do- 
minan. 

Cooperando con la difícil propagación del libro 
europeo, el periódico procuraba difundir, desde sus 
páginas, á los maestros de aquella grande aurora inte- 
lectual. Hugo, Manzoni, Lamartine, Espronceda; «Fí- 
garo», de cuyas críticas se hizo, en el mismo año de 
1838, una edición por las prensas de Montevideo; La- 
mennais, cuyo apasionado estilo fué á menudo imitado 
en los escritos de la época; Cousin, Saint-Simon, Ler- 
minier, se divulgaban en las transcripciones ó resúme- 
nes de El Iniciador. Al propio tiempo, la escena tea- 
tral se abría á la irrupción romántica, y en nuestro 
viejo «San Felipe» triunfaban Don Alvaro, Maclas, 
Catalina Howard, La torre de Nesle, Los amantes de 
Teruel. 

Interesante es atender al desenvolvimiento de El 
Iniciador en los escritos propios de sus redactores. De 
don Andrés Lamas — que en la declaración de propó- 
sitos del periódico había trazado valientemente los 
rumbos de su propaganda, pero que contribuyó al 
desenvolvimiento de ella con escasa asiduidad, solici- 
tado bien pronto por las agitaciones de la política ac- 
tiva — , debe recordarse un diálogo lleno de brío é 
intención (1), donde recoge los ecos de desdén, de 
desconfianza ó de burla, que manifestaban cómo aque- 
lla iniciativa autonómica de la juventud había herido, 



(1) ¿Quiénes escriben "El Iniciador"? 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



143 



ya los sentimientos de inercia, las raíces aún vivas del 
pasado, ya la superioridad recelosa de los círculos. 

Más asidua fué la colaboración de Cañé. Citemos 
de su pluma el hermoso juicio sobre Alejandro Man- 
zoniy lleno de apasionado entusiasmo por el poeta y 
de anhelantes votos por la resurrección de Italia; el 
atinado examen de las nuevas tendencias de la Litera- 
tura, donde, sobreponiéndose á todo lo que había de 
convencional y transitorio en el romanticismo, señala- 
ba como la idea definitivamente adquirida por aquella 
gran revolución, la de la variabilidad de la obra litera- 
ria, en «cuanto atributo del estado y condición de los 
pueblos», «sometido á la doble ley del tiempo y del 
espacio»; los diálogos festivos en que, bajo el título 
común de Mis visitas, desplegó certeras dotes de crí- 
tica y observación; las meditaciones, á menudo pro- 
fundas, sobre el estado social y los problemas propios 
de la América recién emancipada. En una de ellas 
realzaba, con sentida elocuencia, el urgente interés de 
la propagación de la enseñanza, como suprema virtud 
regeneradora; glosaba en otro de esos artículos doc- 
trinarios, dirigiéndose á los hombres de su genera- 
ción, las palabras postumas de Saint-Simon á sus dis- 
cípulos: «El porvenir es vuestro»; hablaba en otros — 
El Pueblo, La Aristocracia en Sur-América, Fiestas 
públicas — de la dificultad de convertir en fuerza or- 
gánica y autónoma la mole inerte de las multitudes 
que la educación colonial y la semibarbarie del de- 
sierto habían preparado para la servidumbre ó para 
el ciego desplome de la anarquía. 

La aplicación del pensador, del político y del mo- 
ralista aparece con más frecuencia que la del crítico 
propiamente literario, en esas páginas. Y sin embar- 



144 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



go, era la de don Miguel Cañé una organización mo- 
ral profundamente sellada por pasiones de artista. La 
vocación, aunque nunca llegó en él á realidad ma- 
dura, le llamaba á una de las más inmunes consagra- 
ciones de escritor literario que hubiesen podido flore- 
cer en aquella generación. Su crítica suele ofrecer, 
por esto, manifestaciones de un desinteresado senti- 
miento de belleza, que no es cosa fácil encontrar en 
una literatura de periodistas y tribunos; aunque no se 
eximiese, como queda dicho, de la imposición común 
de un ambiente que obligaba á convertir la misma 
contemplación y el mismo reposo en medios y mane- 
ras de lucha. Así, formulando un excelente juicio so- 
bre Larra, supo reconvenir á « Fígaro > el criterio, del 
todo extraño á la pura apreciación estética, que le 
dictó su condenación de Antony. 

A Cañé, según todas las apariencias, pertenece, en 
efecto, el más hermoso y magistral fragmento de críti- 
ca que realce las páginas de El Iniciador: el estudio 
de la personalidad y la obra de Mariano José de La- 
rra, que, publicado en ocasión de la muerte del gran 
escritor, constituye un juicio definitivo y perfecto, que 
hoy podría figurar, sin alteraciones, en el texto de una 
historia literaria. 

Cultivó también, en su período de El Iniciador, el 
cuento sentimental y poético. Más tarde, fijó su dedi- 
cación literaria en la novela, aunque sin asomo de ori- 
ginalidad americana ni de estudio de la realidad. Con- 
certó esta vocación con la de dilettante en artes plásti- 
cas, mediante cierto género seminovelesco, que es 
conversación artística al par que narración (1). Lien- 



(1) V. gr.: EstherJLa familia de Sconner. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



145 



zos y mármoles constituyen el fondo del relato, como 
en las novelas de viajes los cuadros de la naturaleza. 
La crítica de arte alterna con el desenvolvimiento de 
la acción, á la manera del libro en que Mad. de Staél 
dió por escena los museos y las ruinas de Italia á las 
figuras de Osvaldo y Corina. Ei modo de contar mani- 
fiesta en Cañé cierta animación y elegancia; el fondo 
es tan reflejo y pobre como en casi todo el novelar ro- 
mántico transplantado á tierras de América. 

Entre los colaboradores de El Iniciador, ninguno de 
personalidad más resaltante que Alberdi. La crítica 
satírica de costumbres, instrumento de los más efica- 
ces para los fines del periódico, fué, en la literatura de 
su tiempo, iniciativa suya. No es que la sátira carecie- 
se de memorables precedentes en los escritos de la an- 
terior generación. Aquella prensa turbulenta que con- 
trovertió, durante la reforma de Rivadavia, las ideas 
de la organización social y política, lo mismo con la 
gravedad del razonamiento doctrinario que con la in- 
tención irónica y mordaz, acreditó la realidad del ras- 
go que señalaba don Juan Cruz Várela en la geniali- 
dad de su pueblo, cuando afirmaba que, como el ca- 
racterizado en la expresión del gran satírico, nacía 
burlón» Algún durable elemento literario podría sacar- 
se tal vez de entre aquellas encontradas muchedum- 
bres de vocablos que combaten riendo: no, cieitamen- 
te, por la fina espiritualidad, por la elegancia, por el 
aticismo, sino en el género de aquella sátira española 
del siglo xvni, tan cerril y tan tosc2, pero tan varonil, 
tan sazonada con las especias fuertes del ingenio, que 
aun nos convida á franco y alegre reir en las páginas 
gruesas del Gerundio, y que podría tener el símbo- 
lo de sus procedimientos en el manteo de Sancho ó en 
Tomo II 10 



146 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



las tribulaciones del Buscón en la Universidad de Sala- 
manca. 

El padre Castañeda es la personificación militante 
de esa que podemos llamar edad de piedra del donai- 
re argentino. Tiene para nosotros su sátira, como la de 
las réplicas de Várela y la de quienes participaron con 
el uno ó el otro en aquellas jornadas de Fronda del 
panfleto y el diario, la curiosidad de ofrecer algo así 
como una cómica refracción de los hombres y las co- 
sas de uno de los periodos más transcendentes y so- 
lemnes en el desenvolvimiento orgánico de estos pue- 
blos, y hoy las leemos con aquel género de interés con 
que se recorre una página de caricaturas de Cham ó 
de Nadar, donde aparecen, entregando sus rasgos á la 
travesura del lápiz, aquellas figuras de otros tiempos 
que estamos habituados á mirar en las actitudes dig- 
nas y nobles con que las fija el grabado y nos las re- 
presentamos en la contemplación de la historia. 

La sátira, pues, era personal ó política cuando de- 
jaba de ser indeterminada y abstracta. Alberdi la in- 
fundió carácter social; la animó con su sentido profun- 
do de las necesidades y los intereses de la sociedad 
en que escribía; la imprimió el colorido de la localidad 
y de la época. Duraba en las formas de la sátira el 
dejo aldeano de la pendencia estrepitosa y procaz. Al- 
berdi la familiarizó con las sutilezas de la sonrisa inte- 
ligente y con las delicadas voluptuosidades de la iro- 
nía. El realizó, dentro de pequeño escenario, la obra 
que, en escenario mayor, hizo glorioso el nombre de 
Larra, mentor y maestro suyo. Para recoger su pluma 
le valían, no sólo las nativas dotes de su espíritu, sino 
también la condición del ambiente á que hubo de 
aplicarse su crítica y en el que se renovaban las irapre- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



147 



siones de la contemplación, á un tiempo reflexiva y 
sonriente, con que había asistido el crítico ilustre al 
desconcierto de una sociedad que vacilaba entre la 
atracción de un ideal que moría y la de un ideal que 
no había acabado de nacer. 

Caracteres, Figarillo en Montevideo, La cartera de 
F., Sociabilidad, Doña Rita Material, El Sonámbu 
lo (1), — los cuadros de costumbres que, prosiguiendo 
la labor comenzada en La Moda de 1837, publicó 
Alberdi en El Iniciador, — son, sin duda, de las mejo- 
res y más duraderas páginas que por aquel tiempo 
inspiró, en España y América, la imitación de las de 
«Fígaro», y constituyen el más aproximado trasunto 
de la manera del genial escritor, en su parte de obser- 
vación y de ironía, aunque ningún parentesco presen- 
ten con otros aspectos, quizá más característicos y do - 
minantes, de su obra. Faltaba en Alberdi aquel fer- 
mento romántico que entró por mucha parte en la 
complejidad del alma de «Fígaro»; el pesimismo ingé- 
nito con que solía desleír en lágrimas acerbas la pas- 
tilla de color de la sátira. En la naturaleza literaria de 
nuestro escritor no era nota que vibrase muy alto el 
sentimiento; y por otra parte, su profunda fe en la 
virtud de las ideas que dieron inspiración y norma á 
su crítica no parece quebrantarse jamás, como en el 
maestro, por la desconfianza ó la duda. 

En la crítica literaria, Alberdi debe ser considerado 
el más eficaz cooperador del gran propósito de Eche- 
verría. La idea de emancipación espiritual que, en la 
producción poética, inició el autor de La Cautiva, él 



(1) Algunos de estos artículos de Alberdi se han repro- 
ducido en el tomo I de sus Obras. 



148 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



la expresó en la doctrina y el análisis, y la aplicó con 
criterio más consecuente y más seguro. Tuvo más pre- 
cisa noción que el poeta, de los caracteres que debe- 
ría asumir una literatura americana, una vez sentado 
el principio de su posible originalidad. Trazó mejor 
que él el deslinde que, entre los elementos oportunos 
y los exóticos, reclamaba la adaptación de la nueva 
escuela de arte al ambiente de los pueblos de Améri- 
ca. Se levantó más alto sobre las limitaciones escolás- 
ticas del romanticismo. Fué, de los nuestros, el prime- 
ro en hacer de la crítica literaria, no el simple análi- 
sis retórico, sino la consideración de la obra bella ea 
sus relaciones morales, en su función social; conside- 
ración que domina, á veces exclusiva, en sus juicios, 
menos de artista que de pensador, con detrimento del 
puro y desinteresado amor del arte, que no tuvo en 
su espíritu la intensidad con que prevalece en el alma 
ardorosa de Cañé ó en el alma diáfana y serena de 
Gutiérrez. Estudios tales como ¿Qué nos hace la Es- 
paña?, La emancipación de la lengua, De la poesía 
intima, Del arte socialista, La generación presente á 
la faz de la generación pasada, reflejan bien esa apli- 
cación de la crítica de Alberdi, en su campaña de El 
Iniciador. Allí aparecen, como notas constantes, la 
liberalidad, un tanto desconcertada, del criterio, en 
puntos de lenguaje y de forma; el afán por la asimila- 
ción inmediata de lo nuevo y adaptable; la guerra te- 
naz llevada á los reductos de la tradición española, y 
una apasionada inclinación á buscar la trascendencia 
positiva, social, de la literatura, considerada, ante 
todo, como medio de propaganda y de acción. 

Aunque Juan María Gutiérrez llegó á Montevideo 
algo después de haber cesado la publicación de El 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



149 



Iniciador, colaboró asiduamente en él desde Buenos 
Aires. Su personalidad juvenil aparece claramente es- 
tampada en sus escritos del periódico. Ya le singulari- 
zaban, entre los representantes de aquella juventud, 
ciertas selectas dotes de su espíritu: la delicadeza, la 
pulcritud del gusto, el sens des nuances, que eran 
como el aire de su aristocracia intelectual; la sereni- 
dad, que estaba lo mismo en los veredictos de su crí- 
tica que en el ambiente luminoso y puro de sus versos; 
ia smplitud afirmativa, que era su virtud literaria, y 
que place encontrar en un tiempo de entusiasmos in- 
novadores. Quien lee sus primeros trabajos no reco- 
noce en ellos á un revolucionario de las ideas, como 
en los de Alberdi; ni á un romántico de la imaginación 
y el sentimiento, como en los de Cañé. Campea allí el 
asimilador difundido, pero cauto. No sólo propendía 
á un natural eclecticismo porque concillaba, de dicho- 
sa manera, el amor de la libertad con la inclinación al 
refinamiento y a! orden, sino también porque poseía 
ese don de insaciable curiosidad, en el sentido más 
alto, que lleva á quien le tiene á gustar todo sabor de 
naturaleza y de espíritu y á familiarizarse con las más 
diversas formas de lo bello. Considerado por esta pre- 
ciosa faz de su carácter, es la gallarda y cumplida per- 
sonificación de la genialidad de una época de inicia- 
ción literaria; de despertar de las energías juveniles 
de la mente, ávida de toda ciencia, enamorada de 
toda luz. 

Principia la colaboración de Gutiérrez en El Inicia- 
dor con una semblanza moral y literaria de Silvio Pe- 
llico, que precede á la traducción del décimocuarto 
capítulo de los Deberes del hombre. La figura del cau- 
tivo de Spiélberg, destinado desde la juventud á la 



150 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



persecución, ai fracaso, al infortunio; personificando 

en la prisión la suerte ingrata de la patria, y trazando 
sobre sus losas frías la resignada afirmación del deber; 
hundiéndose, cuando liberto, en triste y silenciosa pe- 
numbra, para llevar el duelo de su idea, debía presen- 
tarse iluminada por la aureola de una simpatía irresis- 
tible á los ojos de aquella juventud que, como él, sen- 
tía hambre y sed de libertad; que concentraba el alma 
entera en el anhelo de una regeneración difícil y leja- 
na, como la realidad del sueño patriótico de Péllico, y 
que desplegaba en el destierro su Iniciador, en cuyas 
páginas alternaban sus pasiones cívicas y sus ingenuos 
sueños de arte, como el evocador de Francesca de 
Rímini desplegara en Milán El Conciliador, que, bajo 
las formas de una propaganda literaria, ocultaba el 
pensamiento de redención política. 

Otra interesante página de este período que pode- 
mos llamar de iniciación, en la crítica de Juan María 
Gutiérrez, es su estudio de Meléndez Valdés. Levan- 
tándose con original arranque su juicio sobre la vulga- 
rizada preocupación que vinculó casi exclusivamente 
el nombre del poeta al repertorio erótico, hoy para 
siempre marchito y olvidado, glorificó en su obra lo 
que la crítica de nuestro tiempo reconoce como el 
más alto merecimiento de Meléndez: la iniciación de 
la poesía social, revolucionaria, pensadora, que, atra- 
vesando por el alma apasionada de Cienfuegos y por 
la grave razón de jovellanos, dió en el cantor de 
Gutenberg el modelo de aquel lirismo que consagró 
los guerreros triunfos de América y poetizó los princi- 
pios de su revolución. Una atinada referencia al hori- 
zonte inmenso que ofrecía para la regeneración de 
la poesía española, como expresión del alma de un 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



151 



pueblo preferido por las hadas de la tradición y la le- 
yenda, la escuela literaria que reveló desde otros pue- 
blos de Europa la virtud inspiradora de aquellos pres- 
tigios del pasado, realza el interés de ese estudio ju- 
venil, donde se imprime al mismo tiempo la huella 
sangrienta del alma del proscripto, en dolorosas refle- 
xiones sobre el ingenio perseguido del odio de los dés- 
potas y sobre la superioridad que se convierte en cau- 
sa de infortunios. 

Hay otro aspecto de la colaboración de Gutiérrez 
en El Iniciador, que manifiesta dotes luego descuida- 
das de su espíritu: la observación de costumbres, para 
la q ie se probó en cuadros que no carecen de gracia 
é intención; del género de los de Alberdi, é inspira- 
dos, como éstos, en el pensamiento de reforma liberal 
y civilizadora (1). Más había de perseverar en la voca- 
ción poética, que allí también ensayaba. Gutiérrez y 
Florencio Balcarce — que dejó de su malograda juven- 
tud versos vivaces y risueños, muy de otro estilo que 
aquella otra lánguida melopea de La Partida— fue- 
ron los primeros en dar eco á la iniciación de una 
poesía á un tiempo culta y popular, lírica en el sentido 
antiguo, en el sentido de cantable; iniciación que par- 
tió de ciertas melodiosas composiciones de Echeve- 
rría, y que era como una artística depuración del can- 
to plebeyo, representado por las rudas estrofas de 
Ascasubi, á fin de no hacerlo ingrato y desapacible á 
los oídos urbanos, sin quitarle por eso el aire ni el sa- 
bor de la tierra. Tal es el género á que pertenece la 
más hermosa de las composiciones que dió Gutiérrez á 
El Iiiciador, si de entre ellas se descuenta La flor del 



(1) El Hombre hormiga, El Encendedor de faroles. 



152 



JOSE ENRIQUE RODO 



aire, á cuyo colorido, genuinamente americano tam- 
bién, únese un tono menos popular y más íntimo. Me 
refiero á la delicada Endecha del gaucho, donde sin 
perder su carácter ni su propiedad, se tamiza el acen- 
to del paisano al través de una elegancia ática de 
expresión. Pero la originalidad regional de esos ensa- 
yos no hizo apartarse resueltamente al poeta, que es- 
taba vinculado por una admiración y un entusiasmo 
muy sinceros al lirismo de Várela y de Luca, del artifi- 
cio clásico, á la manera convencional de aquella es- 
cuela, que suele aparecer en otras de sus composicio- 
nes. Así, su musa, á un tiempo refinada é ingenua, se 
balanceaba, como en la hamaca la Irupeya de su pri- 
moroso romance, entre la academia y la naturaleza, 
entre el amor á lo antiguo y el deseo de lo original. 

Junto á los de Alberdi y Gutiérrez luce la mayor 
parte de los nombres en que hoy personificamos el re- 
cuerdo de aquella generación. De Félix Frías se leen 
muy elocuentes páginas de exhortación moral y de 
doctrina austera, inspiradas en la sugestión del cristia- 
nismo democrático, que apasionaba las almas en la 
prosa ardiente de Lamennais y de Lacordaire. Habló, 
asimismo, sobre Poesía nacional, pidiendo de ella la 
tendencia activa, varonil, militante, didáctica en el más 
alto sentido, que formuló en estas palabras: «Quere- 
mos ciudadanos. Queremos la ciudadanía en poesía, 
en arte, en política, en literatura». Luego, con el títu- 
lo de La Espontaneidad, defendió este principio, en 
el doble significado de la natural expresión de la con- 
ciencia colectiva y del carácter personal del escritor y 
el poeta. 

La frase concentrada, incisiva, nerviosa de Carlos Te- 
jedor, diseña, en los artículos que intituló Linajes de 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



153 



hombres y La Guerra, el rígido perfil de su figura de 
publicista y de repúblico. Bartolomé Mitre, casi un 
niño entonces, dió al periódico de la juventud sus más 
tempranos versos, y escribió, con la común pasión del 
arte doctrinador y militante, el elogio de Quintana. 
Juan Cruz Várela, Figueroa, Echeverría, contribuyeron 
alguna vez, con sus prestigios magistrales, á acreditar 
las páginas de El Iniciador. Nombres olvidados, de 
esos con que cada generación literaria paga el pontaz- 
go del tiempo, pero que en su hora significaron un 
esfuerzo más, una aspiración generosa, un valor de 
entusiasmo y estímulo, alternan con los que permane- 
cen famosos. 

El último número de El Iniciador, que lleva fecha de 
Enero de 1839, reprodujo, como la fórmula final que 
sintetizaba el espíritu de su propaganda, la profesión 
de fe redactada por Echeverría para la agrupación de 
la juventud que le reconoció por maestro. 

Menos recordado de lo que debiera, el varonil pe- 
riódico representa un momento muy digno de interés 
en la labor espiritual de su tiempo. Si de la «Asocia- 
ción de Mayo» y de La Cautiva fué el programa, de 
El Iniciador fué el primer desenvolvimiento de aquel 
grande y fecundo arranque de ideas, que imprimió su 
sello á una época política y literaria, y dilató su órbita 
del uno al otro Océano, doblando las cumbres de la 
Cordillera con un grupo juvenil de proscriptos, para 
llevar al seno de otras sociedades de América su im- 
pulso innovador. 

Como al hogar paterno, remoto é ignorado, tal vez 
de formas toscas y míseras, que dejó atrás el viajador 
que marcha al triunfo y á la gloria, á aquellas formas 
primeras de su producción y de su propaganda inte- 



154 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



lectual ha debido de volverse, en la vejez gloriosa, el 
recuerdo de esa generación de escritores, que, desti 
nada á fulgurar en lo alto de la cumbre, encendía en- 
tonces su luz como la luciérnaga perdida en el fondo 
obscuro del valle. Hay un interés y una emoción pecu- 
liares en la consideración de los orígenes humildes de 
las cosas que después se engrandecieron y magnifica- 
ron: el interés y la emoción con que se atiende á las 
anécdotas de la vida del niño que llevó en su alma la 
chispa destinada á transformarse luego en la llama del 
genio; ó á la descripción del aduar que encerró en sí 
las primeras palpitaciones del pueblo á que estaba 
reservada la predilección de la historia. Y habrá algo 
de esa emocióa y ese interés en ei sentimiento que ha 
de conmover, en el futuro, el espíritu del investigador 
literario y del bibliófilo que despejen del polvo de las 
bibliotecas las páginas olvidadas de El Iniciador. 



IV 



Ei estímulo de publicidad no tardó en renovarse, en 
periódicos de pobre cabida y de precarios alientos, 
pero que simultánea y sucesivamente se complemen- 
taban, prolongando, en el ambiente de sencillez gue- 
rrera, una vibración de juvenil y desinteresado idealis- 
mo. El propio año de 1839 salió á luz la Revista del 
Plata t donde Alberdi publicó su «Crónica dramática 
de la Revolución», y el movimiento persistió con El 
Porvenir de Cañé, El Corsario de Alberdi, El Correo 
de Domínguez, El Album de Mármol... A esta legión 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



155 



animosa agregaron Juan María Gutiérrez y Rivera In- 
darte El Talismán, que apareció durante el segundo 
semestre de 1840. En el prospecto, se preconizaba la 
oportunidad social del periodismo literario, junto al 
que refleja sólo la agitación de la vida cuotidiana. 
Colaboraron en El Talismán casi todos los escritores 
de aquel grupo memorable; y entre ellos, se entreabría 
un espíritu casi infantil, por su edad y por el candor 
de su literatura: Adolfo Berro, cuya arrebatada muer- 
te, exaltando las melancolías del gusto de la época, 
fué en el siguiente año una fecunda ocasión de poe- 
sía, en la que deshojó su más temprana flor de senti- 
miento lírico la juventud romántica de Juan Carlos 
Gómez. 

Tocaba, por este tiempo, la dominación de Rosas 
en sus extremos de atroz ferocidad. Los insurrectos 
de Paz y de Lavalle, desamparados por la alianza 
francesa, apuraban sus esfuerzos. Gutiérrez é Indarte 
sintieron llegada la hora de exacerbar la propaganda 
contra la tiranía, á que ya el último dedicaba en la 
prensa diaria su pluma; pero, para no abandonar la 
dulce afición ni aun en la práctica de la rigurosa mili- 
cia, imaginaron conciliarias mediante cierto género de 
yambos ó Castigos en forma periódica; y de esta ori- 
ginal idea nació en 1841 El Tirteo, semanario escrito, 
todo él, en versos fulminantes, y en cuanto á la inten- 
ción, no sólo buenos, sino heroicos; donde centellean 
los primeros acentos de aquel odio lírico que había de 
tener manifestación más vibrante y eficaz en los famo- 
sos alejandrinos de Mármol. Bajo del título aparecía, 
como lema, el terceto con que se acerca el Gibelino á 
las almas azotadas por lluvia de fuego: 



156 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



O vendetta di Dio, quanto tu dei 

Esser temuta da ciascun che legge 
Ció che fu manifestó agí i occhi miei! 

Catorce números llegaron á publicarse de El lirteo. 
Sólo desapareció para renacer de inmediato, y sin la 
traba del verso perpetuo, en el Muera Rosas, donde, 
con Gutiérrez, colaboraban Cañé, Alberdi, Echeverría 
y otros emigrados, uniéndose á la sátira de pluma la 
del lápiz, en dibujos que, desde Buenos Aires, enviaba 
ocultamente su autor el coronel D. Antonio Someüera. 
Duró el nuevo sagitario antirrosista hasta Abril de 
1842. Así, entre estas hojas efímeras, pero movedoras, 
y el esforzado Nacional de Indarte, preparaban la apa- 
rición de aquel glorioso Comercio del Plata, cuyo 
nombre se identifica en la posteridad con la heroica 
resistencia á la tiranía, como el de El Nacional de 
Armand Carrel con la democracia de 1830 y el de 
La Gaceta de Mariano Moreno con la hora inicial de 
nuestra Revolución. 

Mientras tanto, el anhelante amor de cultura per- 
severaba en la hospitalaria plaza fuerte, por sobre las 
asperezas de la pasión y del peligro. Aproximándose, 
en 1841, el aniversario de Mayo, el gobierno de Mon- 
tevideo quiso celebrarlo de manera que fuese estimu- 
lada y honrada aquella animación intelectual que man- 
tenía la presencia de los desterrados argentinos. A 
este fin, llamó á concurso para un canto donde se 
glorificase al gran día de América. El interés de ese 
torneo literario fué por mucho tiempo memorable en 
la crónica de la ciudad. Aspiraron al triunfo los más 
acreditados versificadores de la época: Figueroa, Már- 
mol, Rivera Indarte, Domínguez. Dió forma al dicta- 
men Florencio Várela. Juan María Gutiérrez, vencedor» 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



157 



obtuvo, con el premio, la consagración definitiva de 
su nombre y romo el derecho á vestir, literariamente, 
la toga viril. Hoy apartamos de su memoria ilustre 
aquellos lauros marchitos. Su canto victorioso, que no 
es vulgar, se queda en no serlo. Falta la vibración ge- 
nuinamente poética en el tono, á veces elocuente, y 
falta en la versificación, laboriosa y correcta, el don 
de melodía natural, que acredita la garganta del pá- 
jaro; si bien redimen á esa composición de la vulgari- 
dad la abundancia de ideas y la tendencia á sustituir, 
por un modo más intenso y jugoso, aquel vacío estré- 
pito guerrero de los cantos heroicos que había inspi- 
rado hasta entonces la emancipación americana. 

Sobrevinieron los días en que Montevideo vió avan- 
zar hacia sus muros las triunfadoras armas de Rosas. 
El contraste entre aquella debilidad y esta fuerza ge- 
neralizaba la impresión de que toda resistencia sería 
vana y de que la ciudad sucumbiría al primer empuje; 
porque no se prevé lo que es milagro del heroísmo y 
la constancia. Fué así cómo, oo bien establecido el 
asedio por el ejército de Oribe, Juan María Gutiérrez 
y Aiberdi abandonaron clandestinamente la ciudad, 
confundidos en un grupo de marinos franceses, y se 
embarcaron para Europa. Era esto en Abril de 1843. 

Durante la travesía, compusieron en colaboración 
fragmentos de un poema inspirado en las impresiones 
del viaje; poema que había de titularse Edén, del nom- 
bre del bergantín que los conducía. Aiberdi apuntaba 
en prosa la idea original, que Gutiérrez trasladaba al 
verso. 

Un año, ó poco más, permaneció este último en 
Europa. La escasez de sus medios, que no el deseo, 
forzóle á poner fin prematuro á aquella peregrina- 



158 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



ción espiritual, soñada, entonces como ahora, de todo 
americano culto; y se volvió, después de recorrer 
á grandes pasos Francia, Italia y Suiza. Llegado á 
América, hizo una corta estación en Río de Janeiro y 
Porto Alegre. Montevideo ardía en lo más premioso 
del sitio. Buenos Aires continuaba encorvado bajo la 
férula de la tiranía. El refugio donde ganar el pan del 
destierro sólo estaba del otro lado de los Andes, y allí 
se dirigió el necesitado escritor, que había de quedar 
en Chile basta que, siete años más tarde, su patria 
volvió á serlo de veras para los que, como él, no la 
diferenciaban de la libertad. 

Un grupo de emigrados argentinos se amparaba, 
desde 1841, á la hospitalidad de Santiago y Valpa- 
raíso. Componían ese grupo una parte de los ante- 
riormente asilados en Montevideo, y otros que, ya 
cuando los eligió la persecución, buscaron por escudo 
la Cordillera. Fué el primero en llegar Sarmiento, que 
por entonces tentaba su vía, probando la vocación 
desasosegada é incierta, como en un husmeo leonino. 
Tras él llegaron Vicente Fidel López, Félix Frías, Al- 
berdi, Mitre, Pinero, y uno de mi país: Juan Carlos 
Gómez. La influencia de estos emigrados fué, desde 
el primer momento, intensísima en la vida cultural de 
Chile. Por ellos se anunció en las letras el renovador 
impulso romántico; por ellos, ideas de reforma y 
emancipación intelectual penetraron en aulas y tertu- 
lias y se difundieron largamente en ía prensa. Un mo- 
vimiento de la juventud nativa, encabezada por Las- 
tarria, contribuyó á la obra de los desterrados; pero 
de éstos fué siempre la superioridad de acción y de 
prestigio. La resistencia clásica y el espíritu de auto- 
ridad tenían la más alta representación á que hubie- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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ran podido acogerse en América: don Andrés Bello. 
En el bando revolucionario, Vicente Fidel López, con 
su Curso de Bellas Letras, que tendía á liberalizar la 
disciplina retórica, y sus ensayos de la Revista de Val- 
paraíso, era el razonador, el hombre de ideas; Sar- 
miento, el combatiente arrebatado é implacable. Un 
actor argentino, que fué á la vez, entre los compañe- 
ros de Lavalle, un soldado de la libertad, Casacuber* 
ta, animaba en el teatro los héroes fulgurantes del ro- 
manticismo. Se hablaba de literatura como de nego- 
cios, de idealidades como de política. Allí, en 1845, 
apareció, en folletín de El Progreso, el Facundo. Allí 
también había de publicar Alberdi sus Bases para la 
reorganización argentina. 

La sugestión de tal ambiente no era, por cierto, la 
que hubiera podido adormecer en el espíritu de Juan 
María Gutiérrez el amor de la literatura; por más que 
la ley de la necesidad le impusiese, á su llegada, va- 
lerse de sus estudios de ingeniero y aceptar del go- 
bierno de Bulnes la dirección de la «Escuela Naval». 
Quedaban las treguas del trabajo remunerador y pro- 
saico, y fueron para el trabajo gracioso en la doble 
acepción. La querella de clásicos y románticos había 
perdido ya, cuando llegó Gutiérrez, mucho de la vio- 
lencia de las primeras jornadas, y por otra parte, ni la 
naturaleza de su espíritu ni la índole de sus ideas le 
movían á participar apasionadamente en aquellas gue- 
rras de pluma. Su emulación se concretó en obra más 
serena. Investigó, compiló; se propuso fundar la biblio- 
grafía y la biblioteca americanas. En 1846 dio á las 
prensas de Valparaíso su famosa A mérica poética, don- 
de por primera vez aparecía, con algún criterio de 
elección, nuestra modesta literatura rimada de aquel 



160 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



tiempo. Fines de utilidad didáctica le guiaron para una 
breve antología de prosa y verso: El Lector america- 
no. Bajo su dirección se reunieron en libro las compo- 
siciones líricas de Olmedo, el cantor de Junín. Pero el 
más durable recuerdo de su paso por Chile fué, sin 
duda, el hallazgo y publicación del Arauco domado, 
de Pedro de Oña, que estudió con fina inteligencia 
histórica $ crítica. 

Completó allí su actividad literaria como miembro 
de la redacción de La Tribuna, diario que vió la luz 
en 1849. Poco después, un viaje á Guayaquil y Lima 
brindóle la ocasión de ejercitar en nuevas bibliotecas 
su instinto de zahori de tesoros desconocidos ú olvi- 
dados. De aquel viaje nacieron sus estudios sobre Juan 
Bautista Aguirre, sobre Fray Juan de Ayllón, sobre 
Caviedes, sobre Peralta y Barnuevo, que enriquecerían 
las páginas de una de sus obras futuras. Hallábase de 
vuelta en Valparaíso cuando un eco de júbilo y gloria 
vino á repercutir dichosamente en su vida. Era el mes 
de Febrero de 1852. La tiranía de Rosas acababa de 
caer con estrépito, y un claro de luz se abría iluminan- 
do la patria cercana, la ciudad soñada con melancóli- 
cos recuerdos en la dura ausencia de catorce años. 
Juan María Gutiérrez tomó el camino de la Cordi- 
llera. 

Como él, los demás emigrados argentinos se resti- 
tuyeron á la patria, donde la acción política había de 
solicitar, con más ardiente halago que el juvenil sueño 
de arte, los afanes de su edad madura. La virtualidad 
literaria de aquella generación estaba ya realizada en 
lo esencial, y había dado, entre las espinas del destie- 
rro, sus frutos mejores. 

Con los trabajos de crítica, de investigación y de his- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



161 



toria de la cultura americana, que emprendió Gutiérrez 
durante su permanencia en el Pacífico, se puso en obra 
la parte fundamental y más preclara de sus talentos: 
la parte que verdaderamente le caracteriza y le atribu- 
ye su significado propio y eminente en el conjunto de 
sus contemporáneos. Pero, antes de volver á él y á su 
aplicación de historiador y de crítico, quiero dete- 
nerme á considerar el aspecto general de la labor de 
aquella época, por lo que se refiere á la literatura, va- 
lorando de paso algunas de !as aplicaciones secunda- 
rias con que concurrió él mismo á esa labor. 



V 



£L AMERICANISMO LITERARIO 



La idea dominante, el propósito tenaz, aunque des- 
igualmente realizado, que infunde carácter y unidad á 
la obra literaria de la generación de Juan María Gu- 
tiérrez, es la reivindicación de una autonomía intelec- 
tual; es el anhelo de imprimir á las primeras tentati- 
vas de una literatura americana sello peculiar y dis- 
tinto, que fuese como la sanción y el alarde de la in- 
dependencia material y complementara la libertad del 
pensamiento con la libertad de la expresión y de la 
forma. 

De los ensayos de aquel tiempo procede el impul- 
so original de americanismo que, persistiendo hasta 
nuestros días, ha compartido con las más exóticas 
Tomo II 1 1 



162 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



tendencias de la imitación el interés de nuevas gene- 
raciones, y mantiene, en todas partes de América, un 
movimiento literario que se propone dirigir principal- 
mente la atención del escritor á los cuadros é impre- 
siones de la naturaleza, á las formas originales de la 
vida en los campos donde aun lucha la energía del re- 
toño salvaje con la savia de la civilización invasora, y 
á las leyendas del pasado, en que infunden su candida 
y heroica poesía los albores históricos de cada pueblo. 

Atribuir el significado de una afirmación del espíri- 
tu de nacionalidad á la preferencia otorgada á esos y 
otros análogos motivos, no envuelve una idea falsa, 
pero sí una idea que requiere extensión y comple- 
mento. Es indudable que el carácter local de una lite- 
ratura no ha de buscarse sólo en el traslado de los co- 
lores de la naturaleza física, ni en la expresión pinto- 
resca ó dramática de las costumbres, ni en la idealiza- 
ción de las tradiciones con que teje su tela impalpable 
la leyenda para decorar los altares del culto nacional. 
Más extensa, más varia» es la raíz que anuda la crea- 
ción del poeta al suelo donde se produce. En la re- 
presentación de las ideas y los sentimientos que flotan 
en el ambiente de una época y determinan la orienta- 
ción de la marcha de una sociedad humana; en la 
huella dejada por una tendencia, un culto, una afec- 
ción, una preocupación cualquiera, de la conciencia 
colectiva, en las páginas de la obra literaria; y aun en 
las manifestaciones del género más íntimo y personal 
cuando, sobre los signos de la genialidad del poeta, se 
estampan los de la índole afectiva de su pueblo ó su 
raza, el reflejo del alma de los suyos, puede buscarse, 
no menos que en las citadas formas, la impresión de 
aquel sello característico. Además, no es tanto la for- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



163 



zosa limitación á ciertos temas y géneros, como la 
presencia, en lo que se escribe, de un espíritu autóno- 
mo, de una cultura definida, y el poder de asimilación 
que convierte en propia substancia cuanto la mente 
adquiere, la base que pueda reputarse más firme de 
una verdadera originalidad literaria. 

No desconocían ni ignoraban esto los directores de 
aquella generación. No desconocían ni ignoraban que 
la interpretación estrecha de la idea de americanismo 
que desplegaban por bandera, apenas habría dado de 
sí una originalidad obtenida al precio de incomunica- 
ciones y desconfianzas; originalidad que, tratándose 
de pueblos sin madurez para educar aparte de todo 
magisterio extraño su pensamiento, valdría tanto como 
pobreza de fondo é ingenuidad pueril ó aldeaniega. 
Ellos sabían bien que una cultura novel y fundada en 
libertad sólo va en camino de ser fuerte cuando ha 
franqueado la atmósfera que la rodea á los cuatro 
vientos del espíritu, y que la manifestación de inde- 
pendencia que puede reclamársele es el criterio pro- 
pio que discierna de lo que conviene adquirir en el 
modelo lo que hay de falso é inoportuno en la imi- 
tación. 

Propendiendo, con el impaciente amor del neófito, 
á asimilar cuanto fuese arte, saber, selección de hábi- 
tos é ideas, no podía ocultárseles que el desenvolvi- 
miento de la vida de ciudad exigiría progresivamente 
entre nosotros, del escritor y el artista, una profunda 
atención para nuestras inquietudes espirituales, que 
son, no las de una determinada latitud de la tierra, 
sino las de todos los pueblos vinculados por el genio 
de una misma civilización; y que, á medida que nues- 
tra capacidad literaria adelantase, había de adquirir 



164 



JOSE ENRIQUE RODÓ 



superior importancia, sobre la espontánea sencillez 
del tema nativo, aquel elemento de interés que deno- 
minaba Ixart la vitalidad intelectual de los asuntos. 

Pero, entonces como ahora, el americanismo de pai- 
sajes, tradiciones y costumbres, si bien era incapaz de 
dar la fórmula de una cultura literaria que abarcase 
toda la substancia poética é ideal de nuestra existen- 
cia, que satisficiera todas las aspiraciones legítimas de 
nuestro espíritu, representaba una parte necesaria, y 
la más íácilmente original, dentro de la complejidad 
de una literatura modelada en un concepto más am- 
plio; y aun con mayor oportunidad ahora que enton- 
ces, él se adapta á un interés de la realidad social, 
por lo mismo que aumenta progresivamente el arraigo 
de los temas más universales, y que en esas ráfagas 
de antigüedad y de naturaleza puede venir cierta vir- 
tud tónica y salubre para la conciencia de pueblos un 
tanto descaracterizados por el cosmopolitismo y un 
tanto negligentes en la devoción de su historia. 

Interesa á nuestro objeto examinar hasta qué punto 
aquella generación iniciadora pudo hallar, en su es- 
fuerzo de originalidad nacional, precedentes que lo 
facilitaran; refiriendo estos precedentes, no sólo á la 
circunscrita idea de americanismo que hemos precisa- 
do, sino á cualquiera otro reflejo directo de la realidad 
y á cuanto importa dar expresión á las espontaneida- 
des y energías del sentimiento colectivo. 

Vano sería buscar en el espíritu ni en la forma de 
la literatura anterior á la Emancipación una huella de 
originalidad americana. No eran influencias de escuela 
las que principalmente se oponían á la aparición de 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



165 



esa originalidad, sino, ante todo, las condiciones de la 
vida y el tono de los caracteres. 

El principio de imitación de modelos irreempla- 
zables, base de las antiguas tiranías preceptivas, eran, 
con relación al pensamiento y á la sociabilidad de la 
colonia, una fuerza que trascendía de su significado y, 
alcance literario, para convertirse en la fatal imposi- 
ción del ambiente y en el molde natural de toda ac- 
tividad, lo mismo se tratara de las formas de la 
producción intelectual que de otra cualquiera de las 
manifestaciones del espíritu. La colonia, privada de 
toda espontaneidad en la elección de las ideas y la 
confesión de los sentimientos; enteramente extraña al 
poder que gobernaba sus destinos y al magisterio que 
modelaba su cultura; dócil arcilla dentro de una mano 
de hierro, no pudo sino imitar el modelo literario que 
venía sellado por la autoridad de que recibía leyes, 
hábitos, creencias. El remedo servil estaba en la natu- 
raleza del terreno de que se nutría aquella lánguida 
vegetación literaria, como lo estaba el gusto prosaico 
y enervado, que, sin dejar de explicarse por las in- 
fluencias y por los modelos de la decadencia española, 
era también el reflejo de la monotonía tediosa de la 
vida y del tímido apagamiento de la servidumbre. 

Nacida de ocios fríos, la obra del escritor no res- 
pondía á un interés social ni lo suscitaba. Poco tenía 
aquella paz, sin belleza ni espíritu, de la superior se- 
renidad en que da su flor una cultura. Aun tenía me- 
nos del ambiente propicio á aquel género de pensa- 
miento y de arte, rudo, pero intenso y sanguíneo, que 
brota délos entusiasmos de la acción y de «las dispu- 
tas de los hombres». 

Sin duda, una gran parte de la literatura de la co- 



166 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



lonia era la expresión de los sucesos reales y actuales 
de la sociedad en que se producía; v. gr.: la abomina- 
ble literatura de recepciones, de exequias, de fiestas 
reales, que arropaba vistosamente la lisonja servil y 
añadía un son vano al decoro de las ciudades donde 
se asentaba la autoridad de ios virreyes; pero la cons- 
tante trivialidad de aquellos sucesos quita todo valor 
significativo á las páginas que los reflejan. Es el diario 
de una travesía sin percances, en sempiterna calma, 
bajo inmutable toldo de bruma. 

Y si el carácter de la producción literaria no podía 
originarse de la presencia de un alma colectiva, que 
imprimiera á la sociedad colonial sello peculiar y dis- 
tinto, tampoco era posible que brotara de la dilatación 
del alma española al través del Océano que dividía el 
inmenso imperio, ni que recogiera su inspiración en 
los recuerdos y los sentimientos de raza simbolizados 
en la bandera que tendía su sombra desde las colum- 
nas de Hércules hasta el Golfo de Méjico y el Estre- 
cho de Magallanes. 

El progresivo desvanecimiento de la conciencia de 
esa unidad moral, en las colonias americanas, y la pér- 
dida de todo sentimiento de la gloria y la tradición de 
la metrópoli, son hechos que inspiraron al gran viajero 
de quien ha podido exactamente decirse que realizó á 
principios del pasado siglo un segundo descubrimiento 
de nuestra América, observaciones llenas de interés. 
«Las memorias nacionales - afirma Humboldt — se pier- 
den insensiblemente en las colonias, y aun aquellas 
que se conservan no se aplican á un pueblo ni á un lu- 
gar determinado. La gloria de Pelayo y del Cid Cam- 
peador ha penetrado hasta las montañas y los bosques 
de América; el pueblo pronuncia algunas veces esos 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



167 



nombres ilustres, pero ellos se presentan á su imagi- 
nación como pertenecientes á un mundo puramente 
ideal ó al vacío de los tiempos fabulosos» (1). 

En cuanto á las memorias y las leyendas de las ra- 
zas que representaban la tradición de libertad salvaje 
de América junto á la posteridad del conquistador, 
sólo con las protestas de la Independencia pudo venir 
la reivindicación de tales reliquias del pasado como 
cosa propia de la tierra, como abolengo de su historia. 
«El colono de la raza europea — añade Humboldt — se 
desdeña de cuanto tiene relación con los pueblos ven- 
cidos. Colocado entre las tradiciones de la metrópoli 
y las de la tierra de su cuna, considera las unas y las 
otras con la misma indiferencia, y muy raras veces 
arroja sus miradas sobre lo que fué.» 

Mudo y sin alma lo pasado; ajena la realidad ac- 
tual á todo estímulo de pasión é interés, y cerrado, 
por una fatalidad que excluía todo objetivo de la vo- 
luntad, el horizonte del porvenir, no era posible para 
la vida colectiva la expresión literaria, ni para la obra 
del pensamiento individual la repercusión de simpatía 
que la trocase en idea y sentimiento de todos. La 
contemplación de una naturaleza cuya poesía desbor- 
dante no había sido traducida al lenguaje humano ja- 
más; los rasgos propios que determinaba en las cos- 
tumbres la lucha de la civilización y el desierto, sólo 
hubiera sido posible que brindaran inspiraciones de 
originalidad á la lírica y la narración, si estas formas 
de arte hubiesen reposado, para las escuelas de aquel 
tiempo, en la imitación de la vida. 



(1) Humboldt: Viaje á las regiones equinocciales del 
Nuevo Continente, cap. V, libro II. 



168 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Con la proximidad de la Revolución, ciertas auda- 
cias é inquietudes del pensamiento aceleran las pulsa- 
ciones de la imprenta colonial, como herida de la 
emoción del presagio y el apercibimiento. Uno de los 
signos reveladores de la fundamental transformación 
que se operaba en el espíritu público es, en los últi- 
mos tiempos de la colonia, la vibración creciente de 
los afectos,* las preocupaciones y las^necesidades so- 
ciales en la palabra escrita; el movimiento de publici- 
dad que iniciaren en Buenos Aires las memorias de 
Belgrano y los trabajos de Vieytes, para la propagan- 
da de la libertad económica, y que debía tener su más 
resonante manifestación de elocuencia en el Memorial 
de los ^Hacendados, y su nota de sentimiento en el 
canto de triunfo con que el Rouget de Lisie de las fu- 
turas victorias de la Revolución ungía la frente de la 
poesía inspirada en las altiveces del honor popular y 
en los arrobamientos de la gloria, sobre las calles don- 
de aun no se había oreado el riego de sangre de la 
Reconquista. Y como elemento de este ejercicio de 
aprendizaje del pensamiento propio, en vísperas del 
tiempo en que él sería el motor de la marcha de la 
colonia emancipada, nace el amor al estudio de los 
orígenes históricos del Virreinato, que no se manifies- 
ta sólo por la investigación erudita y la exposición in- 
diferente, sino que se colora ya, en los escritos de 
Funes, de Araujo, de Rivarola, y en las monografías 
locales que los primeros periódicos acogen en sus pá- 
ginas, con ciertos toques de sentimiento tradicional y 
patriótico; al paso que se generalizaban, entre los te- 
mas preferidos de aquellos mismos periódicos, las 
descripciones geográficas del suelo, con que se con- 
tribuía á fijar y definir la noción material de la patria 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



169 



que se esbozaba. Pero aun tuvo una manifestación 
más genuinamente literaria ese sentimiento naciente 
de las cosas propias, y es el bosquejo de una poesía 
inspirada en la originalidad de la tierra, que Labardén 
trazó, remontando á la entonación del lirismo la ima- 
gen de la naturaleza y probando calzar con el cotur- 
no trágico la leyenda de la América primitiva. 

Sobrevino la época en que pudo manifestarse sin 
reatos el espíritu de la colonia transfigurada en pue- 
blo autónomo. La literatura de !a Independencia ame- 
ricana, como la actividad de los tiempos á que dió ex- 
presión, fué absorbida por un sentimiento y una idea. 
Reflejando esta inalterable unidad del espíritu de una 
época heroica, fué aquella literatura eminentemente 
nacional; pero no pudo serlo si por nacionalidad lite- 
raria ha di entenderse una expresión más compleja y 
armónica de la vida de un pueblo, ni, aún menos, si se 
exige la condición de la forma propia y espontánea. 

La poesía de la revolución argentina, que Juan Ma- 
ría Gutiérrez pudo justicieramente enaltecer en el con- 
junto de la de los pueblos de América, como la que 
más estrechamente vinculada se mantuvo á la épica 
realidad de los tiempos; la que lleva en sí una expre- 
sión más sostenida del sentimiento de la libertad y una 
glorificación más constante de sus triunfos, hubo de 
compensar esta superioridad marcial con una fisono- 
mía más austera y monótona, menos complementada 
por otros elementos y formas de poesía, que se agru- 
paran, como notas armónicas, en torno de la nota 
guerrera, descubriendo, por decirlo así, la carne bajo 
Ja coraza; destacando un relieve personal, de amor, de 
tristeza ó de abandono, sobre la uniforme expresión 
de los entusiasmos comunes. Cualquier persistente 



170 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



propósito de tributar, en otros altares que los de la 
acción, pensamiento ó belleza, habría parecido, du- 
rante aquellos veinte años, signo de extranjería y 
egoísmo: tal como si, en Esparta, se hubiera osado 
modificar, con los sones de la molicie y ei deleite, la 
inmutable simplicidad del ritmo dorio, el tono sugeri- 
dor de la altivez viril y del impulso del combate. 

Dentro de esta unidad monocorde, el espíritu na- 
cional de la poesía de la Independencia se hubiese ma- 
nifestado plenamente si para ello bastara con la índole 
del tema y la sinceridad de la emoción. En la concien- 
cia del poeta, aquella poesía era toda ingenuidad y 
toda sentimiento; pero era artificial en su realización, 
y sus imágenes clásicas de libertad y de heroísmo lo 
figuraban todo menos el cuerpo real, colorido y vi- 
viente de la patria, por más que se caldearan en su 
amor y se aplicasen á sus victorias y á sus héroes. 

Había, sin duda, cierto carácter de oportunidad y 
de verdad interna en este propio clasicismo de la 
forma, que no llegaba sólo por abstracta influencia 
literaria á la fantasía del poeta, sino que se relaciona 
ba con las inspiraciones más activas y eficaces de la 
Revolución, sellada, desde su origen, por la pasión 
del genio clásico, que, como ideal, mejor ó peor inter- 
pretado, de gloria y de grandeza moral, había presi- 
dido al desenvolvimiento de aquella otra revolución 
humana á cuyo ejemplo se modeló, en gran parte, la 
de 1810. Pero la sinceridad del entusiasmo con que 
los hombres de la generación creadora de América se 
transportaban en espíritu á la antigüedad y aspiraban 
á que se les considerase los discípulos de sus guerre- 
ros, de sus legisladores y de sus tribunos, si bien le- 
vanta el clasicismo de esa poesía sobre la condición 



EL MORADOR DE PROSPERO 



171 



de un vano amaneramiento retórico, no la mantiene 
con ello menos desarraigada del suelo firme y resis- 
tente á la sugestión colectiva. Faltos de la percepción, 
ó del aprecio, de las originalidades de la realidad que 
los rodeaba, aquellos poetas sacrificaron ía fisonomía 
natural y el elemento distintivamente pintoresco de la 
lucha á la imitación del mundo soñado donde tenían 
cautivo el pensamiento; sin una pincelada que diese la 
nota singular del escenario y la actitud y el gesto pe- 
culiares del actor; sin una estrofa, olvidada de lo anti- 
guo, que guardara la repercusión del galope de la 
montonera al través de las cuchillas y las pampas; que 
reflejase una imagen de los Andes, por donde cruza- 
ron los cóndores de San Martín, y modelara en bronce 
la escultura heroica del gaucho. 

Germinaba en las trovas del payador, del gaucho 
guitarrero y vagabundo, una hermosa poesía popular, 
que el poeta clásico consideraba con el desdén del 
trovador palaciano por el romance del juglar villanes- 
co; pero este desdén mantenía desvinculada del movi- 
miento literario y del espíritu del hombre de ciudad 
esa espontánea floración de los campos. El clasicismo 
del siglo xvii!, en que tuvo la escuela de los poetas de 
la independencia su modelo, había profundizado, has- 
ta hacerlo irreconciliable, el divorcio entre la inspira- 
ción popular y la erudita, obstinándose en el propósi- 
to de formar alrededor del poeta noble y selecto una 
atmósfera diferente de aquella en que respiraba la mul- 
titud. De este lado del Plata, donde la vida pastoril y 
gauchesca halló su origen; donde la revolución adqui- 
rió el áspero fermento democrático que la salvó para 
la libertad, un payador semiculto, Hidalgo, ensayó in- 
terpretar en forma escrita el balbuceo de la imagina- 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



ción del paisano. Pero esta poesía, ni pasó de diálogos 
festivos que sólo muy superficialmente reflejaban el 
sentimiento popular, ni tuvo el más mínimo contacto 
con el raudal de aquella otra que, después de cantar 
al modo clásico las victorias guerreras, apuraba la so- 
lemnidad de sus acentos para servir de olímpica coro- 
na al liberalismo enconado y patriótico de Rivadavia. 

No era posible, dentro del gusto de la época, la 
obra de reconciliación que había de ser el significado 
prestigioso de La Cautiva, su mérito de oportunidad, 
tan superior á su valer de arte; la obra de nacionalizar 
el espíritu de la poesía en que florece la cultura urba- 
na y ennoblecer la forma del verso inspirado en el sen- 
tir agreste del pueblo. Para que pudiera ser escrita 
aquella obra de iniciación; para que el canto del poeta 
adquiriera cierta originalidad expresiva de las cosas 
propias, era menester que un vuelco radical de las 
ideas literarias se verificara y que salvase los mares el 
influjo de una revolución que debía ofrecerse al pen- 
samiento de América con los halagos de una nueva 
sanción de su autonomía en cuanto propagaba á los 
dominios da la forma el aura bulliciosa de la libertad. 

Estaba en las afirmaciones y en los ejemplos del 
romanticismo la benéfica idea de la nacionalización de 
las literaturas. Reaccionando contra la nulidad del mo- 
delo insustituible y del precepto inviolable, aquella 
gran revolución reemplazaba con la espontaneidad 
que condujese á cada pueblo á la expresión de su ca- 
rácter propio, la imitación que á todos los identificaba 
en la misma falsedad, y oponía la filial vinculación del 
verbo literario con lo del suelo, la época y el uso, á la 
abstracción de un clasicismo que, indiferente á toda 
realidad determinada, presentaba el tipo universal por 



EL MINADOR DE PROSPERO 



173 



norma de arte y aspiraba, no á la reproducción direc- 
ta y concreta de las cosas, sino á la significación de la 
verdad ideal depurada de todo accidente, vale decir, 
de todo rasgo local, de toda peculiaridad histórica, 
de todo relieve de originalidad. 

La poesía dejaba de ser considerada como el patri- 
monio de ciertas selectas civilizaciones que hacían du- 
rar su espíritu en la herencia de perennes, modelos, y 
pasaba á ser un don universal, un don humano, cuya 
originalidad daba, en cada una de sus formas históri- 
cas, la medida de su valor, y cuya crítica había de fun- 
darse en el modo de pensar y sentir propio de cada 
raza y cada pueblo, en el estudio, en su naturaleza, 
sus costumbres y sus tradiciones. 

A aquel impulso igualitario con que la hegemonía 
del clasicismo francés había derribado en Europa las 
aras de los viejos dioses nacionales, en arte y poesía, 
sucede, dondequiera que repercute el grito de gue- 
rra de los innovadores, la altiva afirmación del propio 
abolengo literario. Shakespeare, la Comedia españo- 
la, el Romancero, las Canciones de gesta, los Nibe- 
lungos y las Sagas reverdecieron con el aroma y la 
virtud del terruño. 

Levantábanse así las voces de los pueblos, que Her- 
der percibía en el hervor de ideas de aquel comienzo 
de siglo, y por primera vez se aspiraba de manera 
consciente á que las literaturas fuesen la expresión de 
la personalidad de las naciones, como el estilo es la 
expresión de la personalidad del escritor. Un centenar 
de colores se alzaba sobre el blanco frontón de la an- 
tigüedad. 

Muchas de las notas características de aquella re- 
volución espiritual, del modo como ella prevaleció en 



174 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Europa, discordaban con el ambiente americano. Ni 
entendido el romanticismo como movimiento de reac- 
ción artística, que buscaba sus inspiraciones en el es- 
píritu de una edad cuya evocación no hubiera tenido 
en América sentido razonable; ni como escuela de 
falso idealismo, que ilegó á desdeñar, no menos que 
el sistema de imitación contra que había protestado, 
los fueros de la realidad; ni como manifestación lite- 
raria de aquellos estados de conciencia que reflejaron 
sobre la frente de las generaciones románticas sus 
sombras, y que tradujeron los poetas de la época en 
clamores de rebelió/i individual y de conflicto íntimo, 
traía consigo una fórmula satisfactoria y oportuna con 
relación al carácter y á la expresión natural de pue- 
blos que vivían su niñez; que no podían participar, 
como signo social persistente, de las nostalgias y con- 
gojas nacidas de la experiencia de las sociedades, y 
que necesitaban, ante toda cosa, de aquel «conoci- 
miento de uno mismo», que, como fué la inscripción 
del templo clásico, debía ser la heráldica empresa de 
su literatura. Pero podían esos pueblos tomar por 
punto de partida y por estímulo eficaz en la forma- 
ción del pensamiento propio, el principio de libertad 
que el romanticismo propagaba con sus victoriosas 
banderas, y podían modelar en el ejemplo de la enér- 
gica reivindicación de nacionalidad literaria que la 
nueva escuela suscitó en todas partes, un ideal de 
poesía capaz de desenvolvimientos fecundos. 

La variedad de formas, de sentimientos, de mode- 
los, abría, además, un campo de elección mucho más 
vasto, dentro de la imitación misma; y el impulso que, 
reaccionando contra la reserva aristocrática del espí- 
ritu literario, lo difundía, como por una evangelización 



EL MIRADOR DEPROSPERO 



175 



de la belleza, entre todos los hombres, no podía me- 
nos de facilitar la expresión de la índole propia de 
nuestras sociedades. 

La literatura descendía de la academia y el liceo, 
para poner la mano sobre el corazón de la muchedum- 
bre, para empapar su espíritu en el hálito de la vida 
popular. El poeta americano contó, en la obra de crear 
una expresión nueva y enérgica para la naturaleza y 
las costumbres, con otra gran conquista del romanti- 
cismo: la democratización del lenguaje literario, el bilí 
retórico que concedió los fueros de la ciudadanía á 
esa «negra muchedumbre de las palabras», que Hugo, 
en las Contemplaciones, se jactaba de haber confundi- 
do con «el blanco enjambre de las ideas», anonadan- 
do la distinción entre vocablos patricios y vocablos 
plebeyos. Dentro de los límites del lenguaje poético 
del siglo xvni, con su veneración de la perífrasis y su 
desprecio del habla popular: la escuela de lenguaje 
que hacía del Homero de Mme. Dacier un poeta de 
la corte y llevaba á Shakespeare á la alquitara de Du- 
cís, no hubiera sido posible el sabor de naturalidad de 
La Cautiva ni la palpitante crudeza del Facundo. 

La narración rompía los moldes estrechos y con- 
vencionales de la épica de escuela, y se dilataba por 
la fr¿nca extensión de la poesía legendaria, del cuento 
popular, de la novela histórica ó de costumbres, for- 
mas mucho más adaptables á la expresión de las pecu- 
liaridades de región y de época, y mucho menos 
difíciles de tratar con inspiración personal é innova- 
dora. 

Manifestábase en la lírica el sentimiento de la natu- 
raleza, parte necesariamente principal en toda litera- 
tura genuinamente americana, y la descripción anima- 



176 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



da por la presencia del espíritu, por la poesía de la 
contemplación, traía á la luz uno de los más hondos é 
inexplotados veneros de belleza con que hubiera po- 
dido enriquecerse la palabra artística. 

Tantos estímulos de originalidad, tantos ejemplos é 
influencias que convidaban á la libre expresión de las 
cosas propias, concluyeron por prevalecer sobre los 
amaneramientos de escuela; y después de las primeras 
tentativas de imitación desencaminada y exótica, ro- 
manticismo y emancipación literaria nacional fueron 
términos que se identificaron en el espíritu innovador 
de Echeverría. La juventud que le reconoció por maes- 
tro entendió, aún con más consecuencia y precisión, 
la identidad de ambas ideas; y así, la conquista de una 
originalidad americana fué, en materia de arte, el gran 
sueño de la generación que hizo de aquella desigual y 
embrionaria Cautiva el símbolo de sus entusiasmos 
literarios y la amó como una poética representación 
de la patria ausente, que evocaba, en las horas amar- 
gas del destierro, imágenes queridas y músicas de la 
memoria. 

Juan María Gutiérrez, Mármol, Magariños Cervan- 
tes, continúan el camino iniciado por Echeverría, en 
la descripción lírica del suelo y la reproducción de ti- 
pos y costumbres; la prosa descriptiva amanece en 
páginas de Alberdi y Marcos Sastre; el Facundo da la 
expresión dramática de la vida del desierto, y los Re- 
cuerdos de Provincia la de la interioridad local y do- 
méstica en los centros urbanos; Vicente Fidel López 
prueba á encerrar en la forma narrativa con que el 
imaginador de ¡vanhoe había ensanchado los límites 
de la historia por los procedimientos peculiares del 
arte, su visión del pasado de América; la poesía po- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



177 



pular renace personificada en Ascasubi, que transmite 
la guitarra del payador á las manos donde ella había 
de vibrar con la sabrosa relación de Martin Fierro; y 
el mismo Alberdi, que consagró las primicias de su 
pluma á la descripción de la naturaleza física, refleja 
en animados cuadros de costumbres la fisonomía de la 
vida de ciudad, y lleva á la propaganda de cuanto im- 
porte una tendencia de emancipación del pensamiento 
americano todas las fuerzas de su crítica valerosa y 
sagaz. 

Consideraremos esta obra de reivindicación de la 
autonomía literaria en sus dos caracteres principales: 
el sentimiento de la naturaleza y el sentimiento de la 
historia. 



VI 

EL SENTIMIENTO DE LA NATURALEZA 



En los comienzos del pasado siglo, rasgando ines- 
peradamente la atmósfera de afectación y de frialdad 
de la literatura de su tiempo con el soplo de la natu- 
raleza y la pasión, un libro se publicaba en Francia, 
que los corazones acongojados todavía por el horror 
del apocalipsis revolucionario acogieron con íntima y 
ansiosa gratitud. Tenía la oportunidad de la palabra 
que lleva al oído del enfermo acentos de piedad y ter- 
nura. Hablaba, en medio de una sociedad sacudida en 
sus cimientos por el desborde de todas las violencias 
Tomo II 1 2 



178 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



humanas, del encanto de la soledad, del misterio repa- 
rador de los desiertos infinitos, y era como un soplo 
balsámico venido de Occidente para dulcificar el ar- 
dor del ambiente inflamado en el olor de la sangre y 
de la pólvora. 

Aquel libro: la Atala — precediendo al que, por 
obra del mismo grande escritor, asoció á la palabra 
del hastío y la desesperación la poesía, también, de 
la soledad ~ , traía consigo al mundo literario la reve- 
lación de la naturaleza de América. 

Y esta virgen naturaleza, estudiada como escenario 
de pasiones insólitas y hondas melancolías, por el es- 
critor de Bretaña, se manifestaba, poco tiempo des- 
pués, como objeto de distinto género de contempla- 
ción y distinto sentimiento, en las obras del gran via- 
jero cuya figura domina la historia geográfica de su 
siglo desde alturas que tienen la majestad del Chim- 
borazo, que fué una vez su pedestal. En 1807, Alejan- 
dro Humboldt comenzó á publicar el Viaje á las re- 
giones equinocciales del Nuevo Continente, donde es- 
tán comprendidos los Paisajes de las Cordilleras. 

El poeta sabio del Cosmos no había llevado en su 
espíritu, al seno de las selvas y los desiertos america- 
nos, el acicate del dolor, ni la inquietud de una perso- 
nalidad desbordada y rebelde, como la que se expresó 
por la elocuencia lírica de René; sino la huella de 
aquel ambiente sereno y luminoso que imprimió en la 
cultura de los grandes días de Wéimar un sello de 
universalidad y de armonía que no ha vuelto á presen- 
tarse en el mundo, y que hizo de sus sabios, hombres 
de fantasía y sentimiento; de sus poetas, hombres de 
ciencia. 

Con la obra de la observación y del análisis armo- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



179 



nizó el gran viajero, merced á esa norma de educa- 
ción íntegramente humana y á la complejidad de su 
genio propio, una nota contemplativa, que, realzando 
la elemental idealidad de toda investigación elevada, 
inflama á la ciencia en espíritu poético. Grande y fe- 
cunda poesía, que desciende, al modo de las corrien- 
tes majestuosas nacidas en las cumbres donde reina 
la perpetua paz, no del sentimentalismo egoísta que 
hace girar el espectáculo del mundo en torno á sus 
cuitas y dolores, sino de la visión amplia y serena, 
en que se conciertan todos los dones superiores del 
pensamiento y de la sensibilidad, como para contra- 
poner al enseñoreado orden de las cosas el orden so- 
berano del espíritu que las contempla. 

Humboldt y Chateaubriand convirtieron, casi simul- 
táneamente, la naturaleza de América, en una de las 
más vivas y originales inspiraciones de cuantas anima- 
ron la literatura del luminoso amanecer del pasado 
siglo: el uno, por el sentimiento apasionado que tien- 
de sobre la poética representación del mundo exterior 
la sombra del espíritu solitario y doliente; el otro, por 
cierto género de transición de la ciencia al arte, en 
que amorosamente se compenetran la observación y 
la contemplación, la mirada que se arroba y la mirada 
que analiza. 

En la naciente literatura de América debía despun- 
tar bien pronto la misma generosa inspiración, como 
una de las formas inmediatas que asumiría la espon- 
taneidad del sentimiento sustituida al tema convencio- 
nal y á la imitación de lo extraño. La nota más inten- 
sa de originalidad que pueda señalarse en los albores 
de la poesía americana, con relación á los anteceden- 
tes y los modelos de la literatura española, es, sin 



180 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



duda, la que procede de la directa comunicación con 
la naturaleza física: no sólo por lo real y poderosa ori- 
ginalidad de esta naturaleza, bastante á comunicar 
sello distinto y vida propia á la poesía que se acogie- 
se á su seno, sino también porque el entendimiento 
poético del paisaje y la simpatía profunda con las 
cosas no fueron nunca de los más ricos veneros en la 
tradición de aquella literatura. 

Descartados los cuadros de égloga é idilio por su 
falsedad ó su indeterminación; no de otro tono que 
ellos las descripciones de la novela, y circunscrito á 
las mismas reminiscencias pastoriles y al sentimiento 
horaciano de la soledad el amor de la naturaleza en la 
lírica, sólo por excepción puede notarse en aquella 
delicada ternura con que los místicos solían conside- 
rar la obra de su Dios en las bellezas del mundo; en la 
opulenta vena de lirismo que corre abrazada á las fic- 
ciones del teatro, y en la frescura agreste de algunas 
de las canciones populares que asoman entre el follaje 
de los Cancioneros, la impresión directa y sentida de 
la realidad natural. 

Los que aspiraron á épicos de la conquista america- 
na apenas pararon su atención en la virgen naturaleza 
que les brindaba su copa de poesía rebosante. El ma- 
yor de ellos, Ercilla, si puso á prueba su maestría pic- 
tórica, no fué para tomar de la realidad la sublime 
grandeza de la Cordillera, sino para fantasear el valle 
fabuloso (1) que compite con las más bellas descrip- 
ciones convencionales de los clásicos, como la de la 
isla embalsamada de Camoens y la del alcázar encan- 
tado que el Tasso imaginó para su Armida. Los otros, 



(1) La Araucana, canto XVII. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



181 



que no fueron poetas, no tuvieron tampoco el mérito 
del intento en esta parte. Las más grandes cosas que 
puede ofrecer el espectáculo del mundo se embotaban 
en su sensibilidad: la contemplación de la noche en el 
desierto, que sólo sugería á nuestro Arcediano Cen- 
tenera el pretexto de un vano sueño mitológico (1); 
la esplendidez orgiástica de la vegetación tropical, 
que era apenas, en la Lima fundada, de Peralta y 
Barnuevo (2), objeto de una enumeración de her- 
bolario. 

Hubo de esperar la poesía de la naturaleza al ama- 
necer de una conciencia americana. 

En los años en que Humboldt visitó la Caracas es- 
piritual y pensadora de las postrimerías del régimen 
colonial, brillaba en sus tertulias literarias la figura de 
un poeta adolescente, que cultivó el trato del sabio y 
le acompañó en algunas de sus excursiones científicas. 
Estaba reservado á aquel poeta, en cuyo espíritu no 
debía desvanecerse jamás la huella dejada por la pa- 
labra del viajero, la gloria de ser uno de los dos ilus- 
tres heraldos del sentimiento de la naturaleza de Amé- 
rica en su literatura propia; y fué, en gran parte, obra 
de la virtud inspiradora de aquella amistad intelectual 
y del ejemplo de los Paisajes y los Cuadros de Hum- 
boldt, el sentimiento estético que, acendrado por una 
larga preparación del pensador y el artífice, y estimu- 
lado por la inteligencia delicada y profunda de las 
descripciones de los clásicos, produjo, como fruto 
moroso, la Silva limpia y severa en que Bello armoni- 
zó con la exhortación á la labor y la paz, dirigida á 



(1) La Argentina, canto XIII. 

(2) Lima fundada, canto IV. 



182 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



los pueblos del Nuevo Mundo, el loor de la naturaleza 

que les brindaba sus dones. 

Poco antes de que la Silva á la agricultura de la 
zona tórrida viese la luz en las páginas de aquel Re- 
pertorio Americano que fué tan gallarda ostentación 
de la inteligencia y la cultura precoces de la América 
libre, en el seno de la vida europea, se habían publica- 
do en Nueva York los versos de un desterrado de 
Cuba, cuyo nombre debía tener para la posteridad la 
resonancia del torrente á que aquellos versos dieron 
ritmo. 

Llamábase el desterrado José María de Heredia, 
y El Niágara, el más hermoso de sus cantos. 

El sentimiento de la naturaleza en poesía americana 
era una realidad consagrada por dos obras de alto va- 
ler, y se manifestaba por dos modos de contemplación 
esencialmente distintos. En la una, de serena objetivi- 
dad; de pasión intensa, en la otra. 

La naturaleza es para Bello la madre próvida y fe- 
cunda que inspiró, por la idealización de la abundan- 
cia y la labor, el utilitarismo delicado de las Geórgi- 
cas. Para Heredia es el fondo del cuadro que dominan 
la desesperación de René ó la soberbia de Hárold; la 
soledad bienhechora del que sufre, una armonía cuya 
nota fundamental se desprende del sentimiento aso" 
mado á los ojos que contemplan. 

Bello nos da la perfección en la poesía estrictamen- 
te descriptiva; en la representación de las formas sen- 
sibles de la naturaleza por la imagen que reproduce 
todas las modificaciones de la línea y todos los tonos 
del color; pero Heredia, poeta de la intimidad, poeta 
del alma, sabe traducir al lenguaje de la pasión las 
voces de la naturaleza, y muestra reflejados en el co- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



183 



lorido de la imagen los resplandores ó las sombras del 
espíritu. 

A esta superioridad de sentimiento é inspiración» 
debe aún agregarse la superioridad pictórica que 
resulta de haber Heredia reproducido un cuadro de- 
terminado y concreto, y haberse limitado el autor 
de la Silva á la agricultura á decorar una composi- 
ción de índole predominantemente didáctica con cier- 
tos toques descriptivos que no se ordenan en un con- 
junto armónico y viviente, ni adquieren la unidad de 
un paisaje real. 

Por otra parte, una inspiración derivada del eco 
blando y sumiso de las Geórgicas no era la más apro- 
piada para trasuntar la poesía de los desiertos de 
América en su magnificencia salvaje, en su majestad 
primitiva. Bello entona su canto á los dones genero- 
sos de Ceres, á la labor futura que hiciese esclava del 
esfuerzo humano la naturaleza indómita y bravia; no á 
la selvática espontaneidad de esta naturaleza, donde 
estaba eminentemente su poesía peculiar. 

En nuestras letras del Sur, el período clásico no dió 
una nota merecedora de recuerdo, en cuanto al senti- 
miento literario de que hablamos. Quedó este senti- 
miento para originalidad y tesoro de la época de 
Echeverría. Labardén había cantado, con mediano 
aliento, al Paraná, en ios últimas tiempos de la colo- 
nia. Los rasgos descriptivos que puedan señalarse en 
algunas composiciones de los poetas de la revolución, 
como simples accesorios del cuadro, se refieren á la 
perspectiva de la edad de oro que ellos imaginaban en 
lo futuro, presagiando los dones de la tierra fecunda- 
da por la paz. Así, Luca en su visión del porvenir de 
Buenos Aires, y el poeta de Ituzaingó tratando análo- 



184 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



go tema (1). La observación de las peculiaridades de 
la naturaleza indígena sugirió á nuestro sabio Larra- 
ñaga la idea de infundir el sabor del terruño en las 
sencillas ficciones del apólogo. 

Juan Cruz Várela, en un discreto examen de la 
labor transmitida por la generación literaria que tuvo 
en él su más conspicua personificación, á la que se 
anunciaba ya por los primeros ensayos de la juventud 
que había de rimar La Cautiva y escribir el Facundo, 
deploraba, en 1828 (2), la completa ausencia del tema 
descriptivo en las composiciones de los poetas de su 
tiempo, y lo señalaba como una de las notas destina- 
das á prevalecer algún día en el carácter de la poesía 
americana. 

Quien primero se adelantó á expresar en lenguaje 
literario el sentimiento de la naturaleza fué un pro- 
sista, fué Alberdi, cuya actividad juvenil estuvo llena 
de precoces ensayos y vislumbres. La tierra encanta- 
dora de su nacimiento brindaba al escritor tucumano 
el más hermoso de los motivos de descripción con que 
pudiera haberse desflorado el nuevo género, y la no- 
vedad y frescura de la inspiración obtenida de un 
tema inexplotado, comunicaron á la Memoria descrip- 
tiva sobre lucumán cierta agradable é ingenua loza- 
nía. Pero aquel gran propagador de ideas no tuvo 
nunca, entre sus condiciones eminentes, el sentido del 
color ni la vena del sentimiento contemplativo; y aun 
dejando de lado lo inocente é infantil de la forma, esas 



(1) Luca: Al pueblo de Buenos Aires, 1822.— Juan Cruz 
Várela: Profecía de la grandeza de Buenos Aires, 1822. 

(2) Literatura nacional. Artículo V de la serie publicada 
en El Tiempo, de Buenos Aires, de aquel año. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



185 



páginas quedaron muy distantes de lograr un trasunto 
duradero de la maravillosa realidad. 

Con todo, el influjo de aquella mezcla de directa 
observación y sincero sentimiento que había conver- 
tido, desde Rousseau y Bernardino de Saint-Pierre, 
el amor de la naturaleza física en una de las más fe- 
cundas inspiraciones del arte literario, se manifestó 
por vez primera, en literatura argentina, por la Memo- 
ria descriptiva de Alberdi, quien también probó á ex- 
presar la admiración de las bellezas naturales, acom- 
pañada de una reflexión grave y profunda, en las Im- 
presiones de una visita al Paraná, con que abrió cami- 
no á la descripción de aquella virgen naturaleza que 
Marcos Sastre había de reflejar, años más tarde, en 
páginas de idílico candor. 

La renovación poética vagamente esbozada en 1834, 
por los Consuelos de Echeverría, anticipaba ya, en ese 
libro inseguro, toques fugaces de naturaleza america- 
na. «Ley da. Regreso, Flor del aire — observó Alberdi 
exactamente — dejaban entrever, ya en el fondo, ya en 
los accesorios, la fisonomía peculiar de nuestra natu- 
ralezas Pero el verdadero impulso innovador, y con 
él la primera nota penetrante arrancada á la música 
de las cosas, vinieron de la aparición de La Cautiva. 
Esta leyenda, trivial en la concepción; pobre y apenas 
rasguñada, en la forma, debe á la descripción prelimi- 
nar del desierto la superioridad que la rescata, y que 
da, á la vez, su más inconmovible fundamento á la 
fama poética del autor. 

En Echeverría, el poeta de la regeneración política 
y social vivirá, más que por la discutible calidad de su 
arte, por la grandeza del propósito y la originalidad 
del pensamiento que propagó y en el que germinaba 



186 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



la solución futura del problema fundamental de su 

pueblo, la idea que determinó su forma orgánica. El 
poeta individual de los Consuelos y de alguna parte 
de las Rimas no despertará en el porvenir, como no 
la despierta ya en nuestros corazones, la resonancia 
que en el espíritu de la generación á cuyo ser interno 
dió la expresión de las primeras notas que inspiró, en 
poesía americana, el numen de la confidencia y el en- 
sueño románticos. Pero la gloria del colorista vive la 
vida inmortal de la naturaleza, y está afianzada en la 
inmutabilidad del aspecto más característico del suelo 
donde ha de afirmarse un día el mármol que perpetúe 
su imagen y su memoria. 

Mientras exista sobre la haz de la tierra el alma ar- 
gentina, serán una parte de su ser y un elemento de la 
poesía que arraigue en sus entrañas la sensación y el 
sentimiento de la infinita llanura; y mientras ellos sean 
peculiaridad de su existencia nacional é inspiración de 
sus poetas, el pórtico de La Cautiva tendrá la eterna 
oportunidad de la forma que los condensa en molde 
típico y primero; á la manera como eternamente du- 
rará la imagen de las Praderas en el canto de Bryant, 
ó la de la selva del trópico en el poema de Araujo. 

Y con la realidad y la intensa vida del cuadro, por 
las que vive unido indisolublemente á la objetividad 
de la naturaleza, se armonizan en esa descripción un 
sello personal, una nota de sentimiento íntimo, que la 
vinculan, con igual nexo indisoluble, á la idea que nos 
formamos del autor, y que hacen de aquellas pincela- 
das la más cumplida expresión de su carácter poético, 
de su fisonomía moral, d€ su índole afectiva. 

Para quien haya estudiado, en Echeverría, al hom- 
bre, al poeta, al pensador, es cosa fácil reconocer en 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



187 



su imagen del desierto el tinte de su alma, y es lícito 
afirmar, á la vez, que cuando reprodujo aquella esce- 
na grave y solemne en su inmensidad penetrada de 
tristeza infinita, trazó inconscientemente un trasunto 
del cuadro que su vida austera y melancólica, pasada 
en la penumbra del reflexivo destierro, alejada de las 
tempestades de la acción, vibrante en la propaganda 
de un pensamiento grande y único, ofrecería, en la 
perspectiva de los tiempos, á la contemplación de la 
posteridad. 

No de otra manera el vuelo majestuoso y el apaci- 
ble colorido de la silva de Bello parecen ser el símbo- 
lo de la noble serenidad, del desenvolvimiento so- 
segado y fecundo de su existencia transcurrida en los 
afanes de un magisterio ejercido sobre hombres y pue- 
blos. No de otra manera ofrece el Niágara, en el vér- 
tigo de su caída, la imagen de la existencia procelosa 
que armonizó con el eco de los hervores del torrente 
la confesión de su nostalgia y su dolor. 

El poeta de la desnudez austera de la Pampa aspi- 
ró á ser también el poeta de la altiva majestad de la 
Cordillera y de la vida lujuriosa del Norte. Para glo- 
rificar la memoria del procer tucumano sacrificado en 
Metan, compuso el poema Avellaneda, obra tan des- 
cuidada y desigual como todo lo suyo, pero que, á la 
enérgica afirmación del credo de humanidad y liber- 
tad, por la que merece recordársela entre las más ge- 
nerosas inspiraciones de su época, une las galas del 
fondo pintoresco tomado de los paisajes de Tucumán. 
El canto voluptuoso, lleno de luz, como flotante en 
una atmósfera de aromas, rimado con una gallardía 
que estuvo lejos de ser el atributo constante de la ver- 
sificación de nuestro poeta, con que da principio la 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



narración, puede contarse entre los más vivos reflejos 
literarios de las bellezas naturales del Nuevo Mundo. 
Hay en la forma una visible reminiscencia del contorno 
de la descripción pomposa de Abydos en el poema de 
Byron: «¿Conocéis la tierra encantadora donde el ci- 
prés y el mirto son emblemas de dones diversos de sus 
hombres?»; pero en la precisión de los rasgos, el cua- 
dro no revela sino la imitación de la Naturaleza, y se 
armonizan dignamente con él los que, en otros pasajes 
del poema (1), reproducen la majestad del Aconguija, 
la vegetación tropical iluminada por la aurora, y el 
desmayar del ocaso en las montañas. 

Ese carácter de intimidad que asoma, bajo aparien- 
cias de objetivismo, en la descripción de la Pampa, 
imprime, más defihidamente, su sello á otra de las co- 
sas mejores de Echeverría: el Himno al Plata, que in- 
cluyó en su difuso y embrollado poema El Angel caí- 
do; canto que redime al poema; ejemplo de contem- 
plación esencialmente lírica, sin más que algún rápido 
toque de descripción; más lírica y menos descriptiva 
que el Niágara de Heredia, para citar un modelo en 
que la expresión del sentimiento personal y la imagen 
de la Naturaleza que lo mueve están proporcionada- 
mente repartidas; porque allí aparecen, casi únicos y 
sin imagen que dure, el sentimiento, la impresión, el 
eco que despierta en el alma el mensaje de los ojos. 

Aun nos queda por añadir, en la obra del memora- 
ble innovador, como intérprete del sentimiento de la 
Naturaleza, ciertos fragmentos del Peregrinaje de 
Gualpo, boceto en prosa de un poema, modelado en 



(1) Echeverría: Avellaneda. Canto primero, I; canto se- 
gundo, II y III; canto tercero, VI. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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el plan del Childe Harold f que no llegó á versificar, y 
las Cartas íntimas (1) en que manifestó las impresio- 
nes de un período de desengañada reclusión en la 
soledad de la Pampa: cartas éstas acerbas y conmove- 
doras, que hoy nos parecen más empapadas en la hu- 
medad del sentimiento que la mayor parte de la obra 
lírica de su autor, y en las que el propio abandono de 
la pluma, librada á la soltura sin trabas de la confiden- 
cia, vuelve más penetrante la ingenuidad con que se 
traduce en palabras la expansión del ánimo inquieto y 
dolorido en el seno de la reparadora soledad. 

Pero el gran estilo pintoresco, y como la plena re- 
velación estética de la geografía argentina, sobrevi- 
nieron el día en que Sarmiento publicó en Chile su 
Facundo. Ese extraordinario libro, mezcla de historia 
anovelada y de intuitiva ciencia social, de arenga de- 
moledora y de poema mítico, en que Civilización y 
Barbarie contienden como los semidioses de una edad 
heroica, trajo también consigo el grande álbum de 
naturaleza subtropical. La consideración del medio 
físico es allí un elemento positivo de conocimiento 
histórico y de psicología colectiva; pero es, sobre 
todo, una opulenta vena de color. 

La imagen de la Pampa infinita que extiende «su 
lisa y velluda frente» desde los hielos del Sur hasta el 
imperio de los bosques, interrumpida apenas su taci- 
turna soledad por el galope del malón ó el paso tardo 
de la caravana de carretas, circunda, desvaneciéndose 
en insondable perspectiva, el escenario; y dentro de 
ese marco aparecen el encantado país de Tucumán, 



(1) Incluidas, con todas las producciones antes citadas 
de Echeverría, en la colección de sus Obras: tomo V. 



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JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



como nunca bello, en un cuadro donde la gracia y 
limpieza del contorno rivalizan con la magnificencia 
del color; la árida travesía, sobre cuya superficie de- 
solada, como Mácbeth en páramo siniestro, surge á la 
acción del drama la sombría figura de Facundo; el 
grave aspecto de la Córdoba monástica y doctoral; la 
apariencia austera y desnuda de los llanos y las serra- 
nías de la Rioja. 

La imaginación del paisaje fué una de las más ca" 
racterísticas potencias de aquel genial instinto de 
escritor. Tuvo, para los grandes cuadros descriptivos, 
la pincelada resuelta y soberana, que deja, en rápido 
toque, el conjuro evocador de la extensión inmensa. 
No hubo verso americano en su tiempo que igualase 
la inmortal eficacia de esa prosa. El Tucumán de 
Echeverría, y aun su misma Pampa, desfallecen junto al 
Tucumán y la Pampa de Sarmiento. Y si en el Facun- 
do reveló su admirable poder de descripción objetiva 
y en grande, los Recuerdos de Provincia mostraron 
cuánto era capaz de colorear las cosas de la natura- 
leza con el reflejo del sentimiento personal: como en 
la pintura del patio doméstico donde cayó, herida por 
el hacha, la vieja higuera, «descolorida y nudosa >, 
que había visto correr año tras año los husos del telar 
materno... 

Gran popularidad gozó en su época El Tempe ar- 
gentino, obra descriptiva de las islas del Paraná, que 
escribió Marcos Sastre, después de gustar, en el seno 
de aquella intacta naturaleza, el olvido y la paz que le 
alejaran de la discordia civil. 

Es un libro que, en su lugar humilde, puede agre- 
garse á la descendencia de las Geórgicas, en cuanto 
une, como ellas, al propósito útil, hermoseado por la 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



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idealización del retiro y la labor, el fondo poético y la 
aspiración al sentimiento delicado. Abundan en sus 
páginas los rasgos de trivialidad, de mal gusto, de 
candor pueril, de declamación sentimental, y ninguna 
belleza de orden superior se contrapone á ellos; pero 
las hay modestas y estimables, y la impresión de la 
lectura se resuelve en agrado para quien tiene en cuen- 
ta el valor relativo de la temprana iniciación. Más que 
por las páginas donde prevalece la vaguedad contem- 
plativa, importa el libro por aquellas en que se mani- 
fiesta la observación de la naturaleza indígena, vista 
con sincero amor y precisión cuidadosa del detalle. 
Cierta ternura, cierta efusión de sentimiento, que pone 
Marcos Sastre en la descripción de la vida irracional, 
parece reflejar la influencia de El Insecto y El Pájaro 
de Michelet; aunque, por otra parte, no disuenen de la 
espontaneidad de un alma ingenua y bondadosa, que, 
en la acción más que en la literatura, dejó dulce re- 
cuerdo de sí, por su amor perseverante y fecundo á 
la causa de la educación popular. 

Habíase propagado, entretanto, y determinaba la 
nota más intensa y distinta de la poesía de la época, 
la nota de americanismo que tuvo origen en la obra 
de Echeverría. Hora es ya de que unamos al nombre 
del iniciador de este rumbo el del intérprete inspirado 
del odio que fué suprema energía, estímulo supremo, 
en el alma de aquella generación. 

Cúmplese en la gloria de Mármol la ley de reacción 
inevitable; la «ley de Némesis», de que habló Bourget, 
á propósito del poeta de las Meditaciones; y al des- 
bordado entusiasmo de sus contemporáneos ha suce- 
dido dura indiferencia. Le separan de nuestro gusto la 
afectación declamatoria, la verbosidad desleída, el 



192 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



desaliño habitual, ciertas galas de retórica candorosa; 
cierta tendencia musical primitiva, que se traduce por 
el martilleo monótono del ritmo; y su lectura parece 
haberse trocado, salvo acaso algunos fragmentos, en 
tarea de erudición. Lícito es creer, sin embargo, que 
en las sanciones definitivas del futuro habrá un desper- 
tar de buena parte de aquella gloria; sin duda, engran- 
decida en la opinión de los contemporáneos por la 
suprema oportunidad que tuvo la evocación del yambo 
de Arquíloco y Chénier, falto de precedentes en la 
poesía de habla española y renovado para sellar la 
execración de la tiranía en la forma más alta é ideal 
del verbo humano; pero suficientemente justa para du- 
rar aun después que se ha desvanecido la pasión que 
congregaba alrededor al canto del poeta un coro de 
vibrantes entusiasmos. La lava de aquellos odios lle- 
gará, fría, pero consistente, á la posteridad; y entre las 
más tempranas manifestaciones del sentimiento de la 
naturaleza americana, se recordarán siempre ciertas 
páginas del poema en que el bardo de las iras patrió- 
ticas vinculó á sus nostalgias é indignaciones de pros- 
cripto sus impresiones de viajero. Titúlase este poe- 
ma, ó mejor, los fragmentos de él que llegaron á en- 
carnar en la forma, los Cantos del Peregrino. 

Menos contemplativa y melancólica que la de Eche- 
verría, la índole descriptiva de Mármol es más sensual 
y ostentosa. Hay más intensidad de sentimiento en la 
manera propia del autor de las Rimas, y en la de Már- 
mol más brío de imaginación. Diríase que la descrip- 
ción del uno refleja la naturaleza como las aguas toca- 
das, en el lago sereno, por la penumbra de la tarde; 
la del otro, como las del mar bruñido é inflamado por 
el incendio de la puesta de sol. 



EL MIRADOR DE PROS PERO 



193 



Degenerando á menudo, cuando se propone la ex- 
presión de lo íntimo, en remedos vulgares ó medio- 
cres, el poema de Mármol se levanta á mayor altura 
en la descripción, y ofrece, como motivo de interés 
para nuestro objeto, no sólo aquel canto verdadera- 
mente esmaltado por la luz de los trópicos, que en 
casi toda antología americana se ha reproducido (1) y 
que se complementa, en otros pasajes de la obra, con 
la imagen de las «coronas de esmeralda» y la «arque- 
ría de torrentes» del Tijuca (2), sino también ciertos 
fragmentos de lirismo brillante, inspirados en la con- 
templación del mar y el cielo, y una vigorosa síntesis 
de la «región del Sur» (3), adonde se vuelven anhe- 
lantes las miradas del desterrado. 

Eficaz propagador del americanismo poético fué, 
en aquella generación, don Alejandro Magariños Cer- 
vantes, de memoria grata á los hijos de Montevideo, 
para quienes tiene su figura lejana cierto prestigio 
patriarca!. Su obra no le ha sobrevivido, y es sanción 
inapelable del tiempo; pero su ferviente pasión por la 
literatura, su gran virtud de iniciación, de estímulo y 
de propaganda; las muchas ideas que sugirió, y sus 
perseverantes esfuerzos por alentar la llama del ideal 
en el seno de una sociedad embrionaria é insta- 
ble, mantienen y mantendrán siempre bendecido su 
nombre. 

La nota peculiar que puso Magariños Cervantes en 
la contemplación de la naturaleza, tal como luce en 
las páginas de aquellas obras de su juventud con que 
ejerció positiva influencia literaria, consiste en cierta 

(1) Canto tercero, parte 0. 

(2) Canto sexto, «Súplica». 

(3) Canto undécimo, II. 

Tomo II jo 



194 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



interpretación simbólica, inspirada en un alto didacti- 
cismo y atenta siempre á traducir la imagen de lo ex- 
terno en una idea ó un precepto moral. 

Así, la onda petrificadora del río que envuelve en 
malla de silícea firmeza cuanto cae en sus aguas, ex- 
presa para él la inmortalidad del nombre que la glo 
ría redime del olvido; y el fuego que provoca el in- 
cendio inmenso de la selva cuyos despojos fertilizarán 
el suelo arrasado, la obra destructora de las revolu- 
ciones que preparan en las sociedades humanas el or- 
den verdadero y fecundo. Así, las improvisaciones de 
la cultura triunfante que invade el seno del desierto y 
levanta, como por una mágica evocación, la ciudad 
altiva y poderosa sobre los vestigios del aduar, tiene 
su imagen en la isla repentinamente formada del ca- 
malote; y la virtud tenaz que triunfa de la multitud 
indiferente y egoísta, en el manantial de aguas dulces 
que brota, rasgando el seno de las ondas amargas, en 
la inmensidad del Océano. Así, también, la marcha 
lenta y segura de la idea que labra inaparentemente 
su alvéolo en la conciencia humana, hasta revelarse 
súbita é irresistible en la acción, se simboliza por la 
subterránea corriente del Tucumeno, al aparecer voraz 
y poderosa en la superficie; y el mandato providen- 
cial de la perdurable unidad de nuestra América, 
como suelo de una patria única, se cifra en la ciclópea 
trabazón de los Andes (1). 

Una consideración de la naturaleza, fundada en ese 
constante propósito ideal, no podría generalizarse sin 
llevar al amaneramiento prosaico del símbolo y la ale- 



(1) Pueden verse las composiciones á que me refiero en 
las Brisas del Plata, Violetas y ortigas y Palmas y ombúes. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



195 



goría, sustituyendo á la desinteresada visión de las 
cosas, que se complace en su propia realidad y belle- 
za, un procedimiento de interpretación puramente in- 
telectual; pero como peculiaridad y rasgo caracterís- 
tico de un poeta, no carece de interés y prestigio la 
idea de asociar así á las formas naturales de América 
la profesión de fe de su cultura; al sentimiento de su 
naturaleza, la figuración de sus destinos. 

Fué Juan María Gutiérrez de los primeros en tentar 
la expresión del sentimiento poético cuyos orígenes 
hemos bosquejado. Apenas había difundido sus ecos 
La Cautiva, ya él buscaba comunicar el aliento de la 
naturaleza al verso esbelto y primoroso de que tuvo 
el secreto y que fué en sus manos una forma flexible á 
toda influencia nacional y á todo ejemplo innovador, 
sin mengua de aquella serenidad, constantemente pre- 
venida, de su gusto. 

Dentro de la originalidad americana, su sello perso- 
nal consistió en hermanar con la directa expresión de 
las cosas propias y con el sabor de la tierra cierto sua- 
ve aticismo, cierta maestría de delicadeza plástica é 
ideal, que decoran la agreste desnudez del tema pri- 
mitivo con la gracia interior del pensamiento y el ter- 
so esmalte de la forma. Evocó de la leyenda indígena 
figuras de mujer que descubren, bajo sus plumas de 
colores, la morbidez del mármol preciosamente cince- 
lado, y que llevan en sus melodiosos acentos algo de 
las blandas melancolías de la Ifigenia de Racine ó la 
Cautiva de Chénier. En el paisaje puso la misma nota 
de deleitosa poesía, la misma suavidad acariciante en 
el toque é igual desvanecimiento apacible del color. 
Dueño de un pincel exquisito, se complació en repro- 
ducir las tintas tornasoladas del crepúsculo, los cua- 



196 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



dros de líneas serenas y graciosas, las marinas estáti- 
cas de la calma. Robó á la naturaleza regional los más 
encantadores secretos de su flora y supo representar 
hermosamente la sensibilidad sutil del caicobé; el tré- 
mulo balanceo de la flor del aira, a quien la rama agi- 
tada por los vientos sirve de columpio, y la lluvia de 
oro del aroma cayendo sobre el suelo abrasado por 
los rigores del estío. 

Las composiciones á que acabo de aludir y otras 
donde se unen, como en ellas, los rasgos de naturaleza 
física con la descripción de costumbres ó con la lírica 
interpretación del alma popular, forman la parte más 
interesante y hermosa de la colección de Poesías (1) 
que reunió el autor en 1869, pero que proceden todas 
del tiempo de su juventud. ¿Qué le faltó para merecer 
cabalmente el nombre de poeta? Sin duda, cierta exal- 
tación de sentimiento y un grado más férvido de fan- 
tasía; acaso también cierto espontáneo arranque de la 
forma, que precediera al delicado complemento del 
arte. Pero tal como es su libro de versos, se cuenta 
entre los pocos libros de su generación que hoy se 
puedan leer hasta el final sin atención violenta y con 
deleite, ya que no con impresión profunda... Del rau- 
dal de bullente poesía, donde beben, á pleno sol, 
en el declive de la roca, los de la raza divina que ha 
aprendido en el cielo, suele partir alguna acequia que 

(1) Poesías de Juan María Gutiérrez. Buenos Aires. Car- 
los Casavalie, editor, 1869. — Como expresión del sentimien- 
to de la naturaleza, véanse: Caicobé, El árbol de la llanura, 
Los Espinillos, La Flor del aire, Las flores de Lilpu, Los 
amores del Payador, A un gajo de aguapey, etc. Casi todas 
estas composiciones fueron escritas en el período de 1838 
á 1845. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



197 



lleva la onda sumisa á fluir, de fuente de mármol, en 
un jardíc sobre el que abre sus ventanas una sala de 
estudio. Faltan allí la fragancia de la montaña y el her- 
vor del torrente, pero el agua aquella todavía es fres- 
ca y deliciosa. 



VII 

EL SENTIMIENTO DE LA HISTORIA 



No hay historia sin patria, y cuando en los últimos 
tiempos de la colonia los primeros periódicos testimo- 
niaban cierto afán de investigación sobre los orígenes 
de las ciudades y la población de las comarcas, es que 
el trémulo albor de una conciencia colectiva asomaba 
ya entre las sombras del letargo servil. Más tarde, en 
plena vibración revolucionaria, una tentativa de sínte- 
sis histórica del desenvolvimiento de estos pueblos 
tomó formas en el Ensayo de Funes. Pero ni esta obra 
de mera erudición anunciaba cosa semejante á una 
filosofía ó un arte de la historia, ni fuera del trabajo 
propiamente histórico las representaciones del recuer- 
do podían ser motivo más que de ira y aversión entre 
el fragor de una lucha en que el pasado era el tiránico 
enemigo contra que se había alzado bandera. El es- 
fuerzo por infundir en la contemplación del pasado, 
ya capaz de comunicar orgullo y amor, el interés poé- 
tico y la reflexión profunda, llegó con la generación 
romántica, y el sentimiento de ia historia fué uno de 
los caracteres de su literatura. 

Los dos grandes espíritus dirigentes de los prime- 



198 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



ros pasos de aquella generación: Florencio Várela y 
Esteban Echeverría, procuraron norma y fundamento 
para su obra en ei estudio de la historia de América y 
tendieron, con igual ahinco, á estimular, en la con- 
ciencia de la juventud que adoctrinaban, la vocación 
de los estudios históricos. Echeverría, en su fecundo 
anhelo de un programa político y social, tuvo cons- 
tantemente ante sí la tradición y el pensamiento de 
Mayo, para interpretarlos y buscar en ellos, y en su 
relación con los antecedentes coloniales, los princi- 
pios que presidieran á la organización de las socieda- 
des recién emancipadas. Entretanto, Florencio Várela 
ocupaba, en su refugio de Montevideo, las treguas del 
trabajo forense y del combate cívico, atesorando los 
materiales que deberían valerle para escribir la histo- 
ria de los pueblos del Plata, tarea á que pensaba de- 
dicar el periodista mártir las energías de su madurez . 
Y la vocación alentada en la juventud por ambas ma- 
gistrales influencias no demoró en dar algún fruto de 
positiva significación literaria. 

La Crónica dramática de la Revolución de Mayo, 
publicada por Alberdi en la Revista del Plata de 1839, 
representaba ya un estimable esfuerzo en el sentido 
de reconstituir la verdad de la historia, al mismo tiem- 
po que por la sutil penetración en el proceso íntimo 
de los sentimientos y de las ideas, por la animada 
reproducción de la exterioridad característica de los 
hechos. Debe considerarse esa Crónica, no sólo como 
el primer ensayo eficazmente encaminado á desentra- 
ñar la filosofía de la Revolución, sino también, lo que 
interesa más á nuestro tema, como el primer intento 
de proceder con cierto auxilio del arte en el estudio y 
reconstrucción de lo pasado. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



199 



Pero la grande y triunfal iniciación de una poesía 
pintoresca y una filosofía de la historia, en la litera- 
tura de esta parte de América, nació algunos años 
después, en el destierro de Chile; y nació, no de la 
reflexiva preparación del libro que se acrisola y depura 
largamente en el recogimiento del pensador y del ar- 
tista, sino de genial inspiración, que hizo surgir aque- 
llos elementos preciosos y durables del seno de un 
panfleto templado al calor de la pasión actual; que ha- 
cía obra de acusación y propaganda contra la formi- 
dable tiranía, y que, para asegurar su eficacia, tomó 
instintivamente la vía de la expresión transfigurada 
por el Arte: á la manera como en La Cabana del tío 
lom se buscó difundir la idea redentora del esclavo 
por el poder conmovedor de una invención novelesca, 
ó como se encaminó á las almas, bajo las galas de la 
Historia de los Girondinos, el sentimiento que abrió 
paso á la democracia de 1848. Nació, en una palabra, 
del Facundo, libro para el que no había precedentes 
en lengua castellana, ni como cuadro de historia pin- 
toresca, ni como ensayo de filosofía social. 

La clave de la revolución americana y de la tiranía 
de Rosas tuvo allí, si no su manifestación puntualizada 
y analítica, la intuición original que la iluminó de una 
vez y dejó, diseñada, pero indeleble, la imagen que 
luego podría complementarse y retocarse por los es- 
fuerzos de la investigación y el raciocinio. Nadie sino 
Sarmiento estaba llamado á aquella obra, de adivina- 
ción más que de estudio, entre los hombres de su ge- 
neración, porque ninguno como él tuvo el pensamien- 
to iluminado y profético, la audacia que procede con 
ignorancia de la duda. Nadie tampoco pudo revestirla 
así de la forma potente y original que á ella cuadraba, 



200 



JOSE ENRIQUE RODO 



porque, en América, ninguno de los prosistas de su 
tiempo poseyó tanto como él la soberanía del color, 
de la energía dramática y d? la c/udeza verbal; ningu- 
no, en tal grado, el don de «concordar las palabras 
con la vida», según la fórmula de Séneca, y convertir 
cada imagen de las cosas en palpitante encarnación 
de la verdad. 

Discútase cuanto se quiera la cabal exactitud histó- 
rica del Facundo; sepárense de los que ha puesto 
la realidad los que ha puesto la fantasía en los fila- 
mentos de su trama: ía historia de una época no de- 
jará de reconocer en esa simbólica querella de la Ci- 
vilización y la Barbarie su más intensa y característica 
expresión. Sustituya la crítica al semilegendario Qui- 
roga de Sarmiento un Quiroga que complazca mejor 
á la minuciosa severidad del analista, y siempre que- 
dará, inconmovible y soberbio, para afrontar los rigo- 
res de la crítica, el valor representativo del personaje: 
la arrogante escultura del caudillo amasado con el 
mismo barro de la Pampa. Cualquiera otro Facundo 
que la erudición incube en la redoma de Wagner, con- 
cluirá por humillarse á la energía avasalladora de 
aquel Facundo inmortal, al modo como el Cid Cam- 
peador de las leyendas triunfa y prevalece sobre la 
desvanecida realidad del Cid de las crónicas y vive 
por su carácter significativo. Y ahora con no menos 
incontestable superioridad que en el tiempo en que 
fué creado, permanece el Facundo de Sarmiento como 
el tipo artístico más alto en que hayan tomado formas 
plásticas la poesía de la historia de estos pueblos y los 
originales caracteres de su sociabilidad. 

Es peculiar en Sarmiento la inspiración de la anéc- 
dota histórica; y verdaderas ó entremezcladas de 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



201 



ficción, encierran siempre las suyas una verdad ideal 
superior á la autenticidad del hecho estricto. Hay 
concentrada en el Facundo virtualidad poética bas- 
tante para vivificar una larga prole literaria, en la no- 
vela, en el drama, en la leyenda. Cada una de sus pá- 
ginas podría dar cien otr?s de su sangre y está desti- 
nada á ser legión. Porque la anécdota histórica, en 
aquel instintivo arte de narrar, es como un relámpago 
que alumbra, con reverberaciones infinitas, ya ia pro- 
fundidad de la conciencia de un personaje, ya el se- 
creto de una armonía ó un conflicto social, y como un 
soplo poderoso que inunda de sugestivas simientes e^ 
pensamiento del lector. 

No menos rico tributo recibieron ia imaginación y 
el sentimiento de la historia con los Recuerdos de Pro- 
vincia, donde, por primera vez, la crónica de una de 
las obscuras ciudades de tierra adentro, estanques 
casi intactos del espíritu de la colonia, se enternecía al 
suave calor de la tradición doméstica y de las memo- 
rias personales, infundiendo en el tono de la narración 
el sabroso encanto de la plática familiar é iluminando, 
en la nube de polvo de las vejeces removidas, figuras 
de indeleble expresión y carácter. 

Como material disperso y enorme, que encerraba, 
aguardando el conjuro de la imaginación americana, 
los elementos de una poesía del pasado, permanecían 
los testimonios escritos de la conquista y la coloniza- 
ción. Allí la ingenuidad de la crónica acreditaba reali- 
dades cercanas de la leyenda y el prodigio; allí se es- 
tampaba la huella de muchas de las cosas más heroi- 
cas, más sublimemente aventureras, de la historia hu- 
mana. 

Verdad es que el esfuerzo guerrero y fundador de 



202 



JOSÉ¡ENRIQUE RODÓ 



los conquistadores no podía despertar fácilmente la 
inspiración tradicional en aquel momento de la con- 
ciencia americana, porque el arranque de la emancipa- 
ción aun no había moderado su ímpetu y se oponía á 
que se diera un enérgico sentimiento de la continuidad 
de raza y civilización. Pero del pasado fluía, además, 
el manantial poético de la inocencia y los dolores de 
las razas indígenas, y este orden de motivos concor- 
daba con la celosa pasión de autonomía que era el ca- 
rácter de aquel tiempo. 

La interpretación poética del indio tenía, en idioma 
castellano, entre otras cosas falsas y mediocres ó de 
poesía apenas en potencia ó en bruto, dos precedentes 
de subido valor: los Comentarios reales, del Inca Gar- 
cilaso, y La Araucana, de Ercilla. En los Comentarios 
quedó la tradición sentida y vibrante de la originali- 
dad y el esplendor de la despedazada civilización de 
los Incas; el tesoro de los recuerdos de la raza, conta- 
dos con encanto y amor por uno de los suyos, que 
participaba al propio tiempo de la sangre de los con- 
quistadores y que, valido de un soberano dominio de 
la lengua, hizo de su obra un fruto único, donde al 
jugo de sentimiento americano se mezcló el clásico sa- 
bor de la más rica prosa del Renacimiento. Aquella 
historia es un poema, en que forman armonía singular 
las voces de dos sangres enemigas, prevaleciendo la 
del español en lo declarado y aparente, pero la del 
indio en lo virtual y profundo. 

En cuanto á La Araucana, merece en América re- 
cuerdo y gratitud, aunque la corriente del tiempo la 
haya apartado de la lectura capaz de divulgarse. Á 
despecho de lo convencional y artificioso de aquellos 
moldes clásicos, es lo cierto que la resistencia bárbara 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



203 



no ha adquirido aún en manos de poeta americano 
personificaciones más épicas que la inquebrantable 
constancia de Caupolicán, el brillo heroico de Lautaro 
y la estoicidad de Galvarino. En el episodio roman- 
cesco de Glaura ha de reconocerse el más remoto 
aboiengo del cuento y la leyenda inspirados por el 
sentimiento del salvaje candor, de la inocencia primi- 
tiva, que encantaron las vírgenes soledades de Amé- 
rica con la sombra melancólica de Atala y el destello 
de infinito amor de Cumandá. El desenlace, en que la 
soberbia Araucana arroja al rostro del esposo cautivo 
el hijo de sus amores, en arrebato de ira y de dolor, 
tiene la grandeza intensa y ruda de un pasaje de gesta 
ó de romance, y merecería quedar consagrado, multi- 
plicándose en la interpretación del artista y del poeta, 
como signo perdurable de la indómita naturaleza de 
la raza vencida, que concentra en altivo corazón de 
mujer, cuando el brazo varonil ha flaqueado, el odio 
supremo que convierte la humillación en causa de lo- 
cura, y la sublime desesperación de la derrota. 

Por el espíritu, además, por el sentimiento que se 
infunde en el poema y preside á su concepción y se 
trasluce bajo la impersonalidad del tono épico, Ercilla 
es poeta de América, y el primero, en orden de tiem- 
po, que obtuvo inspiración de algún amor por su ser 
original y autonómico. La p esía del soldado de Mi- 
llarapué no es el eco triunfa! de los conquistadores, no 
es la traducción de sus pasiones en ley, ni guarda la re- 
percusión de la rudeza despiadada con que se asentó 
la planta del vencedor sobre el pecho exánime del ven- 
cido. La idealización, la glorificación de la conquista 
española, débenle poco. La vena de transparente sim- 
patía corre en dirección al indio, á su valor y á su infor- 



204 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



tuoio. «El héroe es Caupolicán; el tema, el heroísmo 
araucano», afirmó la critica clásica por boca de Bello. 
Y bien puede agregarse que, antes del amanecer de la 
poesía revolucionaria, la palabra acusadora de la ini- 
quidad de la conquista y la expresión del sentimiento 
de una libertad americana estaban sólo en aquellas va- 
lentísimas arengas de los indios de Ercüla, donde el 
impulso de resistencia al invasor se remonta á las cum- 
bres más altas de la elocuencia poética, con el vibran- 
te entusiasmo de la alocución del paje de Valdivia y 
con la severa entonación de Colocólo. 

En lo que se refiere á las tribus de la cuenca del 
Plata, la literatura de la conquista no dejó otra ima- 
gen poética del indio que los borrones del Arcediano 
Centenera. Más tarde, cuando en el período final de 
la colonia cruzaron por el espíritu de Labardén ciertos 
vislumbres de una originalidad obtenida del amor por 
las cosas del terruño, el famoso episodio de Lucía Mi- 
randa dióle argumento para su tragedia de Siripo> con 
la que el indígena guaraní reivindicó el derecho de 
aparecer en la más noble de las formas literarias que 
consagraba el gusto de aquel tiempo. 

Ya la tragedia clásica, que en manos de Voltaire ha- 
bía adquirido, entre otros elementos de innovación y 
de sentido moderno, no despreciables toques de color 
de época y de color local, que diversificaban la con- 
vencional uniformidad de ia escena trágica con la re- 
producción de costumbres de pueblos extraños y re- 
motos, había intentado en Alzira conceder á la histo - 
ria de los indios de América la dignidad literaria del 
coturno. Concebida esa obra bajo los dictados del 
mismo espíritu filantrópico que inspiró Los Incas, de 
Marmontel, y el Camiré, de Florián, y forma artística, 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



205 



a! par que ellos, del severo proceso instaurado por 
los hombres de la Enciclopedia á la conquista españo- 
la, hubo de escollar, por otra parte, en cuanto al pro- 
pósito de fidelidad histórica (que suele revelarse por 
aciertos fugaces), en la índole familiarmente abstracta é 
inflexible de aquel género de teatro y en su radical 
incapacidad para la evocación viviente de los tiempos 
y las cosas, evocación que era triunfo reservado al 
drama de las pasadas realidades en algunos de los 
maestros del romanticismo. 

Igual pecado original de la ejecución, no redimido 
en parte, como sucede en Alzira, por la virtualidad 
del ingenio de primer orden, priva de todo color y de 
todo carácter de raza al fragmento que poseemos de 
la obra del poeta colonial. Otro ensayo, no menos 
descolorido, de tragedia indígena, ofrece el período 
clásico de nuestras letras, y es el que, con el título de 
Molina, escribió en 1823 Manuel Belgrano, sobrino 
del héroe, imaginando amores de un guerrero español 
de los que sojuzgaron á Quito, con una de las vírge- 
nes vestales consagradas al Sol. 

En los orígenes del romanticismo fué personaje de 
universal predicamento el indio americano. Chateau- 
briand adquirió de su paso por las tribus de la Flori- 
da el sentimiento de la originalidad exótica, y lo in- 
fundió en la novela, franqueando el camino que luego 
había de recorrer, con más escrupulosa observación, 
Fenimore Cooper. Al indio de la filantropía y de las 
ficciones patriarcales sucedió el del amor interesante 
y melancólico; al indio de Los Incas y Alzira, el de 
Atala y Los Natchez. 

Nuestra literatura del tiempo de Echeverría fué, sin 
embargo, pobre de contribución á este género de ame- 



206 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



ricanismo. En La Cautiva tentó reproducirse el color 
siniestro y brutal de la furia del malón y de la orgía 
de salvajes, aunque quizá con más visos de fantasía 
romántica, en que obra el recuerdo de festines sabá- 
ticos y lúgubres visiones, que de característico trasla- 
do de la realidad. Otros buscaron, en la poesía de la 
raza vencida, los tonos idílicos de la leyenda; la gota 
de miel que imaginamos en el fondo del bárbaro can- 
dor; el poético cuento de amores que refleja en sus 
ondas el torrente de la Conquista, como en los ro- 
mances de moros y cristianos. Así, la sencilla inspira- 
ción de Adolfo Berro, apartando de los prosaicos 
eriales del Arcediano Centenera el episodio de Liro- 
peya y Yandubayu, esencialmente más interesante, por 
cierto, que, en La Araucana, los de Glaura y Tegual- 
da. Así también, Juan María Gutiérrez, con Las flores 
de LilpUj Irupeyály Caicobé, donde la idealización del 
primitivo americano encarna en ingeniosos metamor- 
foseos, relacionados con la flora indígena. Pero la ver- 
dadera interpretación poética del alma del indio y de 
su historia quedó sin revelar, y balbuceando tímida- 
mente en las querellas del espontáneo yaraví, perma- 
neció á la espera del artista que, por aviso atávico ó 
por simpatía de la imaginación, acertase con el con- 
juro poderoso que saca á luz lo peculiar é inconfundi- 
ble de una raza. 

Al lado del puro indio, ó por encima de él, la tra- 
dición histórica, y la misma escena contemporánea, 
ofrecían un tipo humano de incomparable virtualidad 
artística: el gaucho, el centauro concebido por la ruda 
sociedad pastoril, de su abrazo con el ambiente del 
desierto. 

El gaucho era, para cualquier artista observador^ 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



207 



una realidad que ostentaba á flor de aire, casi sin cor- 
teza prosaica, su porción natural de poesía. Pocas 
veces civilización y barbarie han contrastado sus colo- 
res en tan pintoresca originalidad como la de ese her- 
mosísimo tipo de nuestra edad heroica. Hegel hubiera 
reconocido en él la plena realización de aquella nota 
de libérrima personalidad, de fiereza altiva é indómi- 
ta, que él consideraba como el más favorable atributo 
de los caracteres que han de ser objeto de adaptación 
estética: el que palpita en la violenta poesía de Los 
Bandidos del trágico alemán y rodea de irresistible 
luz la frente de los héroes satánicos de Byron; y en su 
figura, ya belicosa y arrogante, con la avasalladora 
simplicidad de un paladín de gesta, ya legendaria y 
melancólica, como una sombra errante en la infinita 
soledad, sentirá siempre la fantasía del poeta uno de 
los más gallardos y enérgicos modelos que el genio de 
la especie haya impuesto jamás á las creadoras manos 
de la vida. 

La poesía original del gaucho tenía un principio de 
manifestación, que eran sus propias y espontáneas 
canciones, las décimas errantes por pampas y cuchi- 
llas. Hilario Ascasubi, en la extensa narración de 
Santos Vega, rica de elementos descriptivos y de lan- 
ces dramáticos, y en obras fragmentarias, como las 
Trovas de Paulino Lucero, intentó ganar carta de na- 
turaleza literaria para la ingenua inspiración campe- 
sina, sin quitarle el complemento de su lenguaje pro- 
pio: empeño en gran parte defraudado en sus obras 
por la frecuente confusión de lo popular y caracterís- 
tico con lo vulgar; por la liga deleznable de la inten- 
ción política de circunstancias, y por el mismo remedo, 
no depurado ni adaptado artísticamente, sino nimio y 



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JOSÉ ENRIQUE RODO 



lleno de inútiles escorias, del modo de decir del hom- 
bre de campo: género de preocupación pseudorrea- 
lista que más tarde había de afear también la realiza- 
ción formal del Martin Fierro, 

Entretanto, la poesía de forma culta rondaba el 
mismo intacto tesoro. Juan María Gutiérrez, en la pas- 
toral criolla de Los Amores del Payador, en Los dos 
jinetes, Los Espinillos, Amor del desierto, y algunas 
otras de sus composiciones, probó á fijar, quizás antes 
que nadie, la colorida apariencia del gaucho y los 
acordes íntimos de su sensibilidad; pero, dejando 
aparte el primor de algún rasgo, nunca logró definiti- 
vamente, ni la precisión plástica que erige en la ima- 
ginación la figura, ni el intenso carácter melódico que 
sugiere lo profundo é inefable del alma en el tono de 
la canción. 

Más resuelto propósito de originalidad americana y 
mayor caudal de observación directa guiaron á Ale- 
jandro Magariños Cervantes en sus dos tentativas de 
interpretación poética del gaucho: el poema Cellar y 
la novela Caramurú, ensayos ambos que, en su signi- 
ficación provisional y relativa á su tiempo, merecen 
estima, por la tendencia á reproducir, con fiel proliji- 
dad, cuadros de la naturaleza, faenas campestres, usos 
y costumbres, y que la merecerían sin reservas si la 
forma estuviera en ellos más limpia de trivialidad y 
desaliño y el fondo fuese menos sentimental y falsa 
mente romántico. 

La característica y eficaz representación del tipo 
gauchesco que puede hallarse en medio de esa litera- 
tura transitoria, es, sin duda, la de los admirables bo- 
cetos del Facundo: El Rastreador, El Baqueano, El 
Gaucho malo y El Cantor, con el complemento de La 



EL MIRADOR DE PRÓSPERO 



209 



Pulpería; rasguños de mano de león, en los que la es- 
pontánea fuerza poética parece proceder por el mismo 
impulso rápido y certero que ponía los ojos de Cali- 
bar sobre el rastro del prófugo y orientaba el paso del 
baqueano al través de la llanura infinita. 

Con la reproducción de tipos y costumbres tradi* 
cionales alternaba la expresión literaria de hechos 
de la realidad política y social, expresión que para 
nosotros participa del carácter histórico, aunque en el 
momento en que fueron reflejados careciesen de la 
perspectiva de tiempo. En la sugestión potente de esa 
realidad contemporánea; en las escenas trágicas de la 
guerra civil, ennoblecida por el heroico sentimiento de 
la libertad, se inspiraron poemas, ó, si se quiere, cro- 
nicones rimados, donde, sobre las arideces de decla- 
mación oratoria ó periodística, suele cruzar por ráfagas 
la tremenda poesía de la pasión, de la venganza y del 
martirio. Tal el Avellaneda y la Insurrección del Sur, 
de Echeverría; el Don Cristóbal, de Indarte; el Querer 
es poder, de Magaríños, etc. El mismoapasionado es- 
tímulo de los hechos actuales, infundiéndose en forma 
más capaz que el poema para la reproducción carac- 
terística de la realidad, dió á la novela americana una 
de sus más divulgadas y triunfadoras concepciones en 
la Amalia, de Mármol, obra compuesta sin la menor 
preocupación de estilo ni de arte, pero con cierto 
prestigio de imaginación y cierto interés novelesco, 
que hubo de acrecentarse, para la fama universal, con 
el de la revelación, febril y alucinada, de los misterios 
de la tiranía. 

Además de esta literatura de origen político, contri- 
buían á integrar la representación concreta del medio 
social otro género de testimonios literarios. Sabemos 
Tomo II 14 



210 



JOSE ENRIQUE RODÓ 



ya que en los cuadros de costumbres de Alberdi se es- 
tampó la fisonomía de aquel momento de la vida ur- 
bana, con sus mal desvirtuados dejos coloniales, ya en 
la intimidad doméstica, ya en la comunicación social 
y los hábitos de cultura. El crudo color de las escenas 
populares de la misma vida de ciudad; el ambiente de 
suburbio y de plebe, en que la originalidad poética de 
la pura sencillez de los campos degenera en originali- 
dad prosaica, pero llena siempre de sabor y carácter, 
nadie acertó á expresarlos con el realismo valeroso y la 
eíicacia de observación de Echeverría en páginas como 
la descripción de El Matadero, que muestran cuánto 
era capaz de abrazarse cuerpo á cuerpo con la más 
brutal y desnuda realidad aquella imaginación tan á 
menudo malograda, en sus intentos de americanismo, 
por el remedo exótico ó por la expansión inoportuna 
de sus vaguedades y sus sueño?. 

En la literatura propiamente histórica, en la repro- 
ducción artística de épocas pasadas, el romanticismo 
había aportado universalmente riquísimos veneros, co- 
municando nuevas formas á la inventiva novelesca y 
dramática con la inspiración del sentimiento tradicio- 
nal. Las novelas de Waiter Scott habían revelado un 
arte pintoresco complementario de la historia. El gran 
Schiller había llevado al teatro la misma simpatía evo- 
cadora de lugares y tiempos. Los Novios, de Manzoni, 
y el Cinq-Mars, de Alfredo de Vigny, transplantaron la 
rama rica de savia generosa á la literatura de los pue- 
blos latinos. Era como un sueño en que aparecían con 
ilusión de actualidad los recuerdos de la conciencia 
colectiva. Por las triunfantes intuiciones del arte, se 
llegaba, en la comprensión de las edades muertas, 
adonde los medios del conocimiento analítico no ha- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



211 



bían alcanzado nunca. Esos ejemplos convidaban á in- 
tentar, en la crónica de América, la misma transfigu- 
ración maravillosa, y no faltaron esfuerzos que se di- 
rigieran á tal fin. 

Por la mente de Echeverría cruzó más de una vez 
la idea del drama y la novela inspirados en la poe- 
sía de la historia, como fuentes fecundas de litera- 
tura americana. Florencio Balcarce dejó, entre los 
frutos de su malograda juventud, alguna tentativa de 
ese género, y un escritor olvidado, Manuel Luciano 
Acosta, había escrito ya La Guerra civil entre los In- 
cas, adaptando al molde novelesco Ja discordia de 
Huáscar y Atahualpa. Un ensayo de mayor aliento vio 
la luz en el destierro de Chile: allí Vicente Fidel Ló- 
pez, que desde temprana juventud acariciaba la voca- 
ción de la historia, fomentada, durante su paso por 
Montevideo, en el trato con Echeverría, publicó como 
folletín de diario La Novia del Hereje. 

Esta novela, que aspira á ser ei cuadro de la socie- 
dad de Lima á fines del siglo xvi, cuando las correrías 
de los piratas de Drake, arguye un meritorio estudio 
de la época y no carece de alguna habilidad para cau- 
tivar el interés, ni de algún carácter atinadamente es- 
bozado; pero el color de la pintura histórica es vulgar 
y violento; la expresión, aunque á menudo viva y efi- 
caz, corre enturbiada por infinitas 'escorias de lengua- 
je y de estilo; y el juicio postumo alabará en el con- 
junto, antes que otra cosa, la cualidad relativa del in- 
tento oportuno. 

Más que la desigual realización de la obra, valía el 
pensamiento que en ella comenzó á ejecutarse y que 
aún hoy tendría plausible novedad. La Novia del He- 
reje era, en el propósito del autor, la novela inicial de 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



ana serie, con la que, emulando en el Sur el america- 
nismo de Cooper, daría formas pintorescas al desen- 
volvimiento de la historia argentina. Las empresas 
guerreras de Zeballos y su influjo en la evolución po- 
lítica y comercial de la colonia; el período precursor 
de la Revolución, con los episodios heroicos de las 
invasiones británicas; las agitaciones íntimas de la me- 
trópoli porteña en el transcurso de las campañas por 
la emancipación; la propaganda armada de la idea de 
libertad, adelantándose con la espada de San Martin 
hasta las faldas de los Andes ecuatoriales; la insurrec- 
ción de las masas campesinas, que añadió á la epope- 
ya revolucionaria la original y ruda poesía del heroís- 
mo bárbaro: tales habían de ser los asuntos con que 
se relacionaran las sucesivas novelas de la serie. Pero 
apartado, desde su madurez, de las letras puras, ese 
Walter Scott no salió de su Wawerley, y prefirió apli- 
car directamente su sentimiento del pasado á la histo- 
ria política, que cultivó, con admirables condiciones 
de vivacidad pintoresca y de generalización brillante 
y audaz, aunque sin el más mínimo respeto por la 
equidad de los juicios ni la exactitud de los hechos, 
en libros cuyo verdadero carácter oscila entre la no- 
vela histórica y el panfleto de partido. 

Al género de La Novia del Hereje contribuyó Juan 
María Gutiérrez con una breve narración: El Capitán 
de Patricios, que escribió cuando su paso por Europa 
y publicó años después en Buenos Aires (1). El Capi- 
tán de Patricios es la idealización de aquella juventud 
llena de prestigio poético, que, formada entre los 



(1) En el Correo del Domingo, y luego en folleto, por la 
Imprenta del Siglo, 1864# 



EL MIRADOR DE PRÓSPERO 



213 



arrobamientos triunfales de la Reconquista y los pre- 
sagios y vislumbres de un sentimiento nacional, res- 
plandecía de entusiasmo y de esperanza en las milicias 
del primer momento de la Revolución. Y este cre- 
púsculo del día de libertad está trasladado al cuadro 
por un pincel que siempre fué maestro en reproducir 
las tintas suaves del crepúsculo. El narrador presenta 
al héroe con una reminiscencia de Racine, y á la he- 
roína con una imagen de Virgilio; y hay, en verdad, 
algo de las blandas melancolías que envuelven á Dido, 
á Ifigenia ó á Andrómaca, en el ambiente de aquel 
cuento casto y primoroso, donde la pureza ideal de 
los afectos y la gracia ingenua del relato tienen su 
más adecuado complemento en la elegancia clásica de 
la expresión. 

Mientras tanto, cobraba creces el estímulo é interés 
por las tareas encaminadas á sentar los fundamentos 
de la historia política. Dos considerables esfuerzos de 
acumulación de materiales propios á ese fin, señalan 
el punto de partida de la labor histórica de aquella 
época: la Colección de obras y documentos ordenada 
por don Pedro de Angelis de 1836 á 1837, y la Biblio- 
teca del < Comercio del Plata», que, bajo la dirección 
de don Florencio Várela, apareció en Montevideo 
desde 1845 y siguió publicándose, por algunos años, 
después de la muerte del ilustre escritor: ambas colec- 
ciones, ricas de elementos de primera importancia. El 
vivo sentimiento de la necesidad literaria y política de 
la historia inspiró, en 1843, al gobierno de Montevideo, 
donde se asilaba en su mayor y mejor parte la cultura 
argentina, la fundación del «Instituto histórico-geográ- 
fico», para dar solidaridad y eficacia á las primeras 
tentativas en este género de estudios. Apenas pasó 



214 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



del acto inaugural el iniciado centro; pero de la comu- 
nicación de ideas y propósitos entre los escritores de 
la juventud reunida dentro de la heroica plaza fuerte, 
nació entonces la dedicación de muchos de ellos á los 
trabajos de investigación histórica, que en algunos, 
como Mitre, López y Domínguez, habían de fructificar, 
perseverando, con obra más ó menos duradera. Fué 
activísimo en la influencia estimuladora, en la informa- 
ción y en el consejo, para alentar los ensayos de esa 
índole, don Andrés Lamas, á quien el gobierno de la 
Defensa encomendó, en 1849, la obra, nunca cumpli- 
da, de escribir la historia de esta banda del Plata. 
Allá en Chile, Sarmiento incluía en su vasta siembra 
de ideas la del conocimiento del pasado americano, y 
con su memorable anículo de «Chacabuco» abría ca- 
mino á la definitiva vindicación de San Martín. 

El primer indicio de madurez de tod i esa consagra- 
ción estudiosa, interrumpida á menudo, pero nunca 
desalentada, por las borrascas familiares á aquella ge- 
neración de hombres fuertes, se manifestó, en 1857, 
con la aparición de la Galería de celebridides argen- 
tinas, donde compitieron, ensayando el dibujo biográ- 
fico, las mejores plumas de la época. La Historia de 
Belgrano, ampliación de uno de los trabajos de aque- 
lla Galería, con el movimiento de crítica y polémica á 
que dió lugar, abre un nuevo período en la bibliogra- 
fía histórica de estos pueblos. 

No permaneció indiferente á tan alto interés de sus 
contemporáneos Juan María Gutiérrez: antes por el 
contrario, participó principalmente en él, y al l ! egar á 
este punto tocamos la razón más firme de su fama. 
Escogió para sí, en las tareas de la historia, la parte 
que se refiere al desenvolvimiento de la literatura, y 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



215 



en general, de toda aplicación desinteresada del espí- 
ritu; y se consagró á reiviadicar, para la América de 
su tiempo, en la obra de las generaciones que prece- 
dieron á la suya, los títulos de un abolengo intelec- 
tual desconocido ó desdeñado. La afirmación de la 
existencia y del relativo valor de ese abolengo fué 
inspiración constante de su vida, inagotable estímulo 
de su labor. 

Sin que el refinamiento de su sensibilidad literaria 
fuera motivo á retraerle del trato cuotidiano con los 
más obscuros antecedentes y los más ínfimos antici- 
pos; sin que Saquearan su tenacidad ni su entusiasmo 
de investigador por la impresión de tedio, frecuente en 
el contacto con la palabra escrita de tiempos de ener- 
vación moral é intelectual, de decadencia ó definitiva 
pérdida de gusto, se soterró entre los casi ignorados 
materiales de la literatura de la colonia; los trajo á 
plena luz; obtuvo de ellos revelaciones inesperadas y 
curiosas: ya intensamente significativas en el proceso 
de las ideas ó de las costumbres, ya positivamente 
honrosas para los orígenes literarios de estos pueblos; 
y puso un noble ahinco en que resaltara todo aquello 
que significase un rasgo de espontaneidad y atrevi- 
miento de la conciencia americana, levantándose, por 
sus propias fuerzas, sobre el remedo sin alma á que 
la condenaban los moldes de la educación y sobre los 
límites del horizonte ideal que le estaba consentido. 

He dicho ya que de su paso por Chile y el Perú 
quedó la publicación del poema épico de O ña, que 
exhumó de los archivos de Lima para llevarlo á im- 
primir á la patria colonial del poeta. En Lima también, 
en los papeles de la vieja Universidad de San Marcos, 
desentrañó recuerdos preciosos de la tradición a cade- 



216 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



mica de la Ciudad de los Reyes. Pero consagró, sobre 
todo, sus esfuerzos á la historia de la inteligencia y la 
cultura en los pueblos del Río de la Plata, y la siguió 
con minucioso amor, con el nimio afán erudito que 
ennoblece un interés profundo, tomándola desde la 
crónica de Schmidel y el poema de Centenera, cuyas 
páginas despejó del polvo secular en dos prolijos estu- 
dios (1); lleno de amenidad y colorido el de la obra 
del Arcediano rimador; excelentes ambos. Pasó de los 
testimonios de la Conquista á los documentos de la 
instituida servidumbre, rastreando siempre la noticia 
que reflejara alguna luz de ideas sobre los períodos 
más lejanos y humildes de la existencia colonial, como 
aquellos desabridos comienzos del siglo xvm, sobre 
cuyo fondo opaco hizo destacarse la inteligente fisono- 
mía de Neira (2), apenas recordado hoy mismo é igno- 
rado de muchos; Neira, el dominico viajero, el obser- 
vador tolerante, que, en los antecedentes de la evo- 
lución liberal de la colonia, precede en varias décadas 
á la obra de relativa emancipación respecto del for- 
malismo escolástico, que emprendió en la enseñanza 
Maziel, y en más de media centuria á la repercusión 
de las ideas de la Enciclopedia en las memorias de 
Belgrano y las oraciones de Funes. 

Investigando, en interesantísimo libro (3), la his- 

(1) Nuestro primer historiador Ulderico Schmidel; su 
obra, su persona y su bibliografía . Revista del Río de la 
Plata. Tomo VI. — Estudio sobre la Argentina y conquista 
del Río de la Plata, y sobre su autor, don Martín del Barco 
Centenera. Idem. Tomo Ví y siguientes. 

(2) El Padre dominico Neira, del convento de predicado- 
res de Buenos Aires. Revista de Buenos Aires. Núm 20. 

(3) Noticias historie es sobre el origen y desarrollo de la 



EL MIRADOR DE PRÓSPERO 



217 



toria de los estudios públicos de Buenos Aires, obs- 
curecidos hasta entonces en el aprecio postumo por 
la tradición universitaria de Córdoba y de Chuquisa- 
ca, puso de manifiesto en ellos adelantos precoces y 
rasgos de cierto espíritu liberal, que no había trascen- 
dido á todas partes de América. Se detuvo con par- 
ticular interés ante aquel movimiento de vago desper- 
tar de las energías de la mente y de diversificación de 
las actividades sociales, que se inicia con el período 
gubernativo de Vértiz y Salcedo, cuya noble figura 
dejó diseñada, como las de Maziel y Labardén, el pri- 
mer asomo de un educador y el primer asomo de un 
poeta (1). Y transmitió finalmente, á la atención del his- 
toriador futuro, ea su laboriosa Bibliografía de la Im- 
prenta de Expósitos (2), que comentó con observacio- 
nes amenas y profundas, un guía invalorable para el 
estudio de la progresiva transformación de las ideas y 
los sentimientos comunes, desde la época que refleja 
tímidamente su espíritu en versos cortesanos y opúscu- 
los de devoción, hasta las ya cuantiosas y vibrantes 
manifestaciones de publicidad que motivaron, en las 
vísperas de 1810, los entusiasmos de la Reconquista. 

Aún con mayor solicitud, y desbrozando terreno 
mucho más grato y generoso en estímulos, como que 

Enseñanza pública superior en Buenos Aires. Buenos Aires. 
Imprenta del Siglo. 1868. 

(1) Celebridades argentinas en el siglo XVIII. Don Juan 
José de Vértiz y Salcedo: Revista de Buenos Aires, núme- 
ro 25.-- El doctor don Juan Baltasar Maziel, ídem, números 
23 y 24. -Don Juan Manuel de Labardén: Correo del Do- 
mingo, números 5 i y siguientes. 

(2) En la Revista de Buenos Aires, números 29 y si- 
guientes. 



218 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



era el del espontáneo florecer del alma americana 
abriéndose á los vientos de la libertad, siguió los pa- 
sos de la literatura viril y militante del quindenio revo- 
lucionario ; la estudió en sus vinculaciones con la 
acción y en sus inspiraciones sociales; fijó en el lienzo 
biográfico la imagen de sus hombres, completando la 
historia de los hechos guerreros y políticos con la de 
la actividad del pensamiento, manifestada en la pren- 
sa, en la instrucción, en el libro, en las asociaciones de 
fin intelectual, y poniendo á la vista aquel seguro cré- 
dito de las influencias morales, aquella fe profunda en 
la virtud de las ideas, con que los gobernantes y los 
publicistas de la Revolución atendieron á favorecer 
desenvolvimiento del espíritu y la adquisición de nue- 
vos medios de cultura, en sus empeños de dirección y 
propaganda. Lícito es afirmar que una gran parte de 
la energía intelectual que se vincula á la gloria de esa 
época ha vivido sólo por él en el recuerdo de las ge- 
neraciones posteriores. 

Desde el amanecer del sentimiento laudatorio de la 
libertad en las canciones populares de Mayo (1), hasta 
la lírica consagración de las victorias por los poetas de 
escuela, y las exhortaciones del remontado didacticis- 
mo social que sucedió á los cantos heroicos cuando 
del esfuerzo guerrero se pasó á la obra de organización, 
trazó, en fragmentos, la historia de la poesía de la In- 
dependencia. Sus estudios sobre Fr. Cayetano Rodrí- 
guez, sobre Luca, sobre Rojas, complementan el ex- 
tenso y magistral que consagró á Juan Cruz Várela, la 
más alta personificación literaria de aquel tiempo (2). 

(1) Véase La Literatura de Mayo, en la Revista del Río 
de la Plata, tomo lí. 

(2) Don Esteban de Luca. Noticias sobre su vida y es- 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



219 



A la luz de su crítica inspirada, el clasicismo de la 
literatura de la Revolución, en el que un superficial 
examen vería sólo artificio sin alma, fría exornación 
retórica, se nos representa como fué en realidad: como 
una idea dinámica; como ia imagen de un ideal de 
gloria y de grandeza moral que contribuyó eficazmente 
á caracterizar el espíritu revolucionario, apacentáii- 
dolo en los ejemplos del genio heroico y tribunicio de 
la antigüedad. El resplandor de ideas que ilumina la 
grande época de Rivadavia, trascendiendo al carácter 
de la producción poética desde la cátedra, la prensa y 
la tribuna, tiene vivo reflejo en las semblanzas de al- 
gunos de los esforzados obreros de aquel período de 
reforma, con que termina el interesante libro de la 
Enseñanza superior, y en el estudio sobre Juan Cruz 
Várela, que es quizá, de los trabajos críticos de Gu- 
tiérrez, el de más primor y madurez. 

No es posible imaginar merecimiento más puro y 
noble de respeto intelectual que el adquirido de esa 
porfía tenaz contra el olvido, la ingratitud y la indo- 
lencia; de esa perseverante restauración de un funda- 
mental elemento de la vida de generaciones pasadas, 
restauración que realizó Gutiérrez, no sólo con acierto 
de diligente y sagaz indagador, sino también, en cier- 
tas páginas, con verdadera inspiración de historiador 
artista, de cabal iniciado en los secretos de la narra- 



critos: Revista del Río de la Plata, tomo Xíí!. — El coronel 
don Juan Ramón Rojas, soldado y poeta: ídem, tomo XIII. — 
El sueño de Eulalia contado á Flora , y noticias sobre su 
autor (Fr. Cayetano Rodríguez): ídem, tomo Vi. — Estudio 
sobre las obras y la persona del lite futo y publicista argen- 
tino don Juan Cruz Várela: ídem, tomo III y siguientes. 



220 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



ción que reproduce formas y colores y palpitación de 
entrañas vivas. 

Estéril y tedioso es el empeño de la erudición vul- 
gar, que ama la investigación por la investigación, el 
pasado por el pasado, el dato nimio y escondido por 
la sola virtud de su rareza; pero es hermosa y fecunda 
entre todas las aplicaciones del espíritu la obra inspi- 
rada del investigador que levantando la curiosidad 
erudita á la condición de una simpatía inexhausta, y 
guiado por aquella luz intuitiva que no se suple con 
la prolijidad de los documentos ni con la certidumbre 
de las cosas externas, penetra en la profundidad del 
tiempo muerto como para restituirle su alma, y acier- 
ta á reconstruir idealmente, en presencia de las mu- 
das ruinas de lo que fué, la vida intelectual y afectiva 
de una generación, la fisonomía moral de una socie- 
dad ó la genialidad literaria de una época. 

Iniciador en el estudio de una tradición de cultura 
casi por completo desconocida ú olvidada, á la que 
no era posible aplicar las formas orgánicas de la ex- 
posición histórica ni el metódico análisis de la crítica 
sin antes atender á la ausencia, con que para ello se 
luchaba, de fundamentos seguros y materiales ordena- 
dos de investigación, hubo de consagrar forzosamente 
Gutiérrez á esta ingrata tarea porfías que encaminara, 
de otro modo, á empresas más altas. Hay en su vasta 
obra muchas páginas de descarnada erudición; insis- 
tentes esfuerzos empleados en lo que tiene de más 
desapacible la crónica solamente útil, y en lo que la 
bibliografía ofrece de más árido. Pero cuando á la sig- 
nificación puramente relativa de la personalidad ó del 
objeto sobre que recaen sus miradas de investigador 
se une más¡!alto interés, capaz de cautivar el sentí- 



I ■ 

EL MIRADOR DE PRÓSPERO 221 

miento ó la fantasía; cuando, trazando la imagen de 
famoso polígrafo del siglo xvin (1), nos hace penetrar, 
por ejemplo, dentro del ambiente hechizado de aquella 
Lima colonial, que constituye una de las más romances- 
cas perspectivas de la historia de América, y aparece 
con todos los caracteres de la vida, en el panorama de 
su narración, el singular aspecto de aquella sociedad 
en que tan extrañamente se mezclaban refinamientos 
bizantinos y pequeñeces lugareñas, ingenuidades de 
pueblo niño y rasgos de decrepitud social, sórdidas 
manifestaciones de abyección y timbres preclaros de 
cultura, entonces vemos reflejarse la inspiración del 
verdadero y grande historiador sobre la asiduidad del 
erudito, y reconocemos que había dotes en él para lle- 
var al estudio del pasado esa poderosa visión del mo- 
vimiento dramático de la realidad, que hace de aquel 
estudio una nigromancia de la fantasía evocadora. 

Rasgos de valor semejante realzan las páginas sobre 
Juana Inés de la Cruz y sobre Pablo de Olavide, que, 
junto con las consagradas á Fray Juan de Ayllón, á 
Labardén, á Caviedes, al P. Juan Bautista Aguirre, á 
Ruiz de Alarcón y á Pedro de Oña, publicó, en 1865, 
en el volumen titulado Estudios biográficos y críticos 
sobre algunos poetas sud- americanos anteriores al si- 
glo XIX. Si le hubiera sido dado redondear su obra de 
investigación, abarcando el conjunto de la cultura co- 
lonial en los pueblos de la América española y levan- 
tándose luego á la libre y serena visión de puro arte, 
para la que mostró su capacidad en frecuentes acier- 
tos, habría podido intentar el vasto cuadro histórico, 

(1) Escritores americanos anteriores al siglo XIX, — Doc- 
tor don Pedro de Peralta: Revista del Río de la Plata, 
tomo VIII y siguientes. 



222 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



no realizado todavía, del desenvolvimiento de la inte- 
ligencia americana y de la evolución de sus ideas, 
desde la primera simiente de civilización hasta los 
anhelos de libertad y los precoces ensayos del pensa- 
miento propio. 

Conciliaba con e! oficioso amor del hecho depura- 
do y preciso, que es lastre de la historia, la aptitud de 
generalizar y el poder de la interpretación colorida; 
pero sentía la obligación de cimentar, ante todo, sóli- 
damente, sobre aquel árido y seguro cuidado de los 
hechos, la ciencia del pasado, y abominaba en ella los 
vuelos errabundos y arbitrarios de la imaginación, las 
vanas anticipaciones de la indiferencia y del juicio. 
Sobre la necesidad de imprimir á las tareas de prepa- 
ración de la historia de los pueblos de América «un 
carácter particularmente erudito y cronológico», que 
compensase la tendencia que predomina en nuestro 
espíritu á la síntesis vaga y prematura «con las rémo- 
ras que dan pulso y gravedad á la historia», versa una 
hermosa página dirigida á don Alejandro Magariñcs 
Cervantes con motivo de la fundación de la Biblioteca 
Americana (1); página que merecería encabezar, como 
exposición del criterio que le guió en la extensa obra, 
una ordenada colección de sus trabajos históricos. 

A la referida Biblioteca Americana, que empezó á 
publicarse en 1858, dió Gutiérrez, el siguiente año, un 
tomo de Pensamientos, máximas y sentencias, entre- 
sacados de escritos y discursos de argentinos ilustres: 
tomo que complementó en 1860, con otro de Apuntes 
biografíeos de algunos de los autores que había puesto 
á contribución en el primero. Incluyó entre esos breves 



(1) Carta publicada al final del tomo IV de esa Biblioteca. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



223 



Apuntes un trabajo de mayor detención: el consagrado 
á Rivadavia, que publicó también en la Galería de ce- 
lebridades argentinas y que constituye el ensayo de 
más aliento realizado por él fuera de la historia litera- 
ria y cultural, si se exceptúa el substancioso bosquejo 
biográfico de San Martín que, con extensa ilustración 
de documentos, copiosos datos de bibliografía é ico- 
nografía y una Corona poética, hizo imprimir en 1862, 
en ocasión de erigirse la estatua del Capitán de los 
Andes. 

Pero su permanente dominio fué la historia de la 
producción intelectual y de todo desenvolvimiento de 
cultura. En cuanto al carácter crítico de los comenta- 
rios que aplicó, trayendo á luz autores y obras, nadie 
dejará de reparar en ellos un exceso de encomio, que 
se justifica, sin embargo, como reacción oportuna. 
Predominaba un espíritu de exagerada detracción en 
lo que se refiere á las condiciones intelectuales y mora- 
les de la vida americana bajo el régimen colonial. Por 
otra parte, el impulso de innovación triunfante en las 
ideas literarias sugería el desdén por cuanto se vincu- 
lase á las formas vencidas; y esto influyó para que 
pocos escritores de su tiempo participaran de aquel 
sentimiento de filial interés por el recuerdo y la obra 
de los que les habían precedido. Juan María Gutiérrez 
fué á menudo extremoso en tal sentimiento, pero esta 
explicable y bien inspirada benevolencia, esta genero- 
sa facilidad de entusiasmo, no impidieron que su dies- 
tra guardara casi siempre la rienda firme del buen 
gusto, ni que fluctuase constantemente sobre sus jui- 
cios literarios el reflejo de aquella ática sonrisa que 
era como el sello de su fisonomía intelectual. 

Las mismas delicadas facultades llevó á la crítica de 



224 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



contemporáneos. En esta parte de su labor, descuella 
el sentido y juicioso, aunque no suficientemente seve- 
ro, ensayo sobre Echeverría, que ilustra la edición 
publicada, de 1870 á 1874, por el propio Gutiérrez, 
de las Obras del poeta. Pero el preferente objeto de 
su atención fué siempre la literatura de tiempos pasa- 
dos, en cuyo estudio la critica va de la mano con la 
historia. Y acaso no fué extraña á los estímulos que 
determinaron su vocación de crítico-historiador una 
tendencia universal de la erudición de su época. El 
romanticismo, alentando el sentimiento de la tradi- 
ción, la poesía del pasado, como seguro medio de lle- 
gar á lo más característico y hondo del alma popular, 
en su gloriosa empresa de vincularla á la literatura, 
comunicó el mismo impulso al espíritu de investiga- 
ción y despertó el interés y el amor por el estudio 
histórico de la espontaneidad literaria de los pueblos. 

Juan María Gutiérrez, que sintió intensamente la 
aspiración de americanismo poético, en que él mismo 
fué de los más eficaces colaboradores de Echeverría, 
hubo de experimentar emoción semejante á la de los 
críticos y arqueólogos románticos, cuando rescataba 
del olvido las viejas crónicas que guardaban la reper- 
cusión de los épicos sones de la Conquista ó refleja- 
ban con prosaica languidez el sueño de la larga noche 
colonial. No era posible volver á la luz los lejanos an- 
tecedentes de la producción literaria americana en el 
sentido en que lo hiciera, con las reliquias de arte y 
poesía anteriores al influjo del Renacimiento, la eru- 
dición tributaria del romanticismo. El movimiento 
reivindicador de la originalidad literaria nacional había 
de desenvolverse en América sin precedentes cercanos 
ni remotos. Pero para la visión cabal del pasado en 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



225 



que tenía sus ocultos veneros la poesía de la tradición, 
era indispensable conocimiento ei de aquella humilde 
literatura, donde, además del testimonio histórico de 
las cosas y de los hechos á que debía adaptar el poeta 
las invenciones de su fantasía, no es raro caso encon- 
trar, ya medio rota la crisálida, ya casi á punto de 
cuajar en color y aroma de belleza, una leyenda heroi- 
ca, ó un paso novelesco, ó un candido y gracioso idi- 
lio, que, sin más que la última iluminación de la for- 
ma, llegarían á la plenitud poética. 



VIII 



Esa vasta y lucidísima obra de investigación y de 
crítica ocupa densamente los años de fecunda plenitud 
para el espíritu de Juan María GuHirrez; plenitud du- 
radera, que llega muy más allá de la madurez de la 
vida, y persiste, sin decadencia ni desfallecimientos, 
desde su vuelta del destierro de Chile hasta su muer- 
te, ocurrida en 26 de Febrero de 1878. He citado los 
libros que en tan largo espacio de tiempo dió á la im- 
prenta y los principales estudios que, para comple- 
mento de aquéllos, publicó en revistas como la de 
Buenos Aires, que dirigió Navarro Viola, y e! Correo 
del Domingo; pero debo nueva mención al memorable 
esfuerzo de publicidad y de discipliaa estudiosa repre- 
sentado por aquella Revista del Río de la Plata, que 
él fundó en 1871, en unión de don Andrés Lamas y 
don Vicente Fidel López, y de la que él fué verdade- 
ramente el director, alcanzando á dejar realizados, en 

Tomo II 15 



226 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



sus trece interesantísimos volúmenes, uno de los gran- 
des ejemplos de revista americana y el más victorioso 
ensayo que se hubiera hecho en Buenos Aires para 
arraigar publicaciones de tal índole. 

Además de la perseverante vibración de su pluma, 
contribuyó Juan María Gutiérrez al desenvolvimiento 
de la cultura de su patria con las funciones públicas 
de trascendencia intelectual que desempeñó: ya de 
rector de la Universidad de Buenos Aires, en 1861; 
ya de jefe del departamento de Escuelas, en 1875; ya 
en su carácter de miembro de la Facultad de Mate- 
máticas y de la de Humanidades y Filosofía; ya, final- 
mente, cooperando en planes de reorganización, como 
el de la enseñanza universitaria y el del Archivo Ge- 
neral, ambos en las postrimerías de la administración 
de Sarmiento. 

De su vida política no me compete hablar aquí. 
Diré sólo que dejó uno de los nombres más respeta- 
dos y más puros entre cuantos se vinculan á la por- 
fiada labor de la organización nacional argentina. 
Pero ni su acción de hombre de gobierno, como mi- 
nistro del de don Vicente López y Planes, y luego, 
de la presidencia de Urquiza; ni sus servicios diplo- 
máticos, para restablecer ó confirmar las relaciones 
con España y el Brasil; ni la participación que le cupo 
en el Congreso constituyente de Santa Fe y en la 
Convención de 1870, forman más que un rasgo secun- 
dario de su apacible figura. El que sobre todos preva- 
lece es que «las Gracias fueron constantes compañe- 
ras de su vida», como para la suya deseaba el dulce 
Teócrito. Y si se quisiera expresar cuál es el funda- 
mento de su originalidad personal y de su gloria, se 
diría: fué el estudioso desinteresado, en una genera- 



EL MIRADOR DE PRÓSPERO 



227 



ción de combatientes y tribunos; fué, en ella, el que se 
mantuvo fiel hasta morir al sueño literario, concebido 
antes de la juventud, inmune entre los afanes de la 
edad madura, y acariciado todavía con el amor de la 
vejez: á modo de ía primorosa flor silvestre que, esco- 
gida en el paseo de la mañana, sirve de embeleso á 
todo el día y queda aún fragante, por la noche, junto 
al libro que se cierra para dormir. 



LA ESPAÑA NIÑA 



En su reciente y admirable libro Camino de perfec- 
ción — digno, en verdad, del glorioso recuerdo que su 
nombre evoca, por la indeficiente gracia del estilo y la 
serenidad, de sombra y frescura, de la meditación — , 
apunta Díaz Rodríguez, el gran novelador venezola- 
no, una idea tan henchida de persuasión como de es- 
peranza; una idea honda y preciosa, que me ha que- 
dado en el alma, prendida como una estrella, ungién- 
domela de luz y diciéndome por lo bajo cosas de con- 
suelo y de fe... 

Yo no he dudado nunca del porvenir de esta Amé- 
rica nacida de España. Yo he creído siempre que, me- 
diante América, el genio de España, y la más sutil 
esencia de su genio, que es su idioma, tienen puente 
seguro con que pasar sobre la corriente de los siglos 
y alcanzar hasta donde alcance en el tiempo la huella 
del hombre. Pero yo no he llegado á conformarme ja- 
más con que éste sea el único género de inmortalidad, 
ó, si se prefiere, de porvenir, á que pueda aspirar Es- 
paña. Yo la quiero embebida, ó transfigurada, en nues- 
tra América: sí; pero la quiero también aparte, y en su 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



229 



propio solar, y en su personalidad propia y continua. 
Mi orgullo ameúcano — que es el orgullo de la tierra, 
y es, además, el orgullo de la raza — , no se satisface 
con menos que con la seguridad de que la casa leja- 
na, de donde viene el blasón esculpido al frente de la 
mía, ha de permanecer siempre en pie, y muy firme, 
muy pulcra y muy reverenciada. Por eso me deja me- 
lancólico lo que á otros conforta y alegra: el esforzar- 
se en vencer la tristeza de que España se va con el 
pensamiento de que no importa que se vaya, puesto 
que queda en América; y por eso no he concedido 
nunca, ni concedo, ni espero conceder, que España 
se va... Y cuando me parece que vislumbro algún sig- 
no sensible de que vuelve: de que torna á ser origi- 
nal, activa y grande, me alborozo, y empeño en el 
crédito de ese augurio todos mis ahorrillos de fe. Me 
he habituado así á borrar de mi fantasía la vulgar ima- 
gen de una España vieja y caduca, y á asociar la idea 
de España á ideas de niñez, de porvenir, de esperan- 
za. Creo en la España niña. Esta es la razón por que 
me interesó y halagó tanto la referida página del autor 
de Idolos rotos. Piensa Díaz Rodríguez que «en vez de 
pueblo degenerado, como tontamente proclaman al- 
gunos, del pueblo español puede afirmarse más bien 
que es un pueblo primitivo». «Asi nos lo dice — agre- 
ga — aquella sensación que el hombre del pueblo espa- 
ñol nos produce, de una reserva intacta de fuerzas». Y 
después de señalar dos caracteres notorios de esa con- 
dición primitiva, uno exterior, otro interno, en la ru- 
deza española de las maneras y en la españolísima 
virtud de la generosidad, infiere, de aquel defecto 
como de esta virtud, la existencia de frescos rincones 
del alma popular «donde la savia originaria duerme, 



230 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



soñando quién sabe en qué magníficos renacimientos 
futuros». 

Abramos el corazón á este vaticinio, que viene de 
poeta. Acaso la defensa de una grande originalidad 
latente, que aguarda su hora propicia, imprima hondo 
sentido á esa resistencia, aparentemente paradójica, 
contra el europeismo invasor, predicada hoy por el alto 
y fuerte Unamuno. — Soñemos, alma, soñemos un por- 
venir en que á la plenitud de ia grandeza de América 
corresponda un milagroso avatar de la grandeza espa- 
ñola, y en que el genio de la raza se despliegue así, en 
simultáneas magnificencias, á este y á aquel lado del 
mar, como dos enredaderas, florecidas de una misma 
especie de flor, que entonasen su triunfal acorde de 
púrpuras del uno al otro de dos balcones fronteros. 



CARLOS GUIDO SFÁNÓ 



... Titúlase el libro Ecos lejanos, y lleva á su frente 
un nombre de poeta que es un ilustre guión en toda 
lid de sentimiento y de arte. Carlos Guido Spano ha 
reunido las páginas dispersas de su producción de los 
últimos años, y nos ofrece un libro nuevo. Excelente 
ocasión para detenerse á bosquejar una de nuestras 
más características fisonomías literarias. 

Mme. de Staél llamaba á la ancianidad de los varo- 
nes ilustres «la aurora de la inmortalidad». Digamos 
nosotros que si alguna vez puede hablarse de una an- 
cianidad que tenga semejanzas de aurora es cuando se 
trate de este poeta luminoso, sereno, eterno adolescen- 
te del alma, cuya mano se tiende desde las cumbres 
blancas de la vida para brindarnos con un libro de ver- 
sos que ostenta toda la espontaneidad, todo el candor 
y toda la frescura de la más intacta juventud. 

Tan natural y suave como es, fué á su modo un ori- 
ginal y casi un rebelde. Su figura resalta, dentro de su 
época, con el interés peculiar de los que no se parecen 
á sus contemporáneos y llevan en su sensibilidad, en su 
fantasía ó en su gusto, un carácter esencial que los sin- 
gulariza. Llegó á la escena literaria cuando alcanzaba 



232 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



entre nosotros á triunfal plenitud ia renovación román- 
tica, y vió pasar la corriente de las nuevas formas con 
cierto apartamiento señoril, aunque no incapaz de 
simpatía y asimilación. Puede, en algún sentido, afir- 
marse que fué su musa la Cordelia fiel al clasicismo 
entre las que aquí respiraron el aliento impetuoso de 
la tempestad hugoniana. Pero éste de clasicismo es un 
término de harta vaguedad. Con él se clasificaba has- 
ta entonces la manera de los que habían saludado en 
versos precoces, arrogantes, mezcla de infantil inge- 
nuidad y de laboriosa retórica, las glorias de la Re 
voltición; y con los poetas de la Revolución no tiene, 
seguramente, el imaginadcr de Amira y de Marmórea 
más afinidad de tendencias que con los que tremola- 
ron en el torneo de nuestra vida literaria los colores 
del romanticismo. Aquellos poetas profesaban, por 
ideal de la forma, el remedo pindárico, la elocuencia 
lírica; buscando efectos semejantes á los de la arenga 
y la proclama, pagaban pleno tributo á la afectación 
declamatoria, que era la ficticia inspiración de la épo- 
ca; en tanto que una de las calidades de la poesía de 
Guido es su serenidad, su aristocrática templanza, y lo 
característico en su forma es todo lo contrario del 
liiismo elocuente: es la línea pura y correcta en breves 
límites. Ellos no hallaban medio de desprenderse de la 
altisonancia de !a oda académica, especie de pedestal 
á cuya planta abandonaba el poeta, como fardo inno- 
ble y pesado, su naturaleza de hombre, para asumir la 
gravedad solemne de un numen, sino cuando procu- 
raban la falsa sencillez madrigalesca ó bucólica, en 
tanto que la elevación ideal y la forma pura y escogi- 
da conviven hermanablemente con la verdad de los 
afectos en el autor de Ecos lejanos. 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



233 



Independiente el estilo poético de Guido de estre- 
chas tradiciones de escuela; formado en esa inteligen- 
cia de la imitación que no excluye, sino que estimula 
y fecundiza, el impulso de la libertad; concretando 
mucho de lo íntimo y esencial del gusto clásico en 
formas personales y propias, sólo pudo llegar á ser 
por influjo de aquella misma renovación literaria, que 
de tan distinta manera inspiraba á los contemporáneos 
del poeta; y en este sentido, cabe también dentro del 
carácter de su tiempo. La gracia alada y serena, la 
fresca visión de las cosas, ei don de la armonía plás- 
tica é ideal, que cifrarnos en ei sentimiento de lo clá- 
sico, nunca como del romanticismo acá se compren- 
dieron y gustaron, á no ser en los días del Renaci- 
miento. Mientras el clasicismo de colegio y academia 
era herido de muerte por la crítica de los novadores 
románticos, la pasión de la belleza antigua floreció 
como una de las innúmeras virtualidades de aquella 
revolución complejísima. Desmoronóse el templo al- 
zado á la sabia regularidad y la artificiosa corrección 
por el soberbio reinado que el clasicismo del siglo 
diez y ocho proclamaba, sobre los tiempos de Pén- 
eles y los de Augusto, edad de oro del ingenio; pero 
el culto de la antigüedad se instauró á pleno sol, y 
ella fué, y ha continuado siendo más que nunca, Tie- 
rra-santa de peregrinaciones ideales. Así, desde An- 
drés Chénier hasta Leconte de Lisie, se oyeron sones 
como de rapsodias homéricas y de cantos de Atenas 
ó de Alejandría; así Goethe, domeñada la tempestad 
que el Werther propagó por el mundo, trajo á nuevo 
ser la Elena clásica, y enseñó el arte de infundir en 
versos modernos ei divino sosiego de los mármoles 
paganos. 



234 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Nada hay, seguramente, en nuestro poeta que se 
asemeje á una de esas intuiciones de lo antiguo, en 
que la poesía, flor de humanidades, obra con el presti- 
gio de una evocación arqueológica, y acierta á expri- 
mir, de las reliquias de un arte muerto, la más recón- 
dita belleza. Su antigüedad consiste sólo en simpatías 
de la imaginación; su clasicismo no pasa de ciertas 
líneas generales de gusto y estilo, nacidas de natura 
propensión y afinidad, más que de iniciación profunda, 
y acrisoladas, antes que en el modelo original, en los 
que, en distintos tiempos, hicieron retoñar sus formas 
al sol de España y de Italia. Pero haya sumergido más 
ó menos distante de las fuentes la urna, haya rasgado 
más ó menos de cerca el velo del santuario, es induda- 
ble que de aquella fe poética es devoto, y que por 
virtud de ella ha merecido el favor de las gracias. 
Como epígrafe de sus versos vendría bien el hemisti- 
quio de La Invención, de Chénier, que pide pensa- 
mientos nuevos labrados en el mármol antiguo. Tiene 
del ateniense inmolado por los escitas del Terror, el 
aticismo en que ha puesto aún más la naturaleza que 
la escuela; y cuando su numen, no satisfecho ya con el 
ara en que se ofrecen los sacrificios de la forma, aspi- 
ra al triunfo que se consagra con tributo de lágrimas, 
es para penetrar, como Chénier, en esa zona crepus- 
cular del sentimiento donde flotan las sombras de las 
heroínas de Eurípides, y el eco de las quejas de Dido, 
y extienden sus alas blancas y sedosas los alejandrinos 
de Racine. Bajo el tipoy de la paraguaya de Nenia se 
siente latir un corazón hermano de La Joven Cautiva. 
Marmórea tiene la triste languidez de Neera. 

De este abolengo ático de su naturaleza poética y 
su arte, nace, entre otros caracteres que contribuyen á 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



235 



imprimirles sello singular y distinto dentro de su tiem - 
po, el dominio de toda exquisitez de la dicción y toda 
delicadeza del ritmo. El noviciado de la libertad litera- 
ria se caracterizó, para la generalidad de nuestros 
poetas de América, por la voluptuosa non curanza de 
la forma, por el desdén, más ó menos consciente y 
confesado, de ese «culto del materia!> que, en poste- 
riores escuelas universales, llegó á la superstición é 
indujo al delirio. Eran los tiempos en que solía tenerse 
por consubstancial á la naturaleza del poeta el don 
divino de la composición enteramente fácil y espontá- 
nea y de la producción abundosa. Confiábase dema- 
siado en las abstracciones de cierta psicología estética 
que atribuía una sobrada realidad al mito del numen, 
y acaso era tildada de prosaica la porfía difícil y tenaz 
de la labor. Diríase que el romanticismo se inclinó á 
no reconocer sino la magia negra, la magia no apren- 
dida en la taumaturgia del arte. Era adorado el mis- 
terio de la inspiración que desciende al espíritu del 
poeta envuelta en lampos y nubes. Hoy encontramos 
más poesía en los afanes de esa lucha hermosa y viril 
que empeña con el material rebelde el espíritu enamo- 
rado de la perfección: la lucha que llevaba la razón 
del Tasso á la locura; que torturaba el pensamiento de 
Flaubert, con alternativas de angustia y júbilo infini- 
tos, y que el autor de Levia Gravia ha simbolizado en 
una imagen soberbia: los afanes del sátiro, persegui- 
dor de la ninfa leve y esquiva, en el misterio de los 
bosques. 

Fué concedida á nuestro poeta la gloria del triunfo 
alcanzado más de una vez en esa lucha, cuando respi- 
raban los que con él compartieron la representación 
literaria de su época vientos de tempestad, vientos 



236 • JOSE ENRIQUE RODO 



de desordenada inspiración, y eran sus versos como 
soldados vencedores que vuelven del combate, desali- 
ñados y altivos. Tuvo entre ellos el indisputado domi- 
nio de la forma. No ciertamente porque sea el labrado 
y blanquísimo panal lo que nos seduzca por única 
excelencia en su obra; hay también miel regalada que 
gustar en sus transparentes alvéolos; suele acertar 
también, si no con el intenso grito de la pasión, con el 
lenguaje de las delicadezas del alma, que piden pro- 
pagarse en mansas ondas de luz; con la expresión efi- 
caz de los afectos blandos, puros, apacibles; exhalacio 
nes de suavísimo aroma que percibirán en sus versos, 
sin necesidad de una aspiración esforzada, aquellos 
que no hayan enervado su sensibilidad en el abuso de 
ios perfumes capitosos y ardientes. La poesía es irra- 
diación de todas las faces del espíritu, y como la natu- 
raleza para cada una de las regiones del mundo, ella 
tiene, para cada determinación del sentimiento, mani- 
festaciones peculiares de vida y hermosura. Al lado de 
la poesía de la pasión y del dolor, que lleva el alma á 
las asperezas de la cumbre, admitamos, como la vege- 
tación risueña de los valles, la que se debe á una sere- 
na y plácida concepción de la existencia, tal vez me- 
cida por los deliquios de voluptuosidad que embalsa- 
maron la amena granja del Tíbur y la estancia sabina; 
tal vez velada transitoriamente por el celaje de las 
melancolías más suaves y graciosas. Pero el aspecto 
que manifiesta toda la superioridad de la obra poética 
de Guido, aquel en que principalmente puede ser ejem- 
plar, es, sin duda, el de las exterioridades plásticas del 
verso; el que admiramos en las cuartetas de Amira, 
en las de la inolvidable bendición paternal, en el verso 
libre de La Noche, en las briosas octavas de Adelante. 



EL MIRADOR DE PRÓSPERO 



237 



Hay dos supremas manifestaciones de la belleza 
poética en la forma, y cada una de ellas prevalece 
según la poesía, que reúne y armoniza en cierto modo 
las calidades de las demás artes bellas, se inclina á 
participar de la determinación las artes del dibujo ó 
de la vaguedad del espiritualismo melódico. Por una 
parte, la línea firme, el ritmo vencedor de ia inmate- 
rialidad de la palabra, el culto de las apariencias ma- 
teriales y tangibles del verso, que dan la sensación de 
contornos mórbidos de estatua; el arte de la imagen 
precisa, dotada de relieve, que puede hacerse pasar 
de la estrofa al mármol ó al bronce; el procedimiento, 
en fin, que pone en manos del poeta, ya el martillo y 
el cincel del escultor, ya — para símbolo de los primo- 
res de un Gautier ó un Heredia — el diamante del gra- 
bador de piedras finas. — Por otra parte, el tejido 
tenue y aeriforme de los líricos en quienes la poesía 
tiende á ia sugestión sentimental de la música; el de 
las rimas de Bécquer, el del liéder heinhno: semiclari- 
dad de crepúsculo, levedad etérea, graciosa suavidad 
de una forma desdeñosa del efecto plástico y el «nú- 
mero sonoro», pero que, modelada para expresar las 
vaguedades del ensueño y la aspiración d? lo inefable, 
encuentra su arte propio rehuyendo la severa precisión 
de la línea, espiritualizando los contornos de la idea y 
de la imagen, como la onda de incienso que, al paso 
que más alto sube, más gana en inmaterialidad. — 
Carlos Guido es de los que sienten y señorean la pri- 
mera manifestación de poesía; de los que trabajan el 
ritmo como el mármol, el pensamiento como inscrip 
ción lapidaria, y la imagen como escultura. 

Tal se caracterizó, dentro de una generación ro- 
mántica, este poeta, que, en más de un aspecto de 



238 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



su arte, se vincula mejor con el mundo nuestro que con 
el de los días de su juventud. Personificó el culto inde- 
ficiente de la forma, cuando las condiciones de la obra 
de improvisación de una literatura, y las influencias 
de la escuela, conspiraban para imponer cierto vicioso 
amor al desaliño; la amable serenidad del sentimiento, 
cuando vibraba en toda lira la repercusión de univer- 
sales tempestades del ánimo; el desinterés de un ideal 
de poesía, levantado sobre los rudos afanes de la ac- 
ción é inmutable entre el hervor pasajero de las mu- 
chedumbres, en un tiempo en que los propios fantas- 
mas de los sueños bajaban á partir la arena del circo y 
era la canción como vaso de bronce que recogía y am- 
plificaba las resonancias del combate. 

Y el nuevo libro del poeta, sea cual fuere su des- 
igualdad, nos le muestra en esa misma actitud gracio- 
sa y noble, sobre ese mismo fondo que colora un ce- 
leste diáfano y suave; presidiendo al melodioso fluir de 
una poesía siempre joven, de una idealidad siempre 
serena, de un espíritu que es todo luz y todo ar- 
monía. 



MI RETABLO DE NAVIDAD 



I 

EL NIÑO DIOS 



De toda la pintoresca variedad del Nacimiento vis- 
toso — con el divino Infante, la Madre doncella, el Es- 
poso plácido, las mansas bestias del pesebre — , no ve- 
nía á mí más dulce embeleso ni sugestión más tenaz 
que los que traía en sí esta idea inefable: «Dios en 
aquel día era niño...» Niño en el cielo, niño de verdad, 
como lo representaba la figura. Mientras yo contem- 
plaba el inocente simulacro, un celeste niño goberna- 
ba el mundo, oía las plegarias de los hombres, distri- 
buía entre ellos mercedes y castigos... ¿Cuándo la idea 
del Dios humanado, del Dios hecho hombre por extre- 
mo de amor, pudo mover en corazón de hombre tan 
dulce derretimiento de gratitud, mezclado á la altivez 
de tamaña semejanza, como en el corazón de un niño 
la idea del Dios hecho niño?... 

Hoy, que convierto en materia de análisis los poe- 
mas de mi candor (el hombre es el crítico, el niño es el 



240 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



poeta), se me ocurre pensar cuán apetecible sería que 
Dios fuese niño una vez al año. En la «política de 
Dios» hay, sin duda, inescrutables razones, arcanos 
planes, propósitos altísimos, á los que se debe que su 
intervención en las cosas del mundo se reserve y 
oculte con frecuencia, y que su justicia, mirada desde 
este valle obscuro, parezca morosa, é inactivo su amor. 
El día del Dios-niño, toda esa prudencia de Dios des 
aparecería. Al Dios sabio y político sucedería el Dios 
sencillo y candoroso, cuya omnipotencia obraría de 
inmediato, en cabal ejecución de su bondad. En ese 
día de gloria no habría inmerecido dolor que no tu- 
viese su consuelo, ni puro ensueño que no se realiza- 
se, ni milagro reparador que se pidiera en vano, ni 
iniquidad que persistiera, ni guerra que durara. A ese 
día remitiríamos todos la Esperanza, y el mayor mal 
tendría un plazo tan breve que lo sobrellevaríamos 
sin pena. ¡Oh, cuán bella cosa seria que Dios fuese 
niño una vez al año, y que éste fuera el bien que 
anunciasen las campanas de Navidad!... 

Pero no... Ahora toman otro sesgo mis filosofías 
del recuerdo del Niño-Dios Antes que lamentarse 
por que Dios no sea niño de veras durante un día del 
año, acaso es preferible pensar que Dios es niño siem- 
pre, que es niño todavía. Cabe pensar así y ser grave 
filósofo. El Dios en formación, el Dios in fieri en el 
virtual desenvolvimiento del mando ó en la conciencia 
ascendente de la humanidad, es pensamiento que ha 
estado en cabezas de sabios. ¿Y hemos de considerarla 
la peor, ni la más desconsoladora, de las soluciones 
del Enigma?... ¡Niño-Dios de mi retablo de Navidad! 
Tú puedes ser un símbolo en que to-ios nos reconci- 
liemos. Tal vez el Dios de la verdad es como tú. Si á 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



241 



veces parece que está lejos ó que no se cura de su 
obra, es porque es niño y débil. Ya tendrá la plenitud 
de la conciencia, y de la sabiduría, y del poder, y en- 
tonces se patentizará á los ojos del mundo por la pre- 
sentánea sanción de la justicia y la triunfal eficiencia 
del amor. Entretanto, duerme en la cuna... Hermanos 
míos: no hagamos ruido de discordia; vo hagamos 
ruido de vanidad, ni de feria, ni de orgía. Respetemos 
el sueño del Dios-niño que duerme y que mañana será 
grande. ¡Mezamos todos en recogimiento y silencio, 
para el porvenir de los hombres, la cuna de Dios! 



EL ASNO 



Asno del pesebre donde el Señor vino al mundo 
yo te quería y te admiraba. Tú eras, en aquel espec- 
táculo, el personaje que me hacía pensar. Iniciación 
preciosa que te debo. Tú, abanicando con los atribu- 
tos de tu sabiduría, diste aliento á la primera chispa 
de libre examen que voló de mi espíritu. Tú fuiste mi 
Mefistófeles, ¡oh Asno! Por amor á ti, por caridad y 
compasión con que me inundabas el alma, me hiciste 
concebir los primeros asomos de duda sobre el orden 
y arreglo de las cosas del mundo, y aun sospecho que, 
por este camino, me llevaste, con ignorancia de los 
dos, á ios alrededores y arrabales de la herejía. 

Verás cómo. Yo, prendado de la gracia inocente y 
dulce que hay en ti, y que no suelen percibir los hom- 
Tomo II 16 



242 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



bres, porque se han habituado á mirarte con la torci- 
da intención de la ironía, me interesaba por tu suerte. 
Viéndote allí, junto á la cuna de Dios, me figuraba 
que te era debido algún género de gloria. Entonces 
preguntaba cuál fué tu destino ultratelúrico, y me de- 
cían que para los asnos no hay eternidad. Para los 
asnos no hay en el mundo sino trabajo, burla y cas- 
tigo, y después del mundo, la nada... La Nueva Ley no 
modificó en esto las cosas. El sacrificio del Hijo de 
Dios no alcanzó á ti. El viejo esclavo de Pompeya que 
debió de trazar, bajo tu imagen dibujada en la pared, 
la inscripción de amarga ironía: — Trabaja, buen asni- 
llo, como yo trabajé, ij aprovéchete á ti tal como d mi 
me aprovechó—, dijo la desventura del asno pagano 
y del cristiano. De poco te valió estar presente en el 
nacimiento del Señor, ni más tarde llevarlo sobre tus 
lomos, en la entrada á Jerusalcn, entre palmas y víto- 
res. Ni mejoró tu suerte en la tierra, ni, lo que es peor, 
se te franqueó el camino del cielo. A mí, este privile- 
gio de la promesa de otra vida para el alma del hom- 
bre, con exclusión de la candorosa alma animal, ca- 
paz de inmerecido dolor remunerable y capaz también 
de una bondad que yo no había aprendido todavía á 
discernir de la bondad humana, porque aun no había 
estudiado libros de filosofía, se me antojaba un tanto 
injusto y me dejaba un poco triste. ¡Cómo! El perro 
fiel y abnegado que muere junto á la tumba del amo, 
acaso torpe y brutal; el león hecho pedazos en la are- 
na infame; el caballo que conduce al héroe y participa 
del ímpetu heroico; el pájaro que nos alegra la maña- 
na; el buey que nos labra el surco; la oveja que nos 
cede el vellón, ¿no recogerán siquiera las migajas del 
puro festín de gloria á que nos invita el amor de Dios 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



243 



después de la muerte...? — De esta manera me acecha- 
ba la pravedad herética tras el retablo de Navidad. 

Quedábamos en que para ti no hubo Noche Buena, 
Asno amigo; pero siglos después estuviste á dos dedos 
de la redención. Un paso más y te ganas los fueros 
de la inmortalidad, con el suplemento de alguna tre- 
gua y alivio en tu condición terrena. Fué cuando, en 
humilde pueblo de la Umbría, apareció aquel hombre 
vago, y tal vez loco, que se llamó Francisco de Asís. 
¡Venturoso momento! La piedad de este hombre se 
extendía, como los rayos del sol, sobre todo lo crea- 
do. Sentía, presa de exaltadas ternuras, su fraternidad 
con las aves del cielo, con las bestias del campo y 
hasta con las ñeras del bosque. Hablaba amorosa- 
mente del Hermano Lobo, del Hermano Cordero y de 
la Hermana Alondra. Era como el corazón de Cristo 
rebosando sobre su amor por nosotros y derramán- 
dose en la naturaleza. Era un Sakiamuni menos triste 
y austero, más iluminado de esperanza. Parecía veni- 
do á predicar un Testamento Novísimo, ante el cual 
el nuevo pasase á viejo. ¡Yo creo, y Dios me perdone, 
que á él también le acechaba la herejía...! Pero se de- 
tuvo, ó no le comprendieron del todo, y la naturaleza 
siguió sin Noche Buena. Tú, Asno hermano, perdiste 
con ello tu redención, y acaso no perdimos menos los 
hombres. 

¡Ah, si el dulce vago de Asís se hubiera atrevido...! 



244 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



líí 



SUENO DE NOCHE BUENA 



En Noche Buena era el soñar despierto, girando la 
mariposa interior en torno á la imagen de luz pura, 
que ya aparecía, infantil, en el regazo de la Madre; ya 
á márgenes del lago ó sobre el monte, con sus rubias 
guedejas de león manso; ya, trágica y sublime, entre 
los brazos de la Cruz. Mi imaginación era invencio- 
nera; la fe le daba alas. Cuentos, leyendas, ficciones 
de color de rosa, nacían de aquel soñar. Una recuer- 
do. No sabría reproducirla con su tono, con el metal 
de voz de la fantasía balbuciente. Será una idea de 
niño dicha con acento de hombre; será un verso de 
poeta que ha pasado por manos de traductor. 

Era en la soledad de ios campos, una noche de in - 
vierno. Nevaba. Sobre lo alto de una loma, toda blan- 
ca y desnuda, se aparecía una forma, blanca también, 
como de caminante cubierto de nieve. En derredor de 
esta forma flotaba una claridad que venía, no de la luz 
de una linterna, sino del nimbo de una frente. El cami- 
nante era Jesús. 

Allá donde se eriza el suelo de ásperas rocas, un 
bulto negro se agita. Jesús marcha hacia él; él viene, 
como receloso, á su encuentro. A medida que el res- 
plandor divino lo alumbra, se define la figura de un 
lobo, en cuyo cuerpo escuálido y en cuyos ojos de si- 
niestro brillo está impresa el ansia del hambre. Avan- 
zan; párase el lobo al borde de una roca, ya á pocos 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



245 



palmos del Señor, que también se detiene y le mira. 
La actitud dulce, indefensa, reanima el ímpetu del 
lobo. Tiende éste el descarnado hocico y aviva el fue- 
go de sus ojos famélicos; ya arranca el cuerpo de 
s obre la roca... ya se abalanza á la presa... ya es suya..., 
cuando El, con una sonrisa que filtra á través de su 
inefable suavidad la palabra: 
— Soy yo — le dice. 

Y el lobo, que lo oye en el rapidísimo espacio de 
atravesar el aire para caer sobre él, en el mismo rapi - 
dísimo espacio muda maravillosamente de apariencia: 
se transfigura, se deshace, se precipita en lluvia de 
blancas y fragantes flores. A los pies de Jesús, entre la 
nieve, las flores forman como una nube mística, sobre 
la que el divino cuerpo flotara. Y todo mi afán de 
poeta consistía en que se entendiese que no fué volun- 
tad del sagrado caminante, ni intervención de lo alto, 
lo que movió la transformación milagrosa, sino que fué 
virtud del propio sentir del lobo, espantado, loco, al 
reconocer á aquel á quien iba á destrozar con sus 
dientes: virtud en que arrepentimiento, dolor, ver- 
güenza, ternura, adoración, se aunaron como en un 
fuego de rayo, y derritieron las entrañas feroces, y las 
refundieron en aquella forma dulcísima, todo ello 
mientras declinaba la curva del salto que tuvo por 
arranque la intención de hacer daño... Agregaba mi 
cuento que el Señor, mirando á las flores que á sus 
plantas había, hizo sonar los dedos como quien llama 
á un animal doméstico. Entonces, de bajo el manto de 
flores se levantó, cual si despertara, un perro grande, 
fuerte y de mirada noble y dulce, de la casta de aque- 
llos que en las sendas del Monte San Bernardo van en 
socorro del viajero perdido. 



246 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



Algunas veces asocio al recuerdo de mi ficción can- 
dorosa la idea de esas súbitas conversiones de la vo- 
luntad, que, por la devoradora virtud de una emoción 
instantánea, consumen y disipan para siempre la en- 
durecida broza de la naturaleza ó la costumbre: Pablo 
de Tharsos herido por el fuego deí cielo, Raimundo 
Lulio develando el ulcerado pecho de su Blanca, ó el 
Duque de Gandía frente á la inanimada belleza de la 
Emperatriz Isabel. 



LOS QUE CALLAN.. 



Una de las impresiones más altas de respeto que 
yo haya experimentado en el mundo, es la que me 
produce cierto linaje de espíritus — seguramente, muy 
raros, y aún más que raros, difíciles de reconocer sin 
haber llegado á su más escogida intimidad; cierto lina- 
je de espíritus que unen al sentimiento infalible, per- 
fecto, aristocrático, de la belleza, en las cosas del 
Arte, el absoluto desinterés con que profesan callada- 
mente su culto, inmunes de todo estímulo de vanidad, 
de todo propósito de crítica ó de producción, de toda 
codicia simoníaca de fama. Comprenden la obra bella 
en sus más delicados matices, con esa plenitud de in- 
teligencia y simpatía que es una segunda creación; son 
el lector ó el espectador ideal con que el artista ha 
soñado; dan su alma entera en el sacrificio religioso 
de la emoción artística, en esa absoluta inmolación de 
la personalidad, de donde toma su vuelo el misticismo 
del Arte. Guardan dentro de sí el eco perenne en que 
se prolonga el acento verdadero, original, del poeta, 
que el vulgo no percibe sino enturbiado y trunco; el re- 
flejo clarísimo en que se reproduce, con la frescura 
matinal de la inspiración creadora, la imagen del cua- 



248 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



dro ó de la estatua. Son la compensación de la vulga- 
ridad triunfante y ruidosa; del alarde inferior; del abo- 
minable snobismo. Salvan, en el puerto abrigado y 
calmo de su piadosa memoria , nombres y obras que 
la injusticia ó la indolencia de una época han conde- 
nado al olvido común. Para ellos no tiene curso la 
mentira acuñada en moneda falsa de renombre y de 
gloria. Llevan en sus desdenes secretos y animados de 
una serena y terrible certidumbre el infierno de que 
no logran eximirse los que triunfan delinquiendo con- 
tra la belleza, contra el gusto, contra la noble altivez. 
Y callan... Y pasean por el mundo una apariencia in- 
diferente, acaso vulgar. Y á modo de la capilla de un 
culto misterioso y prohibido, encierran, en lo más 
hondo de sí, el tabernáculo de ese amor ideal, que 
embellece el misterio como el pudor de una novia. 

¿Dudas de que existan almas así...? Yo he llegado á 
conocer algunas, después de conocer sólo la opaca 
apariencia que me las velaba. Y desde que las descu- 
brí, su presencia me domina y subyuga con el senti- 
miento de tina superioridad que no reconozco, tan 
imperiosa y de tan alta especie, ni en el artista crea- 
dor que más admire ni en la sabiduría magistral que 
más respeto me infunda. Porque esas almas de silen- 
cio celeste son las únicas que me han dado la com- 
pleta intuición de cuanto hay de vulgar y mezquino en 
esta brega por la notoriedad, en este sensualismo de 
la admiración y del aplauso, grosera liga que mezcla- 
mos nosotros, los de la comedia literaria, al oro de 
idealidad del amor de lo bello. Sólo ellas saben amar- 
te, Belleza, como tú, ¡oh Diosa!, mereces. En la so- 
ciedad de esas almas se apodera de mí no sé qué noble 
vergüenza de ser autor, escritor de oficio. Y cuando 



EL MIRADOR DE PROSPERO 



249 



vuelvo á esta faena, ellas componen el público, incóg- 
nito é incognoscible, que más me exalta y que más 
me tortura. A él me remito, con una austera y melan- 
cólica esperanza, como quien se remite á la justicia de 
una posteridad que no ha de ver, cuando creo que 
una palabra mía no ha sido entendida en su virtud ó 
su beldad; cuando una criatura de mi imaginación no 
ha hallado el regazo amante que la acoja. Y en él 
pienso, lleno de íntima inquietud, — como aquejado del 
imposible deseo de saber la verdad de labios de un 
dios de mármol, — cuando aplausos y loas quieren per- 
suadirme de que ha brotado de mi alma algo bueno ó 
hermoso. 

jAh, cuántos de estos abnegados monjas de belleza 
pasan acaso junto á ti, y tú no los reconoces, y quizá 
los desdeñas!... Tal vez hay uno de ellos en ese es- 
pectador, indeterminado é incoloro, que ocupa su bu- 
taca en el téitrc, no lejos de la tuya, y aplaude cuan- 
do los demás, y asiente con trivialidades á los comen- 
tarios de! vecino, y se disipa, esfumándose, en el re- 
baño de la retirada. Tal vez otro se oculta bajo la 
máscara de ese viajero que, con apariencias de comi- 
sionista, lee, frente á tu asiento del tren, un libro que 
lo mismo puede ser la guía de Baedeker que un poe- 
ma de Wilde ó una novela de D'Annunzio. Tal vez 
descubrirías uno más en aquel otro á quien el juicio 
popular — ¡cruel ironía! — gradúa de poeta fracasado y 
con hoscos despechos de impotencia; porque no sabe 
que su renunciamiento prematuro fué espontánea y 
altísima religiosidad, y que en su repugnancia á hablar 
de arte con los que fueron sus émulos y amigos no hay 
sino las delicadezas de una sensibilidad transfigurada 
y la conciencia de una soledad de extraño... Con uno 



250 



JOSÉ ENRIQUE RODO 



ú otro disfraz, ellos pasan en su irrevocable silencio. 
Y este silencio ni es humildad ni es orgullo. No es más 
que la cumplida posesión de un bien que lleva su fin 
y recompensa en sí mismo, y que por eso se contiene 
dentro de su propia amplitud, sin aspirar á salir de sí 
con ímpetu y alarde: como el vino que, cuando ha 
llegado á sazón, olvida los desasosiegos y hervores de 
su fermentar, ó como el resplandor de la noche sere- 
na, que, extasiándose en la suave gloria de sus luces, 
no la publica ni con los pregones del relámpago ni 
con la música del sol. 



FIN DE EL MIRADOR DE PROSPERO 



ÍNDICE 



Páginas» 



La prensa de Montevideo. 7 

Río Branco , 20 

La enseñanza del idioma , 23 

Las "Moralidades" de Barret. . . 29 

Bohemia 32 

Del trabajo obrero en el Uruguay , 34 

Obra de hermanos 100 

En el álbum de un posta 103 

Perfil de caudillo . . 105 

Ibero- América „. 113 

Juan María Gutiérrez y su época 116 

I 116 

il 120 

III 131 

IV 154 

V. — El americanismo literario. . . . , 161 

VI. — El sentimiento de la naturaleza.. . » , . . 177 

VIL — El sentimiento de la historia. 197 

VIII 225 

La España niña 228 

Carlos Guido Spano 231 



índice 



Páginas. 



Mi retablo de Navidad 239 

I. — El Niño Dios.. 239 

II. — El asno.... 241 

III. — Sueño de Noche Buena 244 

Los que callan 247 



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